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Mi novio me puso el cuerno… pero me vengué riquísimo

Esa noche, después de mi “regreso oficial” del trabajo —habiendo espiado antes y salido para fingir que llegaba tarde—, abrí la puerta del apartamento con mi llave, el corazón aún latiendo fuerte por el morbo de lo que había visto esa tarde. Marco estaba en la cocina, con una camiseta ajustada que marcaba sus pectorales perfectos y shorts que dejaban ver sus muslos musculosos, bronceados por nuestras escapadas a la playa. “¡Hey, amor! Pensé que llegarías más tarde”, dijo con esa sonrisa que derretía a cualquiera, acercándose para besarme. Su boca sabía a menta, como si hubiera intentado borrar cualquier rastro, pero yo captaba el leve olor a sexo que aún flotaba en el aire, mezclado con su colonia amaderada.

Lo besé de vuelta, mis manos bajando por su espalda hasta agarrar ese culo redondo y firme que tanto envidiaban nuestros amigos, sintiendo cómo se tensaba bajo mis dedos. “Fue un día largo, pero ahora solo quiero relajarme contigo”, respondí, fingiendo normalidad mientras mi verga ya se agitaba en los pantalones recordando la escena de él follando a Javier. “Prepárame una bebida, ¿sí? Algo fuerte, para acompañarte en el sofá”.

Él asintió, riendo bajito, y se dirigió al bar improvisado en la esquina del salón, sirviendo dos whiskys con hielo que tintineaban en los vasos. Mientras él estaba de espaldas, saqué mi teléfono disimuladamente y envié el mensaje al número de Javier que había memorizado esa tarde: “Ven ahora. Puerta abierta. No hagas ruido y date prisa”. Mi pulso se aceleró; sabía que Javier vivía en el barrio vecino, a unos veinte minutos en coche si el tráfico era ligero, lo que me daba tiempo para preparar el terreno.

Nos sentamos en el sofá, el cuero fresco contra mi piel mientras bebíamos despacio. Hablamos de tonterías: su día en el gym, donde había “entrenado solo” —una mentira que ahora me excitaba en secreto—, y yo conté anécdotas aburridas de la oficina para matar el tiempo. Pasaron unos diez minutos así, con sorbos lentos y risas forzadas, mi mano rozando su muslo, subiendo peligrosamente cerca de su entrepierna. “Estás tenso hoy”, murmuré, inclinándome para besarlo más profundo, mi lengua explorando su boca mientras sentía su verga endurecerse bajo los shorts. Él gimió bajito, “Tú me pones así, Alex”, y sus manos subieron por mi camisa, pellizcando mis pezones endurecidos a través de la tela. Nos besamos con más intensidad, mis dedos desabrochando su short para liberar su verga de 22 centímetros, ya semidura y venosa, palpitando en mi palma mientras la masturbaba despacio, esparciendo el precúm que goteaba del glande hinchado.

Pasaron otros diez minutos en ese juego preliminar: yo arrodillado entre sus piernas, lamiendo su eje con la lengua plana, succionando las bolas peludas mientras él jadeaba, agarrándome el pelo y empujando mi cabeza más abajo. “Joder, qué boca tan caliente”, gruñó, su cuerpo perfecto sudando ligeramente bajo la luz tenue del salón. Miré el reloj disimuladamente; habían pasado veintidós minutos desde el mensaje. Justo entonces, oí el clic suave de la puerta principal abriéndose —Javier había llegado, puntual y sigiloso, como un fantasma invitado al festín.

Lo señalé con un dedo en los labios para que no hablara, y él se desnudó en el pasillo, revelando su cuerpo tonificado: pectorales definidos, abdominales marcados pero no tan esculpidos como los nuestros, y una verga de 18 centímetros ya erecta, curvada hacia arriba con el glande rosado brillando de anticipación. Marco tenía los ojos cerrados, perdido en el placer de mi mamada, así que no notó nada hasta que Javier se acercó y se arrodilló a mi lado, envolviendo la verga de Marco con su mano, masturbándolo en tándem conmigo. Marco abrió los ojos de golpe, “¡Qué coño… Javier? Alex, ¿qué…?”, pero su confusión se mezcló con lujuria al vernos a ambos allí, listos para devorarlo.

No le di tiempo a protestar: saqué las esposas del cajón cercano y le até las manos detrás de la espalda, vendándolo con una corbata que tenía a mano. “Es mi sorpresa, amor. Relájate y disfruta”, susurré, mientras Javier y yo nos turnábamos para mamarlo: yo succionando el glande hinchado, Javier lamiendo las venas a lo largo del eje, nuestras lenguas rozándose en un beso accidental alrededor de su polla. Marco gemía como un animal, sus caderas empujando hacia arriba, “Joder, sois unos cabrones… no pares”. Cambiamos: yo me posicioné detrás de Javier, escupiendo en mi verga de 20 centímetros y penetrándolo de un thrust firme, sintiendo su culo apretado envolviéndome como un guante caliente y resbaladizo. Él gruñó alrededor de la polla de Marco, el sonido vibrando hasta hacerlo temblar.

Follé a Javier con ritmo brutal, mis bolas chocando contra sus muslos mientras observaba a Marco retorcerse vendado, su pecho subiendo y bajando agitado. Liberé sus manos después de unos minutos, y él se unió: quitó la venda y nos reorganizó en un trío caótico. Marco me penetró desde atrás, su monstruo de 22 centímetros estirándome hasta el límite, rozando mi próstata con cada embestida profunda que me hacía jadear. Javier se masturbaba frente a mí, su verga goteando precúm, hasta que se corrió salpicando mi pecho con chorros cremosos y calientes. Yo exploté segundos después, mi semen inundando el sofá en ondas potentes, apretando alrededor de Marco que rugió y se vació dentro de mí, su leche espesa derramándose en mi interior como una marca compartida.

Al final, exhaustos y entrelazados en el sofá, Marco me miró con una mezcla de culpa y éxtasis. “Sabías lo de esta tarde, ¿verdad? Y en lugar de enojarte… esto”. Asentí, besándolo mientras Javier se vestía con una sonrisa satisfecha. “Esto es mejor que la ira. Ahora, ¿repetimos la próxima semana?”. Desde entonces, nuestro secreto se convirtió en un ritual, explorando límites que nos hacían aún más adictivos… y envidiables.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.