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Trío bisexual con mi esposa y un amigo

Hola, les voy a contar mi relato. Soy de Monterrey y mi vida sexual empezó muy joven, pero al principio era puro faje con amigas. Después me di cuenta de que era bisexual porque los chicos también empezaron a llamarme la atención.

Recuerdo que entré a trabajar en una empresa y ahí conocí a Arturo, un muchacho dos años más chico que yo. Yo tenía 20 y él 18. Me llamo Anuel. Cuando lo vi por primera vez quedé cautivado: su cara era preciosa, pelo castaño, ojos grandes con pestañas largas y curvadas. Tenía un físico que me volvió loco al instante. Casi al día siguiente de que yo llegara, él entró al mismo departamento. El jefe nos reunió y nos dijo que Arturo se uniría al equipo. Mi corazón dio un brinco que no tienen idea.

Desde ese momento nos hicimos inseparables. Salíamos del trabajo juntos, cada quien se iba a bañar a su casa y luego nos volvíamos a ver. Nos la pasábamos todo el día juntos. Los compañeros y amigos empezaron a molestarnos: “¿Cuándo se hacen novios? Si parecen casados”. Y la verdad… los dos nos clavamos fuerte uno del otro.

Como mi papá me prestaba el carro, nos íbamos a pasear por las noches. Un día, estacionados en un lugar oscuro, me preguntó:

—¿Tú has besado a un hombre?

—No —le respondí.

—¿Y tú?

—Tampoco.

Entonces me propuso:

—¿Quieres que nos demos un beso?

Le dije que sí. Se acercó despacio, me puso una mano en la nuca y me dio un beso tan rico, tan húmedo y profundo que se me erizó todo el cuerpo. Mientras nos besábamos empezó a tocarme el pene por encima del pantalón y yo hice lo mismo con él. Ahí empezó una relación de novios… sin ser novios oficialmente. Cada vez que nos veíamos terminábamos besándonos, tocándonos y masturbándonos mutuamente.

Un día estábamos platicando en el carro y él se quedó dormido. Aproveché: le desabroché el pantalón, bajé el cierre, saqué su pene y empecé a chupárselo despacio. Estaba rico, caliente y duro. Él no despertaba. Estuve un buen rato disfrutándolo con miedo de que alguien nos viera, pero no pude resistirme. Al rato le abroché todo, lo desperté y le dije que ya me iba a mi casa.

Pasó el tiempo. Él consiguió novia, yo también. Nos casamos los dos y durante años no volvió a pasar nada entre nosotros. Nos veíamos como dos heterosexuales normales, nunca tocábamos el tema de lo que vivimos.

Pero años después, un día me escribió por mensaje:

“Estoy muy caliente, carnal”.

Yo le contesté:

“Pues sácatela y jalátela”.

Entonces sacó el tema de lo que hacíamos antes. Me dijo que se acordaba de todo, que se le paraba la verga solo de recordarlo y que tenía ganas de que se la chuparan otra vez. Me preguntó si yo había estado con más hombres. Le dije que sí, con un amigo que él conoce, y que habíamos llegado hasta la penetración varias veces. Empecé a contarle con lujo de detalle cómo me cogía ese amigo, cómo se la chupaba, cómo gemía… Mientras le escribía, él me empezó a mandar fotos de su verga bien parada. Me dijo que quería que se la chupara yo.

Le recordé aquella vez en el carro cuando se quedó dormido y se la chupé sin que se diera cuenta. Se sorprendió muchísimo y me preguntó si era verdad. Le dije que sí. Entonces me escribió:

“¿Estás en tu casa solo?”

“Sí”.

“¿Puedo ir?”

“Vente”.

Llegó como en 20 minutos con la verga ya marcando el pantalón. Apenas cerró la puerta me arrodillé, se la saqué y se la empecé a mamar con ganas. Se la chupé rico, profundo, le lamí los huevos y lo hice correrse completo en mi boca. Tragué todo. Después nos quedamos platicando. Me preguntó cómo cogía con mi esposa y le conté que igual que él con la suya. Me dijo que su esposa casi nunca se la chupaba y que yo se lo había hecho delicioso. Eso lo calentó de nuevo, se la sacó otra vez y volvimos a la segunda ronda.

