... ...

Con mi tío en el rancho de la familia

Me llamo Esteban, tengo 1… años. Estudio en la universidad, pero ese verano volví a la finca familiar para “ayudar” con el ganado, aunque neta solo iba por obligación. Mi tío Raúl, de 45 años, viudo desde hace cinco, es el dueño de todo: rudo, moreno quemado por el sol, cuerpo fornido de trabajar la tierra, panza firme bajo una camisa siempre abierta dejando ver vello negro rizado y sudoroso. Olía siempre a tierra húmeda, sudor y un toque a tabaco masticado que me ponía nervioso desde chavo. Era mi tío, hermano de mi jefa, pero desde puberto lo espiaba duchándose en el patio, su verga colgando pesada y oscura, y me pajeaba en secreto pensando en eso.

Llegué un viernes. La finca era grande: corrales con vacas mugiendo, un establo viejo que olía a paja seca y mierda de animal, y la casa principal con techos altos y ventiladores zumbando. Mi tío me recibió con un abrazo fuerte, su cuerpo pegado al mío, oliendo a sudor fresco del día en el campo. “Bienvenido, sobrino. Ayúdame con las bestias mañana”. Esa noche, después de cena con cerveza tibia y pláticas de cosechas, me fui a mi cuarto: una habitación chiquita con cama dura y ventana al desierto estrellado. No aguanté: saqué el celular, busqué porno gay de “tíos follando sobrinos”, y me bajé los shorts. Mi verga de 16 cm ya dura, pajeándome despacio, imaginando a Raúl clavándome su herramienta rústica.

De pronto, la puerta se abrió sin tocar. Era él, en calzones blancos ajustados, marcando un bulto enorme, oliendo a jabón barato y sudor residual. “Pinche sobrino, ¿qué chingados haces?”. Me congelé, verga en mano, el video aún reproduciéndose con gemidos. Él cerró la puerta, ojos negros clavados en mi polla goteando precum. “Así que eso es, ¿eh? Pinche maricón en la familia”. Avanzó, su bulto hinchándose visiblemente. “Te he visto mirándome, Esteban. Quieres la verga de tu tío, ¿verdad?”. Negué con la cabeza, pero mi verga latía traicionera. Me agarró del pelo, jalándome a la orilla de la cama. “Chúpamela, pinche putito. Limpia la verga de tu sangre”.

Bajó sus calzones: su verga saltó libre, unos 20 cm de grosor brutal, oscura y venosa como raíz de árbol, prepucio grueso retrayéndose para revelar una cabeza morada hinchada, oliendo a sudor del día en el campo, un poco de tierra y macho sin lavar del todo. Bolas pesadas colgando, peludas y sudadas. Me empujó la cara contra ella: lamí la cabeza, salada y terrosa, chupando despacio, rodeando con la lengua las venas palpitantes. “Chúpala toda, sobrino puto. Siente cómo sabe la verga de familia”. Subí y bajé, saliva goteando por su eje, mis manos masajeando sus bolas pesadas, oliendo a culo rústico y testosterona acumulada desde que enviudó. Me folló la boca fuerte, agarrándome el cráneo, empujando hasta el fondo: “Traga, pinche maricón. Chúpame como tu tía nunca lo hizo”.

El morbo familiar me volvió loco; mi verga goteaba sin tocarla. Me levantó jadeando: “Ahora te rompo el culo, Esteban. Vas a ser la puta de tu tío en esta finca”. Me llevó al establo, caminando desnudos por el patio oscuro, el aire fresco de noche yucateca erizándome la piel. Adentro, el olor a paja, mierda de vaca y animales nos envolvió. Me empujó contra una pared de madera astillada, escupió en mi raja —saliva espesa resbalando por mi agujero virgen— y untó con sus dedos gruesos y callosos del arado. “Abre las nalgas, pinche sobrino maricón. Voy a clavarte la verga de tu sangre hasta que grites”.

Empujó de golpe, el dolor cegador como si me partiera con un leño ardiente: grité “¡Tío, duele, puta madre!”, pero él tapó mi boca con su mano sucia, oliendo a tierra y tabaco. Entró todo, sus bolas peludas chocando contra las mías con plaf húmedo. Empezó a follarme como bestia: embestidas salvajes, cada una sacándome gemidos ahogados, su panza firme golpeando mi espalda, sudor chorreándonos a los dos, mezclándose con el olor a establo. “Te gusta, ¿verdad? Pinche putito de familia, sintiendo la verga de tu tío viudo”. El chapoteo era obsceno, mi culo apretando su grosor, sintiendo las venas palpitar dentro, el prepucio retrayéndose con cada salida.

Me folló así veinte minutos, mis manos arañando la madera, dejando astillas bajo las uñas. Cambiamos: me tiró a la paja sucia, boca arriba, piernas abiertas como puta de rancho. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi próstata con cada clavada. Masturbaba mi verga con su mano áspera, tirando fuerte: “Grita, sobrino. Que las vacas oigan cómo te parto”. Grité: “¡Sí, tío! ¡Rómpeme más! ¡Lléname con tu leche viuda!”. Aceleró, sus bolas pesadas plaf contra mi culo, agarrándome las caderas, mordiéndome el cuello hasta dejar marcas rojas. “Me vengo adentro, pinche maricón familiar. Toma mi semen acumulado, el que tu tía no tuvo”.

Se clavó hasta el fondo y eyaculó fuerte: chorros calientes, espesos y abundantes, palpitando dentro de mí, llenándome el culo hasta rebosar, goteando por mi raja a la paja. Me vine al sentirlo, chorros salpicando mi abdomen y el suyo, espeso y blanco contrastando con su piel morena quemada.

Se quedó dentro un rato, respirando pesado sobre mí, su verga ablandándose. “Buen culo, sobrino. Esto se repite todo el verano”. Salió despacio, semen chorreando. Desde entonces, en esa finca de Torreón, mi tío Raúl me rompió cada noche, y neta, me volví su puta familiar. El morbo no se acaba.peso y

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.