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Mi novio me puso el cuerno… pero me quedé a espiarlo

Me llamo Alex, tengo 28 años, y junto a mi novio Marco, somos esa pareja que todos envidian. Ambos tenemos cuerpos perfectos, esculpidos en el gimnasio como estatuas griegas: yo soy moreno, con ojos verdes que perforan el alma, hombros anchos, pectorales firmes que se marcan bajo cualquier camiseta ajustada, abdominales definidos que bajan en una V perfecta hacia mi verga de 20 centímetros, y un culo redondo y musculoso que hace girar cabezas. Marco es rubio, piel bronceada por el sol de la playa, con una sonrisa que derrite hielo, biceps que se tensan como cuerdas, un pecho velludo justo en la medida perfecta, y una verga legendaria de 22 centímetros, gruesa y venosa, que me ha hecho gritar de placer innumerables noches.

Nuestros amigos nos llaman “los dioses gays”, y en las fiestas, siempre somos el centro de atención, con besos apasionados que dejan a todos boquiabiertos. Vivimos en un apartamento moderno en el centro de la ciudad, donde nuestra vida sexual es un torbellino de pasión: folladas salvajes en la cocina, mamadas profundas en el sofá, y sesiones de rimming que nos dejan temblando hasta el amanecer.

Ese viernes, decidí sorprenderlo saliendo temprano del trabajo. Había tenido un día estresante en la oficina, pero imaginaba llegar a casa, encontrar a Marco en el salón, y lanzarme sobre él para una tarde de sexo desenfrenado. Aparqué el coche en el garaje subterráneo y subí las escaleras en silencio, con una sonrisa pícara en los labios, pensando en cómo lo iba a desnudar lentamente y devorarle esa verga enorme que tanto amaba. Abrí la puerta principal con sigilo, pero en lugar de silencio, oí gemidos ahogados provenientes del dormitorio. Mi corazón dio un vuelco; no eran los gemidos habituales de Marco solo, eran dos voces masculinas entrelazadas en un coro de placer crudo.

Me acerqué de puntillas por el pasillo, el pulso acelerándose en mis oídos como un tambor de guerra. La puerta del dormitorio estaba entreabierta, lo suficiente para asomarme sin ser visto. Y allí estaba: Marco, mi Marco perfecto, desnudo sobre la cama king size que compartíamos, con las sábanas revueltas y empapadas de sudor. Estaba de rodillas, embistiendo con furia a un tipo que no reconocí al principio —un moreno atlético, de unos 25 años, con un cuerpo tonificado pero no tan impecable como el nuestro, culo alzado en el aire y espalda arqueada en éxtasis. Marco lo follaba como un animal en celo, sus caderas chocando contra las nalgas del desconocido con un ritmo hipnótico, el sonido húmedo de piel contra piel llenando la habitación. Su verga de 22 centímetros entraba y salía con facilidad, lubricada por saliva y precúm, el glande hinchado brillando cada vez que se retiraba, dejando un hilo de fluido conectándolos. “Joder, qué culo tan apretado”, gruñía Marco con esa voz ronca que me volvía loco, sus manos agarrando las caderas del tipo con fuerza, dejando marcas rojas en la piel.

En lugar de irrumpir furioso, algo en mí se rompió… pero no de ira, sino de un morbo abrasador que me invadió como fuego líquido. Mi verga se endureció al instante bajo los pantalones, presionando dolorosamente contra la tela. Me escondí en el pasillo, pegado a la pared, con la puerta apenas entreabierta para tener una vista perfecta. No podía apartar los ojos: Marco aceleraba el ritmo, su pecho subiendo y bajando con respiraciones agitadas, gotas de sudor resbalando por sus abdominales perfectos y goteando sobre la espalda del infiel. El tipo gemía como una puta, “Más fuerte, Marco, destrózame”, y Marco obedecía, embistiendo más profundo, sus bolas peludas chocando contra el perineo del desconocido con cada thrust. Vi cómo Marco escupía en su mano y lubricaba más su verga, luego metía dos dedos en el culo del tipo junto a su polla, estirándolo aún más, haciendo que el otro se retorciera de placer y dolor mezclado.

Mi mano actuó por instinto: me desabroché el pantalón y saqué mi verga dura como una roca, de 20 centímetros, venosa y con el glande ya goteando precúm. Empecé a masturbarme despacio, sincronizando mis movimientos con las embestidas de Marco, imaginando que era yo el que estaba allí, recibiendo esa follada brutal. El morbo me consumía; ver a mi novio infiel, ese cuerpo envidiable sudando y follando a otro, me excitaba más que cualquier porno. Aceleré el ritmo de mi mano, apretando la base para no correrme pronto, mientras Marco cambiaba de posición: giró al tipo boca arriba, le levantó las piernas sobre sus hombros anchos, y volvió a penetrarlo, ahora cara a cara. Podía ver todo: la verga de Marco desapareciendo en el ano dilatado, los músculos de sus glúteos contrayéndose con cada empujón, y el rostro del desconocido contorsionado en éxtasis, mordiéndose el labio para no gritar demasiado fuerte.

Marco se inclinó y besó al tipo con pasión salvaje, sus lenguas enredándose mientras follaba más rápido, el colchón crujiendo bajo ellos. “Vas a hacer que me corra, cabrón”, jadeó Marco, y el otro respondió agarrando su propio pene —más pequeño, unos 18 centímetros— y masturbándose furiosamente. Yo no podía más; mi mano volaba sobre mi verga, el precúm lubricando todo, sintiendo el calor subir por mi vientre. Marco gruñó profundo, sus embestidas volviéndose erráticas, y se corrió dentro del tipo con un rugido ahogado, chorros de semen caliente inundándolo, algunos escapando por los bordes y resbalando por las nalgas. El desconocido explotó segundos después, su semen salpicando el pecho perfecto de Marco, blanco y cremoso contra su piel bronceada.

Ver eso me empujó al borde: me corrí en silencio, mordiéndome el puño para no gemir, mi semen caliente salpicando el suelo del pasillo en chorros potentes que me dejaron temblando las piernas. Me quedé allí, jadeante, limpiándome con la camisa mientras ellos se derrumbaban en la cama, riendo bajito y besándose perezosamente. Salí del apartamento en silencio, con el corazón latiendo fuerte, pero no de traición, sino de un deseo nuevo y oscuro.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.