Así estuvimos varios días: nos veíamos a escondidas, nos fajábamos, nos mamábamos y nos corríamos. Hasta que un día en su casa lo penetré por primera vez en años. Él se movía debajo de mí súper rico, gimiendo bajito y pidiéndome más fuerte.

Pero llegó el día en que me preguntó, con todo respeto:

“Oye… ¿a tu esposa le gustan los tríos?”

Le dije que no, pero que le iba a comentar. Hablé con mi esposa, le di a entender la idea poco a poco… y me dijo que no.

Sin embargo, un día lo invité a tomar unas cervezas a mi casa. Estábamos los tres en la sala. Le dije a mi esposa que se nos uniera. Ella casi no toma, pero abrí una botella de tequila, pusimos música y empezamos a beber. Poco a poco mi esposa ya andaba un poco alegre, riéndose más de la cuenta y con las mejillas rojas.

La conversación empezó a ponerse caliente. Arturo y yo nos mirábamos con complicidad. En un momento, mientras mi esposa iba por más hielo, Arturo me jaló y me dio un beso rápido. Cuando ella regresó, nos encontró un poco más cerca de lo normal. Sonrió con curiosidad y preguntó:

—¿Qué pasa aquí? ¿Se están coqueteando o qué?

Yo, ya medio tomado, le dije la verdad a medias:

“Es que Arturo y yo… tuvimos algo hace años”.

Ella se quedó callada un segundo, sorprendida, pero no enojada. Al contrario, se sirvió otro shot y dijo:

—¿En serio? Cuéntenme…

Entre risas y más tequila, le contamos todo: el beso en el carro, las mamadas, la vez que se la chupé mientras dormía. Mi esposa escuchaba con los ojos muy abiertos, pero cada vez más excitada. Se mordía el labio y cruzaba las piernas.

De pronto le dije a Arturo:

—¿Quieres que te la chupe aquí, enfrente de ella?

Mi esposa soltó una risita nerviosa pero no dijo que no. Arturo se abrió el pantalón, sacó su verga dura y yo me arrodillé frente a él. Empecé a chupársela lento, profundo, como siempre. Mi esposa se quedó mirando fijamente, primero sorprendida, luego con la respiración acelerada.

—Dios… se ve tan rico —murmuró—. Nunca pensé que me iba a poner así de ver esto…

Se acercó más, me acarició el cabello mientras yo mamaba y me dijo al oído:

—Sigue, amor… chúpalo rico para mí.

Arturo gemía y mi esposa empezó a tocarse por encima de la ropa. Al rato me jaló hacia ella y me besó con lengua, saboreando un poco el gusto de la verga de Arturo. Luego me miró a los ojos y, con voz caliente, me dijo:

—Quiero verte cómo te coge… déjate follar por él, amor. Quiero ver eso.

Eso me prendió como nunca. Me puse en cuatro sobre el sillón. Arturo se colocó atrás, me escupió el culo y me metió la verga de una sola estocada. Gemí fuerte. Mi esposa se sentó frente a mí, me agarró la cara y me besaba mientras Arturo me cogía rico y profundo.

—Así, papi… cógelo duro —le decía ella a Arturo—. Mira cómo gime tu amigo… está disfrutando.

Yo sentía la verga de Arturo entrando y saliendo mientras mi esposa me besaba, me apretaba los pezones y me jalaba la verga al mismo tiempo. Después cambiamos: Arturo se sentó y yo lo monté de frente, rebotando sobre él. Mi esposa se subió encima de mí, frotando su coño contra mi verga mientras Arturo me follaba. Los tres gemíamos al mismo tiempo.

Al final, Arturo no aguantó más. Me sacó la verga y se vino fuerte sobre mi culo y mi espalda. Mi esposa, excitadísima, se arrodilló y lamió todo lo que había salido. Después nos besamos los tres, mezclando saliva, semen y sudor.

Terminamos agotados, abrazados en el sillón. Mi esposa me miró con una sonrisa traviesa y me dijo:

—No tenía idea de que esto me iba a gustar tanto… vamos a repetirlo.

Esa noche fue el inicio de muchas más. Arturo se convirtió en nuestro amante secreto y los tres disfrutamos como nunca.

Espero que les haya gustado este relato real y bien caliente. Si quieren más detalles o la segunda parte, avísenme































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