Siempre había tenido mi identidad bien definida, tuve una que otra noviecita en el liceo (colegio) y antes de entrar a la universidad decidí darme un año sabático para meditar qué era lo que quería estudiar y en ese años hice de todo, hasta mamar guebo y ser cogido por otro hombre.

Mi tío se llama Antonio, tiene 43 pero si me dice que tiene 35 le creo. Es un hombre bastante conservado físicamente, porque desde que lo conozco, sé de su fascinación por las mujeres: de todo tipo, altas, pequeñas, blancas, morenas y así. Ah, especialmente las jovencitas, esas les excitan más. Según él, esas “Se lo metes todo, aguantan como perras y aún así siguen pidiendo guebo”. Así habla mi tío.

Tiene un cuerpo rico, porque no va a gimnasio pero vive en una finca en Cojedes, aquí en Venezuela, así que su trabajo le exige una buena forma física, porque aunque es el dueño de la finca, trabaja siempre en ella. Es pelón, con barba algo espesa y vellos en el pecho. Nada panzón (afortunadamente)
Yo tengo 18 pero cuando esto sucedió tenía 16 recién cumplidos. Soy blanco y cabello liso. Cuerpito normal, acorde a mi edad.

Mi mamá me dijo que si quería podía ir a la finca de mi tío a pasar unas dos semanas, para que no me aburriera en casa y accedí. Para estas fechas no tenía novia ni nada ya.

Cuando llegué lo vi igual que siempre, como lo describí anteriormente. Cuando lo iba a saludar de mano, me haló hacia él, me dio un abrazo y para mi sorpresa un beso en el cuello, cosa que no me extrañaba para nada porque él era así siempre.

Me dijo que dormiría en su cuarto en una colchoneta porque las otras habitaciones las estaban remodelando y se tardarían unas semanas en eso y tal. Yo normal. No había nada de malicia en mi pensar cuando eso, y estoy seguro que de parte de mi tío tampoco.

Él no tiene mujer fija, es decir, tuvo sus hijos, que son dos varones, pero se dejó de su esposa y vive solo desde que tengo uso de razón, aunque como ya dije, es amante obsesivo de las mujeres, así que supuse que siempre se cogía aquí a quien él quisiera.

La primera noche la pasé normal, algo molestoso por la plaga y eso, pero normal, bien. Los días venideros mi tío me llevó a varios lugares de la finca, que era súper inmensa, para que no me aburriera. A veces, hasta montaba yo a caballo y recorría el lugar.

Pero siento que todo comenzó a cambiar un día que yo estaba acostado viendo mi teléfono y mi tío sale del baño, que está dentro del mismo cuarto, desnudo por completo. Él sabía que yo estaba ahí, pero le daba igual. Siento que al principio a mi también pero no sé por qué me entró el gusanito de la curiosidad e intenté mirarlo mientras se secaba el agua.

Él estaba tan normal que me sorprendió la comodidad con que buscaba su ropa y esas cosas. Hasta ese momento solo lo veía de espaldas, y me sorprendía ver que tenía unas bolas enormes, demasiado grandes, y no exagero, supongo que era por su contextura de hombre adulto y su edad. De repente volteó y comenzó a preguntarme por la universidad mientras se secaba los pies con la toalla y yo le respondía viendo mi teléfono, hasta que no me resistí más y lo miré.

Fue inevitable verle el guebo, era gigante. Estaba dormido pero era grande, de verdad. Él se dio cuenta de que se lo vi pero no dijo nada, e intenté seguir viendo mi teléfono, pero ya la curiosidad me mataba y deje mi teléfono a un lado y comencé a hablar con él mientras se seguía secando. Por momentos le veía el guebo, por momentos la cara.

