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Mi primer encuentro con un oso maduro en Grindr: de chupársela en el coche a que me llenara hasta el fondo

Hola, me llamo Leonardo y tengo 18 años. Esto pasó hace unas semanas y todavía me pone duro solo de recordarlo. Mido 1.61, soy morenito, pelo negro, pancita suave y ojos cafés.

Al señor lo conocí en Grindr hace como un mes. Él me escribió primero, me pidió mi número y yo se lo di. Hablamos un rato y me dijo que quería venir a verme a mi casa. Yo estaba solo esa tarde, así que acepté, pero le pedí que me esperara en la esquina para no arriesgarme.

Salí nervioso, subí a su coche y lo vi por primera vez: un hombre de 49 años, 1.70, completamente moreno, barba espesa, piernotas gruesas y una panza redonda de oso que me volvió loco al instante. Era mi sueño hecho realidad. Nos empezamos a besar ahí mismo, con hambre. Me dijo: “Sácamela y chúpamela, perrita”. Sacó una verga no tan larga pero súper gruesa, venosa, con cabeza ancha y pesada. Se la chupé un rato, sintiendo cómo me llenaba la boca hasta el fondo, mientras él me metía un dedo en el culo y gemía bajito. Pero como era pleno día y estábamos en la calle, dijo: “Hasta aquí por ahora, bebé. Nos vemos pronto”.

Pasamos un mes chateando casi todos los días. Además de estar bien rico, es súper lindo: me manda mensajes tiernos, me dice “bebé” todo el tiempo y me hace sentir realmente deseado.

Un día mi familia se fue y yo estaba solo en casa. Le escribí: “¿Quieres que cojamos hoy?”. Me respondió que sí al instante. Vino por mí, subí al coche y en el camino nos decíamos todo lo que queríamos hacernos: “Te voy a comer el culo hasta que supliques verga, puta”, “Quiero sentirte dentro mío todo el día, papi”. Me excitaba tanto que se me ponía dura solo de hablarlo.

Llegamos a su casa y apenas entramos me jaló hacia él, me besó profundo, lengua con lengua, mientras me agarraba las nalgas con sus manos grandes y fuertes. Me sobaba todo, me apretaba contra su panza suave y peluda. Se sentó en el sillón de la sala y me ordenó: “Arrodíllate y chúpamela, perrita”. Obvio que obedecí. Le bajé el pantalón, saqué esa verga gruesa que ya estaba dura y goteando, y me la metí hasta la garganta. Le chupé los huevos peludos, los lamí uno por uno, y él gemía: “Así, bebé, qué rico lo haces”.

Luego me subí encima de él, nos besamos como desesperados y acomodé su verga entre mis nalgas. Él me la untó con su precum caliente, frotándola contra mi agujero, y se sentía súper resbaloso y prometedor. Sentía el grosor presionando mi entrada, listo para entrar.

Después me dijo: “Vamos al cuarto, ahí te cojo como se debe, puta”. Caminando hacia la habitación me dio una nalgada fuerte que me hizo gemir y sentí su mano grande marcándome la piel.

Entramos al cuarto y ya estábamos los dos desnudos. Él se acostó en la cama, sacó popper y lubricante de la mesa de noche. Me abalancé sobre él y seguimos besándonos, yo encima, con su panza suave y peluda presionando contra mi verga dura y mi pancita. El roce era riquísimo: su calor, su olor a hombre maduro, sudor limpio y pura excitación.

Luego me dijo: “Quiero chuparte el culo, bebé”. Me volteó, me hizo sentarme en su cara y… Dios. Me metió su lengua enorme, profunda, lamiendo y succionando mi agujero como si fuera lo más delicioso del mundo. Su barba me raspaba las nalgas y estuve gimiéndole como loco unos 10 minutos, moviéndome encima de su boca mientras él me abría con la lengua.

Después me dijo: “Tengo muchas ganas de cogerte, perrita”. Me dio el popper para que respirara hondo, me untó un montón de lubricante en el culo y en su verga, y lo hicimos a pelo porque yo se lo pedí. Intentó metérmela, pero estaba súper apretado. Su verga gruesa me dolió bastante al principio, estirándome hasta el límite, hasta que por fin entró toda. Nos quedamos quietos un rato, respirando fuerte, esperando a que mi ano se adaptara a su vergota.

Luego me agarró los brazos hacia atrás, me inmovilizó y empezó a clavármela súper rico, profundo, con un ritmo constante que me hacía ver estrellas.

De ahí cambiamos a perrito: me puso en cuatro y me embestía como animal, como si no hubiera un mañana, mientras me decía cosas sucias: “Eres mía, puta, este culo es mío… te voy a llenar todo, bebé”. Su panza chocaba contra mis nalgas con cada embestida y yo solo gemía y pedía más.

Me volteó con sus brazos fuertes y me puso de lado, con él encima de mí, su peso aplastándome deliciosamente, su barba en mi cuello y gruñendo en mi oído.

Después me jaló a misionero. Dios mío, ahí vi su cuerpo de oso en todo su esplendor: panza peluda, pecho cubierto de vello negro, barba espesa y su voz gruesa diciendo “mírame, perrita”. Me jaló hacia él, me puso las piernas en los hombros y me la metió hasta el fondo. Uffff, pura delicia. Me embestía rico, gruñendo como oso en celo, y yo solo le gemía: “Más, papi, no pares”.

Me la sacó y se acostó boca arriba en una hamaca que tenía en el cuarto. Me dijo: “Acuéstate tú también boca arriba pero del otro lado, bebé, y métetela”. Uffff, cuando me la metí yo solo, por instinto empecé a mover la cintura como loco. Sentía muchísimo placer, como nunca. Rebotaba mi pito y mis pechitos, y podía ver su cara de placer, su panza de oso rebotando y su pecho peludo subiendo y bajando.

Se le bajó la erección un rato, así que me moví, me puse encima de él y nos empezamos a comer a besos. Besos de lengua profundos, de esos donde parece que se fusionan las bocas. Olía a hombre, a sudor rico y limpio, y yo estaba súper excitado. Sentí que me iba a venir, y de pronto se le volvió a poner dura como piedra. Me volví a poner en esa posición y empecé a jalarme la verga mientras movía mis caderas como loco. Así estuvimos hasta que exploté: me vine fuerte, me cayó leche en todo el cuerpo y, al correrme, le apreté el ano tan rico que él se vino dentro mío. Sentí seis chorros calientes llenándome todo (no se la había jalado en dos semanas). Riquísimo, me dejó rebosando.

Nos quedamos un rato abrazados y besándonos, tiernos. Cuando le dije que ya me llevara a mi casa, me llevó con todo gusto. Me limpió con cuidado, no dejaba de besarme y abrazarme. Yo súper encantado: ¿quién no querría que un oso sea un salvaje follándote pero un amor después de follar? Me abrió la puerta del coche, me dejó en una esquina cerca de mi casa, nos dimos un último beso profundo y nos despedimos.

Hasta ahora ha sido la mejor experiencia que he tenido. Me dejó doliendo el culo como por dos semanas, pero valió cada segundo. Luego me dijo que dura mucho más y que lo haremos otra vez con más calma. Para el 14 de febrero me dijo que yo era su San Valentín… es súper lindo la verdad.

Y hasta aquí mi relato. Si quieren más detalles, avísenme.

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