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La IA me puso caliente

El viento salado del mar Egeo nos golpeaba la piel desnuda mientras el sol descendía lento, tiñendo el cielo de naranja y oro. Éramos cinco esa tarde, como casi todos los días después del entrenamiento en la arena: yo, Cassius, en el centro del grupo, con mi tela verde oscura cayéndome peligrosamente baja sobre las caderas, dejando ver la línea de vello negro que bajaba hasta mi verga ya semi-dura. El cinturón dorado con perlas brillaba contra mi piel morena y brillante de sudor.

A mi izquierda estaba Marco, el de la tela grisácea, pecho ancho y pectorales marcados, brazos venosos y una sonrisa peligrosa. Detrás de mí, pegado como una sombra caliente, Lucio, el más alto y musculoso de todos, con su verga gruesa ya marcándose brutalmente bajo la tela blanca que apenas contenía su paquete enorme y pesado. A mi derecha, Aurelio, el de la tela naranja brillante, ojos negros intensos y manos que siempre buscaban mi culo. Y al extremo derecho, Darius, el más callado pero el más peligroso: tela marrón oscura, cuerpo definido hasta el último músculo, verga larguísima y venosa que todos conocíamos demasiado bien.

—Hoy te ves más puta que nunca, Cassius —murmuró Lucio contra mi nuca, su aliento caliente erizándome toda la piel—. Ese culo tuyo está pidiendo verga desde que salimos del agua.

No respondí con palabras. Giré la cabeza y lo besé con violencia, lenguas enredándose, saliva mezclándose. Sus manos grandes me recorrieron el pecho, pellizcándome los pezones duros hasta que gemí dentro de su boca. Marco se pegó inmediatamente a mi lado izquierdo, metió la mano bajo mi tela verde y envolvió mi verga con sus dedos callosos y fuertes. La tenía completamente dura en segundos, goteando precum que él esparció con el pulgar por todo el glande hinchado.

—Joder, mira cómo palpita este cabrón… ya está chorreando —gruñó Marco, bajando la cabeza para chuparme el cuello con fuerza mientras me jalaba lento y profundo.

Aurelio no esperó más. Se arrodilló frente a mí en la arena caliente, me abrió la tela de un tirón brusco y mi verga saltó libre, gruesa, morena, venosa y apuntando directo a su cara. Abrió la boca y se la tragó hasta la garganta de un solo movimiento brutal. El calor húmedo y apretado me hizo soltar un gemido largo y ronco. Aurelio chupaba como un animal hambriento: bajaba y subía la cabeza rápido, babeando todo, haciendo esos sonidos obscenos de garganta llena mientras sus manos me apretaban y masajeaban los huevos pesados y peludos.

Lucio, detrás, me bajó la tela verde hasta los tobillos de un tirón. Sentí su verga enorme, caliente como hierro al rojo vivo, restregándose entre mis nalgas. Escupió en su mano varias veces, me abrió el culo con dos dedos gruesos primero, luego con tres, abriéndome, preparándome. Después colocó la punta gruesa y empujó despacio pero sin piedad. Centímetro a centímetro me fue abriendo, estirándome al límite, hasta que sus huevos pesados y peludos chocaron contra los míos. El dolor rico y profundo me hizo arquear la espalda y gritar contra la boca de Marco, que ahora me besaba también.

Mientras Lucio empezaba a follarme con embestidas profundas, lentas y controladas, Marco se colocó delante de mí y me metió su verga gruesa y ligeramente curvada hasta el fondo de la garganta. Ahora tenía dos vergas usándome al mismo tiempo: una abriéndome el culo sin misericordia y otra follándome la boca hasta hacerme llorar de placer.

Aurelio se levantó, se puso a mi lado izquierdo y empezó a chuparme los pezones con fuerza, mordiéndolos, tirando de ellos mientras me masturbaba la verga con la mano llena de saliva. Darius, que hasta entonces solo observaba, se acercó por el otro lado. Me agarró la mano derecha y la puso sobre su verga larguísima y venosa que ya estaba completamente dura, casi 25 centímetros de pura carne caliente. Empecé a jalársela con fuerza mientras él me besaba el cuello, me mordía la oreja y me susurraba:

—Quiero tu culo después de Lucio… y después de todos. Hoy te vamos a dejar abierto hasta mañana.

