Finalmente me he decidido a contar esta parte de mi interior, un secreto que solo los involucrados y alguna otra persona, saben. Soy un hombre de edad mediana, ni feo ni guapo, más bien “pasable” a secas. Me defino bajo un término familiar para unos y para otros no tanto: soy “heteroflexible”.

Mi prioridad son y siempre serán las mujeres; sencillamente las adoro y me fascinan; sin embargo, hay una parte en mi orientación que, aunque no mucho, acepta a mi mismo sexo y a personas no binarias. Nunca pasó por mi mente rechazarlos, a pesar del ambiente “macho” en el que crecí.

Cuando tenía 18 años, cruzaba por una época en la que tal vez mi apariencia, mis feromonas, o algún misterio que tal vez nunca resuelva, impedían que las mujeres se fijaran en mí. Una etapa en la que las hormonas brotaban por todos lados mientras las chicas parecían fijarse en varios, menos en mí.

La frustración resultante me llevó, dentro de mi mente adolescente, a decir “nunca me volveré a fijar en una mujer; me volveré gay”, ¡como si la orientación sexual fuera algo que puede ponerse o quitarse a voluntad! Obvio, nunca fijé el objetivo de cuándo y quién sería el chico en el que me fijaría; sin embargo, y sin creer en esas cosas, pareciera que pedir algo con fuerza trajo resultados.

Un compañero de bachillerato decidió salir del closet –vamos, que aceptó su homosexualidad. El primer amigo al que se lo dijo, fui yo. Este chico empezó a frecuentar otros chicos con su orientación, y en una de esas fiestas y reuniones a las que lo acompañé, apareció Nino. Yo ya casi había olvidado ese propósito de “volverme gay” que me había fijado entre frustración y cervezas.

Nino era de esos chicos que tiene obviedades, pero suaves. Una voz delicada, facciones finas y un amaneramiento sutil –sin caer en la exageración. De figura delgada y espigada; lampiño y de labios carnosos; unos 6 cm menos de estatura que yo –mido 1.80 m- y 24 años.

La mitad de la fiesta prácticamente no me quitó la mirada de encima; mi amigo se dio cuenta, y haciendo un poco de cupido, me dijo que aquel chico lindo estaba idiotizado conmigo. Casi de pronto, Nino se atrevió a acercarse a saludar.

Después de los saludos, mi amigo se retiró a seguir en su ambiente con los demás, dejándome con Nino. Yo me sentía nervioso pero no incómodo, a pesar de que al final, de cuando en cuando, Nino me tomaba de repente la mano. Antes de despedirnos, me invitó a que lo visitara después para seguir hablando de música y arte. No acepté pero tampoco rechacé la invitación.

Esa semana, estuve pensando si debía o no ir a ver a este chico. Finalmente, me decidí a visitarlo. No tenía un plan en mente, ni pensaba en profundidad que algo fuera a suceder. Cuando abrió la puerta del departamento y me vio, Nino casi grita por la sorpresa. Su gusto y entusiasmo no los disimuló en lo más mínimo, al grado de abrazarme y besarme en la mejilla.

La plática pronto pasó del arte clásico a las relaciones que los sabios y hombres de alcurnia griegos tenían con sus pupilos adolescentes. De pronto, declaró sus intenciones para conmigo: “me gustas para que seas mi pupilo. Te deseo desde lo más profundo de mi ser; quiero hacerte mío”. Yo me quedé estupefacto y balbuceando mientras Nino me tomaba de la mano y la besaba.

El continuó: “quiero hacértelo; me gustas para metértelo”. Aquello me tomó por sorpresa; yo, en mi coraje aquel por las mujeres, nunca me imaginé ser yo el pasivo. A decir verdad, había obviado ese detalle. Casi sin proponérmelo, eso por lo que pedí, había llegado, aunque de una forma que no había contemplado. Yo le dije que no estaba seguro, y demás pretextos torpes.

