🔥 Un relato exclusivo de Relaróticos 🔥

Ese día había ido a pasear por el bosque. Me habían dicho que en aquella zona en concreto solían darse encuentros esporádicos entre hombres, y estaba probando suerte a ver si encontraba algo interesante. Hacía calor y llevaba caminando un buen rato por el sendero.

De repente escuché unos jadeos apagados que provenían de algún lugar a mi derecha. Me separé del camino y fui atravesando el bosque siguiendo el ruido de los gemidos hasta aproximarme a un claro. Vi a un hombre de pie y con el torso desnudo.

Sus suspiros eran los que me habían guiado hasta allí. Se tocaba los pezones y acariciaba el pecho velludo. Resoplaba con fuerza. Me acerqué un poco más procurando no hacer ruido. Delante de él, de rodillas, estaba otro macho. Sólo podía ver su espalda, pero también era muy peludo.

El primero tenía los pantalones a la altura de los tobillos. El segundo se esmeraba en hacerle una mamada. Me quedé un rato contemplando la escena. Mi verga, por supuesto, se había puesto erecta y reclamaba atención. La saqué por la bragueta del pantalón y empecé a masturbarme.

El hombre que estaba de pie abrió los ojos y se me quedó mirando. A algunos les excita sentirse observados, pero otros en cambio prefieren no tener gente alrededor, y no sabía cuál sería el caso. Le mantuve la mirada sin dejar de menearme la verga.

Hizo un gesto de invitación que acepté gustoso. Salí al claro del bosque, caminando con mi polla erguida. Me coloqué a su lado y empecé a lamerle los pezones. El otro comenzó a masturbarme con su mano antes de empezar también a chupármela.

Iba alternando entre las dos pollas que tenía delante de la cara. Me saqué la camiseta y la arrojé al suelo, luego desabroché el pantalón para dejarlo caer. El primer hombre me acarició el pecho enredando sus dedos en el vello. Nos besamos. Al rato, se separó para colocarse detrás del otro.

Le hizo levantar el culo para poder ensartarle por detrás sin que dejara de mamarme a mí. Le mojó el culo con saliva para lubricarlo. Su verga no era muy gruesa pero sí bastante larga. Empezó a introducirla despacio mientras el otro gemía sin dejar de mamarme.

No tardó mucho en penetrarlo hasta las pelotas. Entonces empezó a moverse sacando y metiendo su polla cada vez con más fuerza en el culo. El ruido de sus huevos golpeando contra las nalgas se mezclaba con los gemidos de placer del que estaba siendo follado. Yo también movía mis caderas para follarle la garganta, adaptando mi ritmo a las embestidas del otro.

Tenía una boca muy tragona y me estaba dando muchísimo placer. Acaricié su espalda peluda enredando mis dedos entre los vellos que la cubrían. El otro lo tenía sujeto por las caderas y bombeaba cada vez más fuerte.

Me estaba acercando al límite y no quería acabar tan pronto, así que tenía que bajar el ritmo de su mamada. Pero el otro no cedía en sus empujones, forzando a que mi polla le follara la boca con fuerza. Sentía el roce de su barba sobre mis huevos cuando mi verga le penetraba hasta la garganta.

Quise sacarla un momento de su boca para no correrme demasiado pronto, pero él me agarró las nalgas y forzó que entrara más aún. –¡Me voy a correr! –le indiqué, por si no quería que lo hiciera en su boca, pero él no dejó de chuparme hasta que gruesos borbotones de semen le golpearon con fuerza en el fondo del paladar.

El otro le seguía follando el culo y éste no dejaba de mamarme la polla, aún completamente rígida. Volví a empujar con mis caderas mientras él extraía las últimas gotas de semen de mi corrida. A pesar de tener la verga tan sensible por el orgasmo, su boca seguía proporcionándome un placer indescriptible.

Continué follándole la garganta hasta que el que le follaba el culo gritó con fuerza, sacó su polla y disparó su carga de leche sobre la espalda peluda. En ese momento me vino la segunda corrida, más intensa aún que la primera.

Seguía mamándome como becerro hasta que extrajo toda la leche. Se esforzaba en tragarla toda pero, cuando se incorporó, parte le resbalaba por la barba. Lamí mi propia leche antes de besarlo. Su boca sabía a semen y su lengua se introducía muy dentro de mi boca explorando cada rincón.

Le acaricié el pecho y la espalda, notando en mis dedos el semen que había dejado mi compañero de aventura. Bajé con las manos por su vientre velludo hasta tocar la punta de su miembro erecto. Puse mi mano en sus testículos, gruesos y pesados.

Su gemido me invitó a continuar sobándole. Sentí su verga, de un diámetro considerable, caliente entre mis dedos. Le besé en el cuello y luego fui bajando con mi lengua por su pecho para entretenerme en lamer sus pezones, grandes y cubiertos por el vello espeso que los rodeaba.

Los apretaba con mis labios y estiraba, arrancándole gemidos de placer. Los pezones se endurecían y crecían en mi boca. Le di un beso rápido antes de agacharme delante de él. Su verga era bastante gruesa y se erguía sobre una frondosa mata de pelo.

Tomé sus huevos entre mis dedos y los sobé sintiendo su peso. Entonces agarré la polla y comencé a lamerla, desde los huevos hasta el glande, húmedo y brillante. Miré hacia arriba y vi que él se pellizcaba los pezones al tiempo que gemía.

Tomé el capullo entre mis labios y empecé a acariciarlo con la lengua. Los gemidos aumentaban de intensidad. No sabía cuánto duraría sin correrse, pero a juzgar por su excitación, no tardaría mucho. Yo no quería desaprovechar la ocasión, de modo que me apresuré a introducir la verga en mi boca. Comencé a chuparla con ansia sin dejar de masajearle los huevos.

El seguía tocándose los pezones y empezó a mover las caderas para introducir su polla cada vez más profundamente. En un par de minutos, con un fuerte gruñido de placer, me la clavó hasta la garganta al tiempo que me daba su abundante descarga de semen.

Me esforcé por retener todo el líquido que me entregaba a borbotones. Mantuve su verga en la boca hasta que perdió rigidez. Me incorporé y le di un beso en la boca, entregándole todo el semen que había soltado y que él se apresuró a tragar.

El otro hombre se había subido ya los pantalones y se estaba abrochando la camisa. Yo también me puse los pantalones y recogí la camiseta del suelo.

–Yo voy a seguir un rato por aquí –dijo el tercero–. Aún es temprano para ir a casa.

Estaba claro que aún tenía ganas de más sexo. El otro y yo nos despedimos y le dejamos en el claro del bosque, desnudo y tocándose la polla que aún dejaba escapar alguna gota de semen, a la espera de que apareciera alguien más que quisiera darle una nueva ración de leche.

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