Hasta que hubo un momento en que no dejé de vérselo,era muy obvio de mi parte pero era como si no fuese yo quien ejerciera mis acciones,era como si mi cuerpo hacía lo que quería,él se dio cuenta de que no se lo dejé de ver y se puso un interior (que hacía que las bolas se le notaran a los lados) Y como dudando de mi sexualidad, me preguntó:

— ¿Y las jevas?
Jevas: novias.
—Ahorita no tengo —respondí—. No estoy pendiente de eso ahorita.
—Mmm. ¿Y de qué estás pendiente?
—De la universidad, aun no me decido.
—Ahhh, ta bien. Así es que es. Hay que estudiar.

En eso me llamó una de las señoras de limpieza y yo iba saliendo cuando pasé cerca de él y me dio una nalgada, (que encontré fuera de lugar, porque eso sí no lo había hecho nunca). Pero me gustó.
Y pasaron unos tres días hasta que pasó lo que no pensé que pasaría.
Nos acostamos y todo normal. Pero al rato se fue la luz y obviamente el ventilador que había en el cuarto dejó de funcionar.

— ¿Yo? —pregunté.
—Sí. De paso que estás aburrido en esta finca, ahora se va la luz y te va a comer la plaga.
—Qué bueno. Al menos.
—Sí.
—Me imagino que te gusta montarlos.
— ¿Montarlos? ¿Qué? ­—pregunté
—A los caballos pues, ¿A qué más va a ser?
—No, sí obvio, ¿a qué más va a ser?
—Mmm. —dijo.

Pasó un buen rato y nada que llegaba la luz. Mi tío me dijo que si quería que prendiera una vela, pero le dije que no, que estaba bien así, que como igual no necesitaba buscar algo en el cuarto, que se quedara tranquilo.

—A mí me gusta la oscuridad. ¿A ti no?
—No mucho —confesé entre risas.
— Ah, ¿te da miedo?
— Un poco —respondí riéndome aun. Él también rió.
Después de unos minutos, el frío no era normal.
—Ven y acuéstate aquí, que esta cama está calientica. —me dijo mi tío sin el menor tono de insinuación. Yo estaba en bóxer.

Yo obedecí porque de verdad no sentí otra intención en la voz de mi tío. Pero en parte accedí porque el gusanito de la curiosidad se incrustó en mi cerebro.

No respondí y me metí en su cama, seguidamente sentí su olor, era fuerte, de hombre, de macho. La cama era perfecta para nuestros cuerpos y desde donde estaba yo acostado podía hasta sentir su aliento tocarme el oído izquierdo.

—Arrópate con esto también. —dijo dándome parte de su edredón. Ahora sentía más su calor. Y el pulso comenzaba a acelerárseme—. ¿Duerme en ese lado de la orilla o pegado a la pared?
—Pegado a la pared —contesté por inercia.
—Entonces… déjame… que me ponga pa acá —dijo pasándome por encima y rozándome con su pecho velludo. Me di cuenta que solo tenía bóxer.
—Gracias —respondí.
—No chico, no hay de qué. Yo duermo en bóxer, pa que sepa.
—Jaja, si va. Tranquilo. Bueno, yo igual.
—Y también me muevo mucho mientras duermo.
— ¿Sí? —pregunté con sarcasmo. Por fortuna, no lo notó.
—Uuuuf, como ni te lo imaginas. Te lo digo por si te llego a dar patadas o algo.
—Tranquilo en serio —le dije riéndome—. Yo también me muevo mucho.
—Ah bueno, mientras no me vayas a meter mano.
— ¿A meter mano? —No sabía por qué pero mi corazón se aceleró un poco más.
—Sí. Me ha pasado. Se hacen los locos dormidos y comienzan a tocar a uno. Los que bañan a los caballos.
—Ay, Dios. Pero algo les debe atraer de usted.
—Ni idea.
—Seguro creen que usted lo tiene grande —dije esto intentando reírme con la mayor naturalidad posible.
Nos reímos, obvio. Pero yo tenía curiosidad, mucha curiosidad, quería que pasara algo más.
— ¿Y por qué es que no tienes jeva ahorita? Ah, cierto, estas pensando en la universidad… ¿Pero sí te has cogido a alguna, no?
— ¿En serio?
—Sí —respondí con pena.
— Entonces eres virguito…
—Sí…
—No te preocupes, ya te llegará tu tiempo.
—Espero.