Él me aseguró que sería muy delicado y que no me lastimaría. Al decir eso intentó besarme en la boca, pero yo esquivé la caricia. Me llevó hacia su sofá de la mano sin yo oponerme, y esta vez me abrazó y de inmediato atacó mi cuello con su boca.

Me tenía bien sujeto y su boca era ávida. Sus labios y su lengua succionaban sutil pero apasionadamente; mi cuerpo se estremeció y las piernas temblaron. Mientras esto pasaba, me recostó sobre el sillón, para después quitarme la camisa y bajar los pants deportivos que llevaba yo, así como mi trusa.

Totalmente a su merced, se quitó el la playera y se bajó los pantalones y el bóxer. Volvió a caer sobre mí con lujuria mientras nuestros miembros viriles se rozaban y su boca volvía a hacer estragos en mi cuello, y también hombros y pecho. Empezó entonces a frotar su miembro contra mi pierna mientras con su mano me masturbaba y con su boca y lengua me hacía vibrar.

Esa sensación era más de lo que mi resistencia podía soportar. Tras unos minutos, aquel vampiro lujurioso eyaculó sobre mi pierna, tras lo cual yo también eyaculé.

Tras unos minutos, me volteó boca abajo, siendo entonces cuando protesté ligeramente. Sin hacer caso de ello, Nino empezó a frotar su considerable miembro entre mis nalgas, mientras su boca succionaba y mordía ligeramente en mi espalda y hombros.

Su semen caliente volvió a cubrir mi piel, esta vez entre las nalgas. Jadeando, quedó recostado sobre mí. Después de varios minutos, se incorporó y me dijo “sé que volverás”. Nos despedimos de beso en la mejilla; yo todavía no podía aceptar un beso más en forma.

Cinco días después volví a la cita con aquel vampiro –como yo le llamaba.

La situación se repitió igual otras dos veces, hasta que la cuarta no pude evitar lo obvio. Mi grado de excitación era tal que acepté hacerle una mamada profunda, haciendo que mi cavidad bucal abrazará aquel trozo de carne de la mejor forma.

Ya se había venido él sobre mi pierna, como antaño, y me detuvo para no continuar. Me recostó boca abajo sobre su cama (esta vez estábamos ahí) y se abrazó a mi cuerpo, mientras me susurraba al oído “hoy no te me escapas”, mientras ponía su glande en la entrada de mi trasero, empujando muy suavemente.

En esa pose, totalmente a su merced y con su glande entrando poco a poco, sabía yo muy bien lo que pasaría. Se había puesto aceite para bebé en su miembro, dejándolo muy lubricado.

Poco a poco y sin prisa, a lo largo de minutos, fue entrando aquel trozo duro y hermoso dentro de mí, hasta que me dijo “¿no que no? Te cupo todo”. La incomodidad fue desapareciendo, hasta que la sensación se tornó muy agradable. Empezó a mover sus caderas de una manera rítmica y deliciosa.

La sensación era tan placentera que sin quererlo, empecé a gemir. Mientras me sodomizaba, Nino me hablaba al oído: “¿de quién eres?”, “tuyo”, le respondí. “Pídeme que te lo siga metiendo”, dijo. “Métemelo más”, respondí. “¿Quién es tu soplanucas ahora?”, preguntó. “Tú eres”, respondí. En ese momento, un quejido fuerte salió de su boca. Sentí como aquel líquido caliente inundaba mis entrañas. En ese momento, volteé mi cuello hasta el límite, recibiendo por fin un profundo beso de lengua.

Dos veces más me penetró ese día Nino. Nos hicimos pareja y duramos tres años, tras los cuales, nos dimos un respiro. Mi parte heterosexual creó un conflicto que no pudimos solventar, lo que acabó con la pasional y tremenda relación con él.

En futuros relatos, les contaré algunas de las aventuras vividas dentro de la relación. Lujuria, perversión y algo de dominación de él hacia mí.

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