La llegada del verano, traía consigo — aparte del buen tiempo, el principio de las vacaciones o los viajes a la playa — la popular carne asada que mi padre hacía en nuestra casa para todos los trabajadores de su empresa.

Una cita ineludible que se había convertido en una tradición. Llegaban con sus mujeres, sus hijos y sus bañadores de supermercado para emborracharse y hacer la barba al jefe. Había que dar una imagen de unidad.

De pequeño tenía su gracia, jugabas con niños de tu edad, disfrutabas de la piscina y te hartabas a comer dulces. De adolescente la cosa se complica porque te vuelves más tímido e introvertido, y ese tipo de reuniones no son tus favoritas.

Cuando te acercas a los veinte te aburres sobremanera: ves como los de tu edad empiezan a traer a las novias y te das cuenta de que no encajas, ya no sólo porque nunca hayas llevado a una novia, sino porque no soportas a los machistas de los empleados, no tienes nada en común con ellos y por tanto, ninguna conversación posible.

Me afectaba aún más porque mi padre me advertía y me sentenciaba para que fuese amable, agradable, simpático, conversador… Demasiadas exigencias para mi carácter, pero él tenía que ser el ejemplo más fehaciente de familia bien avenida, y que sus hijos fueran el patrón de educación y saber estar.

Aquel caluroso sábado de junio comenzaron a llegar invitados. Mujeres, niños, niñas, adolescentes, nueras, yernos y hombres… ninguno gay, claro. Un homosexual no tendría cabida entre tanto macho.

Me dedicaba a analizar al personal mientras nos íbamos saludando. Estaban los de siempre: Agustín, el chulo, que se lo tenía creído porque iba al gimnasio y consciente, por tanto, de tener un cierto atractivo, además de una mujer rubia con buenas tetas y una preciosa hija que sacaba calificaciones de honor. No era el peor, a pesar de todo.

Víctor, el típico fanfarrón hortera que habla a gritos de todo y de nada sabe, herencia que le dejó a Vitín, uno de los pocos de mi edad y uno de los muchos con los que no tenía ningún tema en común.

Alfredo, Rafael, Luis, Amador, Javier, Paco…Este último era el que mejor me caía y con el único que hablaba algo más que el «hola, qué tal» Era agradable, diferente al resto, más callado, más discreto, sin tanto afán de protagonismo. Al margen de su carácter, era el único que durante años me pareció atractivo. Los años le iban sentando bien. Aunque con canas, mantenía su pelo algo largo y con flequillo, su perilla también teñida de gris y su torso de aspecto joven, no musculado como el de Agustín, pero sin la barriga de la felicidad que compartían el resto.

Las primeras horas transcurrieron sin sobresaltos. Cada vez más alcohol, más burradas, más chistes malos y más conversaciones surrealistas. Me preparé una copa y me senté en la barra a fumarme un cigarrillo. Paco no tardó en aparecer.

-No dejes que te pongan de mal humor, no merece la pena-, me dijo con su sensual tono de voz. -Tú no eres como ellos, concluyó.

Y comenzamos a mantener una conversación agradable y distendida, de estas que quieres que no acaben nunca. Por fin me sentí a gusto en una de las fiestas de mi padre. Tan bien, que me salió acercarme a Paco y darle un beso en los labios. Él se apartó, aunque sin brusquedad.

-No te confundas Ángel, yo no…

-Lo siento, lo siento, respondí. –Me dejé llevar por el momento.

-No pasa nada, de verdad. Pero no quiero confundirte, yo estoy casado, tengo a mis hijos…

La conversación paró unos instantes.

-Aunque te voy a contar algo si me prometes que quedará entre nosotros, continuó.

-Sí, claro.

-Es para que veas que no todo es lo que parece. No por mí, sino por alguno de los machitos que hay afuera. Una noche que salimos tarde de trabajar decidimos ir a tomarnos unas cervezas Agustín, Víctor, Vitín y yo. Fuimos a un bar frente a la oficina. Víctor se marchó pronto, pero Agustín y Vitín querían seguir con copas. Mi mujer y los niños estaban en el pueblo, así que me quedé con ellos. Lo cierto es que nos pillamos una buena. Jugamos unas partidas a los dardos y al billar. Vitín perdió en todas. Estaba muy picado, ya sabes que los gallitos no tienen buen perder, y decía que lo suyo era el futbolín. Y se dirigió hacia él para retarnos, sobre todo a Agustín.

