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Me acosté con mi mejor amigo de la infancia… 8 años después.

Estudiábamos juntos, hacíamos las tareas juntos. Su nombre era Gustavo, aunque yo siempre le decía Tabo. Yo estaba enamorado de su hermana, pero además tenía otro hermano que se llamaba Juan, igual que su padre. Siempre jugábamos en el mismo equipo de fútbol.

Tabo siempre fue especial conmigo, al contrario de Juan, que me odiaba aunque yo lo quería. Por una equivocación tomé dinero que no era mío y me acusaron del robo. Mi tristeza fue enorme cuando me encontré con Juan y me llamó rata. Eso fue, para mí, lo más triste. Tabo se alejó de mí, quizás por el asunto del robo.

Terminamos la primaria y, por cosas de la vida, me trasladé de ciudad. Tardé ocho años en regresar. Siempre guardé la esperanza de encontrarlo de nuevo. En ese entonces yo aún no sentía nada por los hombres.

Cuál fue mi sorpresa cuando, viajando en un autobús por una avenida, levanté la mirada hacia otro autobús y… ¡allí estaba Tabo en la ventanilla! Dibujé mi número de teléfono en el vidrio con la esperanza de que me llamara. Efectivamente, esa misma noche lo hizo. Hablamos horas: le conté mi vida y él la suya. Quedamos en vernos el viernes siguiente en el centro de la ciudad.

No veía la hora de que llegara. Llegué media hora antes. Cuando nos vimos, nos dimos un abrazo que me apretó hasta el alma.

Una hermana mía me pidió que le cuidara la casa un fin de semana. Acepté y aproveché la oportunidad para invitar a Tabo. Él accedió.

Llegó el viernes. Me fui a la casa de mi hermana, esperé a quedarme solo y lo llamé. Llegó como dos horas después. Yo había comprado ron y tenía la cena preparada. Cenamos, le propuse un ron y aceptó. Entre trago y trago llegó la hora de acostarnos. Le pregunté si quería dormir juntos y me dijo que sí.

Nos duchamos. Me pidió que le prestara una pantalonera; se la di y pude verlo poniéndosela. Sus piernas eran hermosas. Nos acostamos y empezamos a hablar de su hermana hasta que llegamos al tema del sexo. Me preguntó si yo ya lo había hecho. Le dije que sí. Luego me preguntó si había sido con hombres. También le dije que sí. Entonces me preguntó cómo tenía yo mi miembro. Lo toqué; ya lo tenía erecto. Es de unos 18 o 19 cm. Cuando lo tocó, exclamó:

—¡Qué cosa más gruesa!

Le respondí:

—¿Me dejas tocar el tuyo?

—Hazlo —dijo.

Tenía unos 17 cm, delgado, un poco curvo y con la cabeza mojada. Le pregunté:

—¿Me dejas mamarlo?

—Creí que jamás me lo pedirías —respondió—. Toda la vida lo soñé.

Eso me puso a mil. Mi corazón latía descontrolado. Tiré la cobija y empecé a mamarlo con pasión. Ya sentía que me venía cuando me dijo:

—¿Me lo dejas meter?

Nunca lo había hecho, pero accedí. Sabía que, por ser delgado, no me dolería tanto. Empezó poniendo solo la cabeza. Hicimos cinco intentos hasta que entró. Al principio sentí un dolor fuerte que luego se convirtió en placer. Me lo metía y sacaba despacio, luego cada vez más rápido. Sentía su corazón latiendo contra mi espalda. Después de unos gemidos, noté las palpitaciones de su pene dentro de mí. Se detuvo un momento y luego lo sacó poco a poco. Sentí su semen caliente saliendo de mis nalgas y chorreando.

Yo todavía lo tenía erecto. Se dio la vuelta y me dijo:

—¿Me lo haces?

Acepté con gusto. Me pidió que fuera despacio porque le iba a doler. Le introduje primero un dedo, luego dos. Después me pidió que se lo metiera. Empecé poco a poco hasta que entró la cabeza. Me dijo que esperara, que le dolía mucho. Le pregunté si quería que lo sacara y respondió:

—No, mételo todo… pero despacio.

Así lo hice. Cuando ya estaba adentro me dijo:

—Dale duro.

Ni lento ni perezoso: se lo empujé con fuerza. Él gritaba de dolor, pero en ese momento no me importó que lo escucharan. Yo lo amaba y nunca imaginé que él me pediría que le hiciera el amor. Lo penetré una y otra vez hasta que sentí que ya venía. Él temblaba. Tenía pesar de causarle daño, pero no podía parar. Cuando terminé, me di cuenta de que estaba sangrando. Fui al baño, humedecí una toalla y se la puse en el culo. Había mezcla de semen y sangre. Se la mostré y él me dio un fuerte abrazo y me dijo:

—Por fin lo hice.

Tabo murió dos años después en un accidente de tránsito. Yo nunca me he casado y no pienso hacerlo. Aún sueño con él algunas noches.

Aquí termina mi relato real. Abrazo a todos.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.