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🔥 Un relato exclusivo de Relaróticos 🔥

Lo veía diario en las tardes cuando regresaba del trabajo a mi casa, siempre en los mismos horarios y siempre en el mismo crucero. Era un chavo de apenas los 18 años, un poco sucio, con el cabello largo y los pantalones rotos de las piernas que dejaban ver un cuerpo aperlado y velludo. Se dedicaba a lavar parabrisas en los semáforos.

Tenía un mes de haber adoptado el crucero de por mi casa como punto de trabajo, y siempre estaba durante la tarde. La primera vez le negué el servicio, pero al día siguiente, un día que me pescó ocupado en el celular mientras hacía alto, se aprovechó y comenzó a limpiarlo.

Ahí lo vi bien, pues tenía su cara a unos centímetros divididos por el vidrio del coche. Le vi la cara, aperlado, lampiño y con el pelo largo y medio chino.

Le sonreí sin querer, él también me sonrió y cuando le di un billete de 20 por el trabajo, me dijo «Gracias mi jefe».

Había días que no lo veía, o que le cruce me tocaba en verde, pero otros en cambio le aceptaba que me lavara el vidrio, y en cada oportunidad lo iba conociendo.

Al mes, ya sabía que tenía 18 recién cumplidos, que se llamaba Jorge y que vivía rumbo a Juárez, a 25 minutos de donde iba a trabajar.

Si mamá se había artado de él por lo que lo corrió de su casa, y ahora vivía con otros dos amigos en una casa semiabandonada allá en Juárez.

Él era el menor de los 3 y todos se dedicaban a trabajar en lo que fuera, para malcomer, tomar cerveza y drogarse. Increíble lo que se puede conocer en episodios de 70 segundos por día.

Como siempre le decía que si, el morro comenzaba a ubicarme muy bien, y ya hasta me saludaba por mi nombre.

Un jueves saliendo de la oficina decidí irme con unos amigos a tomar, pero como yo andaba en mi carro solo me tomé un par de cervezas, además que cuando estábamos en el lugar comenzó a llover a cántaros, por lo que como a las 10 mejor decidí irme a mi depa.

Iba enmedio de la lluvia ya casi llegando a casa cuando en el crucero de siempre vi que estaba el chavo, pero ahora en la orilla, como esperando el camión. El pobre estaba todo empapado y no se veía ni un alma por lo mismo de la lluvia. Decidí detenerme frente a donde él estaba y preguntarle si estaba bien. Batalló para reconocerme.

– Qué onda, mi jefe.
– qué onda chavo, te pescó el agua
– si, hombre. Y los pinches camiones no pasan.
– ¿vas muy lejos? – pregunté
– a mí cantón, allá en Juárez.
– no pos si está lejos – sí pensé llevarlo, pero me dio miedo porque para allá está feo, y con la lluvia hay baches… – oye pos vamos a mi casa, si quieres. Ahí te quedas.

La verdad no sabia que estaba haciendo, solo que me estaba prendiendo ver su playera blanca transparentarse por la lluvia y notar sus pezones puntiagudos querer salir.

Llegamos a mi depa, que es el 2do piso de una casa normal. Subimos por las escaleras y al abrir la puerta él se quedó afuera «no sé si sea buena idea», dijo.

Lo animé a pasar y fui al baño por una toalla. «Ve secándote en lo que consigo algo que te puedas poner», y en lo que fui al cuarto por un short y una playera él se quitó el exceso de agua.

Al volver le di la ropa, y empezó a quitarse la playera, lo que dejó al aire su pecho Moreno, lampiño. Era joven así que su cuerpo aún tenía ese sixpack natural que muchos flacos tienen. Supongo que su propia vida le hacía tener el abdomen semi marcado. Su piel la piña contrastaba con sus axilas con enormes pelos, los mismos que se asomaron de su calzón gris cuando se quitó el pantalón. Iba a ponerse el short sobre ellos cuando le sugerí «si los calzones están mojados, vas a mojar el short» a lo que solo me sonrió de forma pícara y se bajó también los calzones.

«Supongo te gusta lo que ves», dijo mientras se endereza a y me dejaba ver todo su pene. Era pequeño, apenas y se veía enmedio de los pelos largos de su pubis y huevos.

«Qué haces?», pregunté.

