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Cruising nocturno en el parque

Soy Carlos, un tipo de 29 años con un vicio incontrolable por el riesgo: follar en público, donde el peligro de ser pillado multiplica el placer hasta lo insoportable. Vivo en una ciudad caótica, y los parques de noche son mi coto de caza favorito —esos rincones oscuros con bancos oxidados, arbustos densos y el olor a hierba húmeda mezclado con humo de cigarrillos. Esa noche de viernes, salí de casa con el culo ya lubricado bajo los jeans ajustados, mi verga de 19 centímetros semidura anticipando el morbo.

Llegué al parque central alrededor de las once, cuando los faroles parpadeantes iluminaban apenas los senderos, y los sonidos de la ciudad se amortiguaban en un silencio cargado de promesas sucias.

Me senté en un banco apartado, fingiendo mirar el teléfono, pero en realidad escaneando: un par de tipos paseando perros, una pareja hetero besuqueándose a lo lejos, y luego él —un maduro de unos 45, corpulento como un oso, con barba grisácea y brazos tatuados que se marcaban bajo una camiseta sudada. Caminaba despacio, mirándome fijamente, y noté el bulto en sus pantalones deportivos, una polla gruesa que se intuía colgando pesada.

Se acercó, sentándose a mi lado sin decir nada, y extendió la mano directamente a mi entrepierna, agarrando mi verga a través de la tela con dedos ásperos que me hicieron jadear. “Aquí mismo, puto”, murmuró con voz grave, desabrochándome el pantalón y sacando mi polla al aire fresco de la noche.

No perdí tiempo: me arrodillé entre sus piernas, bajándole los pantalones hasta los tobillos, liberando su verga de 21 centímetros, venosa y con un olor musgoso a sudor acumulado del día. La metí en mi boca de golpe, succionando con avidez, mi lengua girando alrededor del glande hinchado mientras saliva goteaba por el eje. Él gruñó, agarrándome la cabeza y follándome la garganta con thrusts brutales, sus bolas peludas chocando contra mi barbilla en cada embestida. El parque no estaba vacío; oí pasos lejanos, un perro ladrando, pero eso solo me excitaba más —mi verga dura como una roca, goteando precúm en el suelo polvoriento mientras me masturbaba con una mano.

De repente, otro tipo surgió de los arbustos: un chaval de unos 20, flaco pero con un culo redondo y una polla ya erecta en la mano, masturbándose al vernos. “Únete, maricón”, le dijo el oso, y el chico se acercó, arrodillándose a mi lado y lamiendo las bolas del maduro mientras yo devoraba la polla. El oso nos follaba la boca alternadamente, empujando profundo hasta hacernos arcadas, saliva y precúm mezclándose en un desastre viscoso que nos empapaba la cara. “Ahora, el culo”, ordenó, poniéndome de pie y girándome contra el banco. Me bajó los jeans, exponiendo mi ano lubricado y ansioso, y escupió un chorro grueso directamente en él, untándolo con dedos callosos que me estiraban sin piedad.

Me penetró de un empujón, su polla gruesa partiéndome en dos con un ardor que me hizo morder mi brazo para no gritar. Embestía como un animal, sus caderas chocando contra mis nalgas con sonidos húmedos que resonaban en la noche, mientras el chaval se masturbaba frente a mí, metiéndome su polla de 16 centímetros en la boca para silenciarme. Me follaban como a un juguete roto: el oso reventándome el culo, su sudor goteando por mi espalda, y el chico follándome la garganta, sus uñas clavadas en mi pelo. El olor a sexo crudo —sudor, saliva, precúm— era abrumador, y el riesgo de que alguien pasara nos hacía acelerar: un grupo de jóvenes riendo a lo lejos, luces de un coche iluminando el parque por un segundo.

El chaval se corrió primero, chorros calientes y espesos inundando mi boca, semen salado que tragué ansiosamente mientras algunos hilos goteaban por mi barbilla. El oso aceleró, gruñendo como un cerdo, y explotó dentro de mí, su leche caliente derramándose en mi interior en ondas potentes, resbalando por mis muslos cuando se retiró con un pop sucio. Yo me corrí al tocarme, salpicando el banco con mi carga cremosa, temblando de placer guarro y prohibido.

Nos vestimos rápido, con sonrisas cómplices, y desaparecimos en la oscuridad. El parque seguía vivo, pero yo me fui con el culo ardiente y lleno, saboreando el semen en mi lengua, listo para el próximo encuentro público.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.