Le pedí la bendición y me di la vuelta hacia la pared, dándole la espalda. Sentí que unos segundos después se dio la vuelta hacia la orilla. Y después de que calculé que había pasado media hora, no podía dormirme y dejar de pensar. No sabía qué me estaba pasando pero quería verle el guebo a mi tío, o al menos tocárselo. Y así lo hice.

Me volteé como si estuviera dormido, y él estaba boca arriba, casi no se veía nada pero podía distinguir aun su cuerpo. Noté que respiraba casi roncando, así que procedí.

Con mi mano izquierda comencé a bajarle un poco el bóxer muy lentamente, y al rato, con mi mano derecha, se lo agarré y comencé a masturbarlo. Lo tenía grande, me parecía gigante, era grueso y algo largo, aunque estaba dormido. Después sentí un movimiento de su parte y deserté, me di media vuelta e intenté dormirme.

Cuando me desperté, aun no había luz, veía todo oscuro, y sentí que mi tío me estaba abrazando, ¡abrazando! Se me calentó el cuerpo al sentir sus vellos en mi espalda y el guebo se me paró. Poco a poco comencé a mover mi culo hacia atrás y sentí su guebo, estaba totalmente parado, ¡parado!

Tenía que estar despierto, mi tío tenía que estar despierto. Pero no se movía ni nada. Después de un rato me resigné a que no hiciera nada y casi caí dormido, me moví un poco brusco para estar cómodo y dormirme, cuando habló:

— ¿No te molesta que te abrace, no?
—No —respondí en voz baja.
—Es que estás calientico.
—Usted también.
— ¿Sí? Si quieres te abrazo más duro.
—No me está abrazando bien.

No me respondió, sino que metió su brazo derecho por debajo del mío hasta tocar con su mano mi pecho, y acerco por completo su cintura, arrecostándome todo el guebo, que estaba bien parado.

— ¿Así? —preguntó con un tono de voz más sensual. A estas alturas ya todo estaba dicho.
— ¿Todavía tienes frío?
—Un poquito.
— ¿Dónde? —preguntó con un tono de voz bajo, sensual e insinuante.
— ¿Aquí? —me preguntó al oído mientras ponía su mano gruesa derecha encima de mi pierna. Comenzó a sobármela y el guebo casi me explota en mil de lo excitado que me sentía.
—Ahh —Solté casi un gemido.
— ¿Te gusta? —me preguntó casi en un susurro.
—Sí —contesté con una exhalación.
Poco a poco comenzó a subir su mano hasta llegar a la goma de mi bóxer.
—Si te lo quitas vas a sentir más calorcito, mi amor.
Obedecí y me lo quité casi que en un segundo.
—Esoo, bebé —dijo él en mi oído.
—Esoo, bebé —dijo él en mi oído.

Y cuando sentí ya toda su piel con la mía, la excitación me iba a matar. Mi cuerpo respondía a sus peticiones. No me acordaba de familia, amigos o mujeres. Solo quería a este hombre conmigo. Y que me hiciera lo que quisiera.
Todavía no me ponía el guebo en el culo sino que me comenzó a tocar las nalgas una por una. Comenzó suave y luego las apretaba fuerte.

Noté que su respiración comenzó a aumentar y su aliento lo sentía en mi cuello. Después me acercó una mano a la boca y supuse que quería que hiciera lo que hice; chupársela. Abrí mi boca y me metió el dedo medio, el cual saboreé con mucho placer, solté mucha saliva y me lo sacó rápido de la boca y al segundo lo siento en el culo intentando metérmelo. Me sorprendió, obvio.

—No te vayas a poner tenso, mi amor. Abre un poquito. Puja —me dijo, mordiéndome la oreja.
— Ahmjá —logré responder.
Intenté abrir un poco y metió un poquito el dedo lleno de saliva, cosa que me dolió. Sentí algo de ardor y lo volví a expulsar.
— ¿Te dolió, bebito?
— Vamos otra vez. —Asentí.