– jefe, nadie invita a alguien a su casa no más por buen pedo. Menos a alguien como yo. Y déjame decirte que no eres el primero, así que si me das una lana, pos no me peinó.

El morro había entendido a la perfección mi invitación. Estaba nervioso, me gustaba tener el control y ahora él lo tenía.

– cuánto quieres? – pregunté trabando saliva
– deme un 500
– no los tengo. Te doy 300, la ropa y algo de cenar.
– juega.

300 pesos me costaria comerme al chavito que a diario veía en el crucero. No lo pensé más y llegué de rodillas a donde él seguía parado. La situación me tenía súper caliente y le iba a comer esa polla todo lo que yo quisiera.

Él no oponía resistencia, al principio estaba desconcentra do, se notaba, pero cuando comencé a masajear sus nalgas el vato volvió en sí y su pene comenzó a despertar. Crecía y crecía hasta que me ahogaba por su tamaño.

Hincado yo, con mi mano izquierda en sus nalgas y la derecha levantada sobando su tetilla, me sentía en la gloria, y baje la guardia algo que morro aprovechó para empezar a darme embestidas muy cabronas que casi hacen que vomite sobre su verga. Mis arcadas hacían que su polla saliera bañada en saliva, dejando muchos hilos hasta mi boca. Supongo que lo prendía porque luego de sacarla me embarra a mi propia saliba en las mejillas y luego contra ellas azotaba su polla. Los pelos de sus huevos ya estaban llenos de mi saliva que por ahí escurría. 

Entonces hizo algo que me sorprendió. Me retiró de su pene y se dio la vuelta. Me dijo «haz lo mismo en mi ojete». No me asustaba, pero se me hizo raro que él, «tan macho» me lo pidiera.

Cuando comencé noté que olía un poco raro, pero estaba yo tan prendido que ignoré el olor y comencé a comerme aquél cultivo tan delicioso, sin ningún pelo, morenito y con cavidad rosa. Estaba súper caliente. Nunca me he considerado totalmente activo ni pasivo, así que disfruto ambos roles.

Aprovechando la situación me puse de pie y puse mi verga detrás suyo. «En eso no quedamos» me dijo el morro «estás en mi casa y te conviene, no te voy a dejar ir así y en mi tendrás un amigo».

El morro estaba igual de caliente que yo, no sé si fuera gay o no, la verdad no me importaba, solo quería seguir arrimando mi verga a su cultivo mientras con mis manos masajeaba sus nalgas a mi entero antojo. Su polla estaba muy excittada, tanto que comenzaba a ventar líquido preseminal, el cual recogía yo con mi mano y luego embarraba en sus tetillas las cuales estaban igual de duras que su polla, y la piel que las rodeaba totalmente erizada, como la de sus brazos o sus nalgas.

No sé si sea así siempre, pero siento que a los morenos se les eriza la piel más que a los de otras tonalidades. El caso es que yo disfrutaba todo de aquél morro que estaba a punto de ser penetrado.

En una de esas no resistí más, y decidí Irsela metiendo. Me hubiera encantado hacerla de un golpe pero podía enojarse y hasta golpearme, así que poco a poco fui rozando mi verga entre su raja, al grado de que solita y sin mucho esfuerzo, ayudada por toda la saliva que ya había dejado en su culo, mi verga fue entrando poco a poco.

El vato solo gemía «qué rico mi jefe», decía. «Quien te viera tu patita», me aventé a decirle… «Putita pero cara, no que tu, tienes que pagar para coger…». Ya no sabía si era juego o verdad, solo que estaba cachondísimo, y mi verga entraba y salía a buen ritmo de aquél culito que evidentemente no era virgen.

Así estuve, parado detrás de él mientras él apoyaba su cabeza en sus brazos recargados en la pared, empinando el culo para que mi verga pudiera entrar fácilmente en él. Era una delicia oír el golpeteo de mi pelvis sobre sus nalgas, unas nalgas lampiñas y bien redondiltas, de macho en crecimiento.

En eso estuve hasta que no pude más y decidí dejarle ir toda mi leche en su culo, al tiempo que arreciaba los jalones que le daba a su verga para que él se viniera poco después de mi.

— Wey qué bien la mueves — me dijo.
— Tienes un culo delicioso… ¿hace mucho que lo usas?
— Desde los doce…

Lo que me contó después se los contaré en otra ocasión.

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