El ritmo se volvió salvaje. Lucio me follaba cada vez más rápido, sus caderas chocando contra mi culo con sonidos húmedos y fuertes. Cada embestida me hacía tragar más profundo la verga de Marco. Aurelio me chupaba y pellizcaba los pezones sin parar, y Darius me follaba la mano mientras me besaba y me escupía en la boca.

Sentí que el orgasmo se acercaba rápido.

—Voy a correrme… no aguanto más… —gemí ahogado por la verga de Marco.

Lucio soltó un rugido animal, me dio tres embestidas brutales y se vino dentro de mí: chorros calientes, espesos y abundantes inundándome el culo hasta que sentí que me rebosaba y escurría por mis muslos. Al mismo tiempo Marco me sacó la verga de la boca y me pintó toda la cara y el pecho con su corrida blanca y espesa. Aurelio se arrodilló otra vez y se tragó mi verga entera justo cuando yo explotaba: me corrí en su garganta con fuerza, temblando entero mientras Lucio todavía palpitaba dentro de mi culo.

Pero apenas habían empezado.

Darius me tomó por la cintura con fuerza, me sacó de encima de Lucio y me puso en cuatro sobre la arena caliente. Me abrió las nalgas con las manos grandes y metió su verga larguísima de un solo empujón brutal. Grité de placer. Era más larga que la de Lucio; sentía que me llegaba hasta el estómago. Empezó a follarme como un salvaje, agarrándome del pelo largo y rizado, mientras Aurelio se ponía delante y me metía su verga otra vez en la boca.

Marco y Lucio se arrodillaron a mis lados, masturbándose mientras me veían. Cada cierto tiempo uno de ellos se acercaba y me daba su verga para que la chupara un rato, turnándose. Darius me folló sin piedad durante varios minutos, cambiando de ritmo: lento y profundo, luego rápido y salvaje. Luego se vino con un rugido largo, llenándome el culo con una segunda carga caliente que se mezcló con la de Lucio y empezó a escurrir abundantemente por mis muslos.

Aurelio tomó su lugar inmediatamente. Me puso boca arriba sobre la arena, me levantó las piernas hasta mis hombros y me folló en misionero profundo, mirándome a los ojos mientras me besaba con lengua y me decía lo puta que era. Marco se sentó sobre mi pecho y me folló la boca con fuerza. Lucio y Darius se masturbaban viendo la escena, hasta que uno por uno se corrieron sobre mi abdomen marcado, mi cara y mi pelo.

Cuando Aurelio se vino dentro de mí por tercera vez, yo ya estaba destruido: el culo abierto, rojo y chorreando semen de los cinco, la cara y el pecho completamente cubiertos de mecos espesos, los labios hinchados, el cuerpo temblando de placer.

Nos quedamos los cinco tirados en la arena, cuerpos pegados, sudor y semen mezclados, respirando agitados mientras el sol desaparecía en el horizonte.

Lucio me besó en los labios con ternura esta vez y murmuró:

—Esto recién empieza, Cassius… todavía nos queda toda la noche. La playa es nuestra.

Marco sonrió con malicia, Darius me acarició el pelo sudoroso y Aurelio me lamió lentamente el cuello y el pecho, limpiando parte de la corrida con su lengua.

Yo, con el culo palpitando lleno de leche de mis cuatro compañeros, la cara pegajosa y la verga todavía medio dura, solo abrí las piernas otra vez y susurré:

—Entonces no paren… úsenme toda la noche. Soy de ustedes.

Y mientras las primeras estrellas aparecían en el cielo, los cinco volvimos a empezar: esta vez con más calma al principio, besos largos, caricias, lenguas por todo mi cuerpo… pero sabiendo que antes de que amaneciera me habrían follado en todas las posiciones posibles, llenándome por dentro y por fuera hasta que no pudiera caminar derecho.

Porque esa noche, en esa playa olvidada por los dioses, yo era el centro del placer de los cinco… y no quería que terminara nunca.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.