Se chupó el dedo y comenzó a metérmelo. Cuando iba a resistirme un poco y a expulsarlo, me lo metió todo, y aunque al principio gritar fue mi primer impulso, el cosquilleo que sentí me hizo aplacar el dolor que tuve.
—Ahhhhhh —dijo—. Entró todo.

Así me tuvo un rato. Después ya no era uno sino dos dedos, y al cabo de media hora ya me entraban tres. Luego me puso boca abajo y se me puso encima. Fue entonces cuando le sentí el guebo, era recto, sin curvas y largo y grueso. Me parecía un monstruo mi tío encima de mí. Comenzó a pasarme el guebo por la raja de mi culo y con tanta saliva que tenía en él, me sentí bien.

—Vamos a jugar un rato, ¿quieres? —me dijo chupándome una oreja. No pude ni responder, solo gemir.
—Te voy a amarrar las manos, ¿te dejas?
—Sí, tío.

En la misma cama busco algo, y supongo que fue el bóxer lo que utilizó porque no era muy grande la tela. Me hizo un nudo algo fuerte, intenté mover mis manos pero por más que intentaba no se soltaban.

En ese momento llegó la luz, pero el bombillo estaba apagado, mi tío se levantó y apagó el ventilador, busco una corbata y dejo el bombillo apagado. Se me acerco, se supo sobre mí y comenzó a besarme desde el cuello hasta donde comienza mi columna. Yo gemía y sentía algo de cosquillas, pero me dejaba hacer. Con sus dos manos abrió mis piernas y luego sentí como me mordió una nalga.

Fue extraño y rico a la vez. Lo que hizo después me sorprendió más; en un par de segundos, sin darme cuenta siquiera, me abrió las nalgas con sus dos gruesas manos y me comenzó a chupar el culo y vi el cielo en ese instante. Y empecé a retorcerme del placer, se sentía muy rico, su lengua en mi culo, quería que no parara y por acto reflejo, le puse mis dos manos, así amarradas como las tenía, en sus cabellos, quería agarrarlo todo de la cabeza y hacer que me chupara más el culo, pero mi amarre no me dejaba.

Por lo que me pareció una eternidad, me mamó el culo hasta más no poder. Me metía uno, dos, tres dedos. Me escupía el culo y luego me lo chupaba y metía la lengua hasta donde podía. Luego sentí que se escupió en la mano y se acarició el guebo. Puso sus piernas por encima de las mías y me tuvo así más prisionero aun. Colocó su glande en la entrada de mi culo y comenzó a meter.

— Te va a doler un poquito, mi amor, pero tienes que aguatar. Después te va a gustar.
Eso me lo dijo en la patica de la oreja, pasándome la lengua después en ella y con su mano izquierda me agarró del pelo e hizo que pusiera mi vista al frente.

— Te quiero así —sentenció—. Si quieres muerdes esta almohada para que no reprimas de todo el dolor.

Me colocó una almohada frente a mí. Y comenzó a metérmelo. Aún sentía mi culo apretado como para meterme un guebo así. Pero ya no me podía arrepentir.

Después de reprimir mi grito en la almohada, cuando sentí que me había entrado todo por completo, me dijo que apenas era la cabeza. Que aguantara. Se quedó un rato así, sin moverse, sin metérmelo más, solo acariciándome las nalgas y pasándome las manos por las piernas. Luego me lo sacó y sentí el culo frío, escupió esta vez en mi culo y comenzó a metérmelo. Sentí como se abría paso dentro de mí.

Cada milímetro que me metía me ardía, pero yo solo aguantaba. No gritaba. Después, de un solo golpe me lo sacó y sentí el culo vacío. Escupió en mi culo y en su glande y al entrar la cabeza, me lo metió completo y el ardor no fue normal, intenté reprimir el grito pero no pude y en seguida me tapó la boca arrecostandose de mí.

