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El baño prohibido

Me llamo Diego, tengo 32 años, y soy un adicto al morbo crudo, ese que te hace temblar las piernas y sudar frío antes de ceder. Vivo en una ciudad grande, donde los baños públicos de los centros comerciales son un paraíso oculto para tipos como yo: casados, discretos, pero con una hambre insaciable de polla y semen ajeno.

Ese sábado por la tarde, entré al baño del mall más concurrido, el de la planta baja, donde el olor a orina rancia y desinfectante barato te golpea como una bofetada. Las cabinas estaban medio ocupadas, con pisadas apresuradas y chorros de meada resonando contra los urinarios. Me paré en uno, sacando mi verga semidura —unos 18 centímetros, gruesa y con venas marcadas que palpitan cuando estoy excitado—, fingiendo orinar mientras echaba vistazos a los lados.

Al lado mío, un tipo de unos 40, fornido como un camionero, con barba espesa y manos callosas, me miró de reojo. Su polla colgaba pesada, unos 20 centímetros flácida, con un prepucio que se retraía ligeramente al mear. Noté cómo su chorro se volvía irregular, y él giró un poco, mostrando más. El morbo me invadió; mi verga se endureció al instante, goteando precúm en lugar de orina.

Él sonrió ladino, sacudiéndola más de lo necesario, y murmuró: “Parece que tienes sed, cabrón”. Sin palabras, me arrodillé allí mismo, en el suelo pegajoso de pisadas y salpicaduras, abriendo la boca como una puta ansiosa. Él apuntó su polla directamente a mi lengua, y empezó a mear: un chorro caliente, salado y amarillento que me llenó la boca, rebosando por las comisuras y goteando por mi barbilla. Tragué lo que pude, el sabor amargo y cálido invadiendo mi garganta, mientras mi mano volaba sobre mi propia verga, masturbándome furiosamente.

No estábamos solos; otro tipo entró, un joven de unos 25, delgado pero con un culo redondo que se marcaba bajo los jeans ajustados. Vio la escena y se unió sin dudar, sacando su polla de 15 centímetros, ya dura y curvada hacia arriba. “Joder, qué guarro”, dijo, y se posicionó al lado del camionero, meando también sobre mi rostro, el líquido caliente salpicando mis ojos y empapando mi camisa.

Yo gemía como un cerdo, tragando meada de ambos, mi lengua lamiendo sus glandes hinchados entre chorros. El camionero me agarró del pelo, tirando fuerte, y empujó su polla en mi boca, follándome la garganta con thrusts brutales que me hacían arcadas, saliva y orina mezclándose en un desastre viscoso que goteaba al suelo.

El joven se agachó detrás de mí, bajándome los pantalones de un tirón, exponiendo mi culo peludo y ansioso. Escupió en su mano y lubricó su verga, luego me penetró de golpe, sin condón, su polla deslizándose en mi ano apretado con un ardor delicioso que me hizo gritar alrededor de la polla del camionero.

Me follaban como a un trapo sucio: el camionero embistiendo mi boca, sus bolas peludas chocando contra mi barbilla, y el joven reventándome el culo con embestidas rápidas y profundas, sus uñas clavándose en mis caderas mientras gruñía: “Toma, puta, te voy a llenar de leche”. El olor a meada y sudor era abrumador, el suelo resbaladizo bajo mis rodillas, y yo me masturbaba como un poseso, sintiendo mi próstata palpitar con cada thrust.

El camionero se corrió primero, un rugido gutural escapando de su garganta mientras chorros espesos y calientes inundaban mi boca, semen salado y cremoso que tragué ansiosamente, algunos hilos escapando por mis labios. El joven aceleró, follándome más duro, y explotó dentro de mí, su semen caliente derramándose en mi interior, resbalando por mis muslos cuando se retiró con un pop húmedo. Yo me corrí al final, salpicando el suelo con mi propia carga, temblando de placer guarro y prohibido.

Salí de allí empapado, con el sabor a meada y semen persistiendo en mi boca, la ropa pegajosa y el culo ardiente. Nadie sospechó nada en el mall, pero yo sabía que volvería pronto por más.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.