-Venga ya maricón, que a esto sí te gano, no a esos juegos de nenazas- le amenazaba.

Y Agustín le seguía el rollo. Yo preferí mantenerme al margen. Empezaron a jugar y Vitín veía como Agustín le había colado ya un par de bolas. Se estaba empezando a poner de muy mal humor y Agustín le siguió picando.

-Maricón, me llamabas, ¿eh? Si vas a perder a esto también…

-Calla maricona, me apuesto contigo lo que quieras- le retaba Vitín.

-No me tientes -decía Agustín con cierta maldad.

-¡50 pavos!- gritó Vitín.

-¿50 pavos?, ¿eso es lo que confías en ti? Apuéstate algo de verdad.

Vitín se puso algo rojo. No sabía a qué se refería Agustín.

-Me la vas a comer como pierdas, mariconazo -le volvió a retar Vitín.

-¿Es esa tu apuesta?- le respondió Agustín.- ¿Qué te coma la polla? Pues como pierdas tú, vas a dejar que Paco y yo te demos por el culo, so nenaza.

Yo les pedí que no me metieran en eso al tiempo que veía como la cara de Vitín cambiaba de color. Ahora estaba blanca, parecía que Agustín iba en serio, pero aun así, no se quedaría atrás y aceptó la apuesta. No tardó en perder. Nos dirigíamos al parking de la oficina y Vitín pretendía despedirse porque vivía cerca y se iba andando. Agustín le increpó recordándole su apuesta.

-¿No lo dirás en serio? -le respondió el chaval.

-Anda claro, ¿verdad Paco que iba en serio?

Y casi sin mediar palabra llegamos los tres al parking. Yo dije que no quería saber nada, y que me iba, pero Agustín me lo prohibió.

-No, Paco, tienes que ser testigo de que este maricón cumple su apuesta.

Y se bajó la bragueta y mostró su miembro.

-¡Venga valiente! -le decía a Vitín. ¿Me la ensalivas o te la meto así de golpe?

Vitín se arrodilló y comenzó a chuparle la polla a Agustín, que comenzaba a gemir al tiempo que le profería toda suerte de insultos a su compañero. «Maricón, zorra, ya sabía yo que te gustaba comer pollas…» Y le animó a que me la chupara a mí también.

-Venga, ahora le toca a Paco. Venga tío, bájate los pantalones, que no veas como la chupa el cabronazo.

Ahora me arrepiento, pero la situación y el alcohol me llevaron a dejarme hacer por Vitín, que me la chupó con cierta desgana al principio, pero, supongo que consciente de que se tenía que cumplir toda la apuesta, cambió de actitud y empezó a chupármela con más ganas, lo que me provocaba placer a pesar de lo incómodo de la situación con uno de mis compañeros de curro al que vería al día siguiente comiéndome la verga en el garaje de la oficina y con Agustín mirando. Aunque tardó poco en ponerse detrás de él, levantarle por los hombros, bajarle los pantalones y obligarle a que se pusiera a cuatro patas.

-¡Ah, cabrón! -gritó Vitín.

Agustín ignoró el comentario y siguió intentando metérsela al chaval, que le pidió que al menos lo hiciera con cuidado. Parecía que costaba, pero al final Agustín logró introducir su pollón en el ano del muchacho. Porque sí, estaba bien dotado. Yo creo que si la hubiera tenido normal no habría sugerido la apuesta. Es el típico que tiene que presumir de todo. Vitín gemía de dolor mientras el otro le gritaba «¿te gusta, eh?». Continuaban con el mete y saca y yo me agaché para que la boca de Vitín llegara a mi polla y seguir aprovechando la situación para que al menos me llevara de aquella noche una buena mamada. Al principio no se dio por aludido, tampoco le dije nada, pero a medida que la verga se iba adaptando a su culo él parecía sentir algo de placer y entonces fue cuando continúo lamiéndomela.