— Ya, ya, ya, mi amor. Aguanta un poquito. Ya va a pasar. —me decía al oído, con un tono muy sensual, o sexual…

No se movió por un rato, pero el dolor no se iba. Se levantó un poco, lo saco un poquito y escupió, para seguidamente metérmelo sin piedad.
Puso sus manos en mi boca y comenzó a cogerme como a perra, sin esperar más.

— Si gritas te jodo. —dijo.
— Pero me duele. Sácamelo, sácamelo. —Se rió.
— No, no, no, no, mariquito. Ahora sí vas a llevar guebo. —y me lo metió de coñazo. Yo solté un gritico y él lo calló dándome un leve golpe en la cabeza.

Continuó cogiéndome así. Me soltó la boca y ya yo no gritaba tanto. El dolor comenzaba a irse. Y él aprovechaba y seguía cogiéndome duro. Era rápido, de movimientos muy rápidos. De momentos lo sacaba un poco y lo escupía para volver a metérmelo y más duro esta vez. Comenzó a agarrarme de las manos que tenía amarradas.

Cuando me dolía intentaba zafarme pero mis manos amordazadas no me dejaban. Después de un rato me gustó la idea de estar amarrado.

— Te gusta, ¿eh?
— Ahh, ah, ah, ay, tío.
— Dime si te gusta.
—Sí, me gusta. Me gusta.
— Se te nota en lo cara de perrita que tienes.

Luego me lo sacó y me arrimó a la orilla de la cama. Puse mis rodillas en el piso y mi pecho en el colchón. Quedé en cuatro patas.

Así me ardió un poco cuando me lo metió y mi espalda se encorvaba pero él la bajaba de un golpe mientras me cogía como a perra. Me tomaba de las manos amarradas un rato, después del cabello, después de las caderas y luego comenzó a darme nalgadas, cosa que me prendía más. Y se lo hice saber.

— Dame más duro tío.
— ¿Sí? ¿Eso quieres, putica?
Y me cogió tan duro que sentí me hizo sangrar. Me dolió. Pero no me importó.
— Sí, sí, acábame adentro tío.
— ¿Te gusta?
—Sí, tío, me encanta.
—Pídeme más.
—Dame más tío. Métemelo más.

Y obedeció mis órdenes. Al cabo de un rato sentía que de lo duro que me daba, tocaba algo dentro de mí que me hacía sentir ganas de acabar. Me acabó adentro y mientras lo hacía, con cada chorro de leche, me daba golpe con la mano cerrada, en cada nalga. Y como si yo fuera una marioneta, me volteó y me dejó boca arriba. Así me dieron ganas de acabar y me dejé ir. Me sentía en éxtasis mientras acababa.

Mientras se vaciaba, parecía un animal. Estaba sudado y nunca lo había visto de esa manera.
Me desamarró las muñecas y me toqué el culo. Lo sentía más grande que nunca. Sentía vacío y frío en él a la vez.

—Anda a lavarte al baño, si quieres.
Obedecí y cuando volví a la cama, él estaba acostado en ella, dormido, desnudo y con las manos en su nuca.
Observándolo, era obvio que cualquier mujer lo querría en su cama. Era grande, grueso, tenía un buen cuerpo y una ligera capa de vellos en el pecho. El guebo era del tamaño que cualquiera pudiera desear y a su edad, no era lo que se dice feo. Además, olía a hombre.

Me acosté a un lado y le di la espalda. A los minutos, sentí como me volteó y me llevó a su pecho.

— ¿Te gustó?
— Sí.
— Siempre se puede repetir cuando quieras…
— Así no te aburres en la finca. —dijo riendo un poco.
—Entonces ya no tendrá que hacer nada en la finca sino solo entretenerme.
Se rió.
—Pero que goloso eres, putica.
Sonreí.

Nos quedamos dormidos, pero cuando me desperté todavía estaba en su pecho. Le vi el guebo y estaba dormido. Me provocó y comencé a tocárselo hasta que se le paró por completo. Era grande, lo bastante grande como para hacer sentir placer a cualquiera. Se despertó.

— ¿Por qué no te animas a probar tu lechita tibia? —preguntó.
A modo de respuesta, me lo introduje lo más que pude, en la boca.

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