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El calor de la medianoche

La habitación olía a sudor limpio, a colonia barata de farmacia y a ese aroma inconfundible que deja la piel cuando lleva horas deseando ser tocada.

Adrián había llegado tarde, como siempre. La camiseta negra ya se le pegaba al pecho y los jeans marcaban demasiado lo que traía entre las piernas desde que subió al Uber. No dijo nada al entrar. Solo cerró la puerta con el talón, dejó caer la mochila y me miró como si ya hubiera decidido exactamente en qué orden iba a hacerme todo lo que llevaba imaginando desde la tarde.

Yo estaba recostado en la cama, solo con el bóxer gris que se me transparentaba de lo sudado que estaba el ambiente. No hice ademán de levantarme. Me limité a abrir un poco más las piernas y dejar que viera cómo la tela se tensaba contra la erección que ya no podía disimular.

—Quítatelo —dijo con esa voz ronca que usaba cuando ya no había marcha atrás.

No era una petición.

Me bajé el bóxer despacio, dejando que la cintura elástica rozara toda la longitud antes de liberarla. La polla me cayó pesada contra el abdomen, brillante en la punta. Adrián se pasó la lengua por el labio inferior sin quitarme los ojos de encima.

Se quitó la playera de un solo movimiento, dejando ver el abdomen definido pero no exagerado, ese vello negro que bajaba en línea recta hasta perderse dentro del pantalón. Cuando se desabrochó el cinturón, el sonido del metal fue lo más fuerte que se escuchó en la habitación durante varios segundos.

Se acercó gateando sobre la cama, sin prisa, como si supiera que cada centímetro que avanzaba me ponía más al borde. Cuando llegó entre mis piernas se detuvo. Apoyó las manos a los lados de mis caderas y simplemente respiró sobre mí. El aliento caliente me rozó la cabeza, luego bajó lento hasta los huevos. Sentí cómo se le humedecía la boca antes de que siquiera me tocara.

Entonces sí.

Primero la lengua plana, lenta, recorriendo desde la base hasta la punta como si estuviera probando algo que llevaba meses antojándosele. Después los labios rodearon solo el glande, succionando suave, casi sin presión, solo lo suficiente para que se me escapara un gemido largo y roto.

—Puta madre… —se me salió sin filtro.

Él sonrió con la boca llena y empezó a bajar más. Centímetro a centímetro. Hasta que la nariz se le pegó contra mi pubis y se quedó ahí, tragando alrededor, dejando que sintiera las contracciones de su garganta. Subía y bajaba sin usar las manos, solo la boca y ese movimiento de cabeza que parecía imposible de mantener tanto tiempo.

Yo ya tenía los dedos enredados en su cabello, no para guiarlo, sino para sostenerme de algo mientras se me nublaba la vista.

De pronto se detuvo. Se incorporó, se limpió la barbilla con el dorso de la mano y me miró con los ojos muy oscuros.

—Date la vuelta.

Obedecí sin pensarlo. Me puse boca abajo, abrí las piernas un poco más, levanté apenas la cadera. Escuché el sonido del envase de lubricante abriéndose, el clic del tapón, y luego sus dedos fríos y resbalosos separándome.

Primero uno. Después dos. Los movía despacio, abriéndome, buscando ese punto que sabía que me volvía loco. Cuando lo encontró, lo presionó con los nudillos y se quedó ahí, haciendo círculos pequeños mientras yo empujaba hacia atrás sin poder evitarlo.

—Te voy a coger tan lento que vas a suplicar —murmuró contra mi nuca.

Y cumplió.

Se acomodó detrás, la cabeza gruesa rozándome la entrada. Empujó solo lo justo para entrar la punta y se quedó quieto. Sentí cada vena, cada latido. Después avanzó otro centímetro. Y otro. Hasta que sus caderas quedaron pegadas a mis nalgas y los dos soltamos el aire al mismo tiempo.

Empezó a moverse. No eran embestidas. Era un vaivén profundo, casi hipnótico. Cada vez que salía casi por completo y volvía a entrar hasta el fondo, me arrancaba un sonido que no reconocía como mío. Sus manos me agarraban las caderas, los dedos clavándose lo justo para dejar marca.

En un momento se inclinó sobre mí. Pecho contra mi espalda. Boca en mi oreja.

—¿Quieres que te llene? —susurró—. ¿Que te deje goteando toda la noche?

Solo pude asentir, jadeando.

Aceleró. Ya no era lento. Era crudo. La cama golpeaba contra la pared, su respiración se volvió entrecortada, animal. Sentí cómo se hinchaba dentro de mí justo antes de que se viniera. Un gruñido largo, profundo, y después el calor inundándome, pulso tras pulso.

No se salió de inmediato.

Se quedó dentro, todavía duro, moviéndose despacio mientras bajaba la mano y me masturbaba con la palma abierta y resbalosa. No tardé nada. Me corrí sobre las sábanas, temblando, apretándolo dentro de mí con cada espasmo.

Cuando por fin se retiró, sentí cómo su semen empezaba a escaparse, tibio, resbalando por la cara interna de mis muslos.

Se dejó caer a mi lado, respirando agitado. Me jaló hacia él hasta que mi cabeza quedó en su pecho.

—Todavía no terminamos —dijo con esa media sonrisa suya, mientras su mano bajaba otra vez y rozaba con dos dedos el desastre que había dejado dentro de mí.

Y yo, todavía temblando, solo sonreí.

Porque sabía que tenía razón.

La noche apenas empezaba.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.