Así pasamos unos minutos hasta que Agustín se corrió entre gemidos sobre la espalda de Vitín, que emitió un último gemido cuando su culo se deshizo de aquel falo. Agustín se encendió un cigarro y exigió a Vitín que me la siguiera chupando hasta que me corriera. La verdad es que tardé más de la cuenta a pesar de que cada vez la chupaba con más intensidad, pero el hecho de que Agustín estuviera mirando al tiempo que seguía llamándole de todo no ayudaba. Al final me corrí. La leche salió disparada hacia el frente, pero alguno de los trallazos no pudo esquivar la cara de Vitín, que acabó por llevarse parte del semen a su boca. Ese fue el momento en el que nos dimos cuenta de que había disfrutado y Agustín se montó en su coche refunfuñando, «ya sabía yo que era maricón». Supongo que a su ego no le sentaba bien saber que lo que fue una apuesta dura, hiriente, para hacer sufrir al adversario, acabó siendo una situación placentera no sólo para él.

Quizá por eso,- o quizá no-, no lo sé, nunca más se habló de lo que ocurrió esa noche. No me siento orgulloso, Ángel, pero sucedió, y ya ves que casi nadie puede presumir de comportamiento impecable, como todos quieren hacer ver año tras año en las fiestas de tu padre.

-Ya veo, ya. Así que el niñato ese es gay -corroboré yo, sin saber qué más decir.

Y en aquel momento apareció el susodicho, con sus ojos verdes, su pelo de punta, su pecho descubierto con síntomas de haber ido al gimnasio alguna vez, y con su sonrisa insoportable.

-Yo venía a…Bueno, que siento lo que ha pasado afuera, se atrevió a decir.

-Bueno, yo os dejo, que mi mujer debe estar preguntándose dónde me he metido.

-No pasa nada, fue lo único que yo le respondí.

Si esperaba que yo también le pidiera disculpas o algo así lo llevaba claro. Y como si no hubiera pasado nada, y pareciendo amigos de toda la vida, me preguntó:

-Oye, ¿me dejas que me conecte a internet un momento?

Por no liarla otra vez le dije que sí, y subimos a mi habitación.

-Ahí lo tienes.

-Gracias tío.

Al tiempo que me giraba para salir de la habitación y dejarle solo, le oigo decir:

-¿Tienes bakala?

Me había dejado la página del bakala (una web de contactos para tíos) abierta y él no tardó en identificarla.

-Veo que la conoces- le respondí con toda naturalidad.

Quizá él esperaba que me ruborizara o pusiese alguna excusa.

-Sí, yo también tengo.

La verdad es que a mí también me sorprendió su respuesta. Esperaba que me dijese algo así como «no, me lo han contado». Pero no, también a su manera estaba confirmando que le iban los tíos. Entonces se levantó y empezó a tocarse el paquete.

-¿Qué haces?- le pregunté aún más sorprendido.

-Venga, no dirás que no quieres que tú y yo…Me he puesto cachondo al ver al Agustín en bañador.

Y sin darme opción a responder, se acercó a mí y puso su mano sobre mi paquete.

-¡Que no tío!- le grité.- Que a ver si te crees que porque sea gay me tiene que apetecer echar un polvo contigo.

Hubo silencio. Pero no sólo en mi cuarto, que daba al jardín trasero y en donde hasta hacía unos segundos se estaba celebrando la fiesta de mi padre. Y digo hasta hacía uno segundos porque mis palabras salieron de mi boca en un tono más alto de lo esperado, y las escucharon abajo.

-¡Víctor, me cago en tu padre, baja aquí ahora mismo!- se escuchó por la ventana.

-¡Hostia tío, mi padre!- exclamó Vitín con cara roja y voz entrecortada.

Nadie más decía nada hasta que a Vitín le dio tiempo a bajar y se volvió a escuchar a su padre:

-Serás…pedazo de maricón, tira pa casa, anda…

Y de ese modo la fiesta se acabó. Yo no bajé a despedirme de nadie, ni siquiera de Paco. No es que estuviera preocupado por la situación o algo así, pero se supondría que sí, así que lo aproveché para no tener que hacer el paripé y poner sonrisas a gente que ni siquiera sé ya si volveré a ver.

Mis padres tampoco dijeron nada. Creo que no les pilló de sorpresa. Tan sólo mi padre me informó:

-Me ha dicho Paco que te llamará el lunes para ir a ver coches con él.

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