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Aprovechándome que mi papá toma mucho

Les vengo a contar una historia, soy el del relato de mi hermano y yo, soy Josué, soy de Costa Rica.

Era tarde, casi las dos de la mañana, cuando escuché la llave torpe girando en la cerradura. Papá había salido otra vez con los compañeros del taller y, como siempre, regresaba hecho mierda. Lo oí tropezar contra el mueble del pasillo, soltar una carcajada borracha y luego el golpe sordo de su cuerpo cayendo en el sofá de la sala. No se levantó. Se quedó ahí, desparramado, con la camisa medio abierta y los jeans todavía puestos.

Me quedé en la puerta de mi habitación un rato, el corazón latiéndome tan fuerte que parecía que iba a salirse. Tenía 24 años, ya no era un niño, pero esa noche sentí como si volviera a tener 15 y estuviera espiando algo prohibido. Solo que ahora ya no era curiosidad… era hambre.

Bajé descalzo, sin hacer ruido. La luz de la calle entraba por la ventana y le iluminaba la cara: barba de tres días, boca entreabierta, respirando pesado y ronco por el alcohol. Olía a cerveza, a cigarro y a ese sudor de hombre que siempre me volvía loco cuando volvía del gimnasio.

Me arrodillé delante del sofá. Sus piernas estaban abiertas, los jeans apretados en la entrepierna. Con dedos temblorosos le desabroché el botón y bajé la cremallera despacio, milímetro a milímetro, rezando para que no se despertara. No se movió. Solo soltó un gruñido suave, como si estuviera soñando.

Metí la mano y saqué su verga. Pesada, caliente, medio dura ya por el roce. Era más gruesa de lo que imaginaba en mis noches masturbándome pensando en él. La piel suave, las venas marcadas, el glande grande y rosado asomando apenas. Me quedé mirándola un segundo, oliéndola… ese olor a hombre adulto, a papá, me puso la verga tan dura que me dolió.

Abrí la boca y la metí despacio. Primero solo la punta. La sentí palpitar contra mi lengua. Sabía salada, a piel y a un poquito de orina del día. Empecé a chupar suave, rodeándola con los labios, bajando poco a poco hasta que me llegó al fondo de la garganta. Papá soltó un gemido profundo, pero no abrió los ojos. Su mano cayó pesada sobre mi cabeza, como si en sueños me estuviera guiando.

Me volví más valiente. Empecé a subir y bajar la cabeza con ritmo, chupando fuerte, dejando que mi saliva le escurriera por los huevos. Los tenía grandes, pesados, cubiertos de vello negro. Los lamí también, los metí uno por uno en la boca mientras le jalaba la verga con la mano. Estaba completamente dura ahora, hinchada, brillando de mi saliva.

—Joder… —murmuró él entre dientes, todavía dormido, la voz pastosa—. Qué boca tan rica…

Escucharlo decir eso me volvió loco. Empecé a chuparlo más rápido, tragándomela hasta la base, ahogándome un poco pero sin parar. Quería que se corriera en mi boca, que me llenara aunque estuviera inconsciente. Sus caderas empezaron a moverse solas, empujando hacia arriba, follándome la garganta mientras dormía.

Sentí cómo se ponía más dura, cómo los huevos se le apretaban. Un gruñido largo, animal, y de repente me inundó la boca. Chorros calientes, espesos, con sabor fuerte a hombre borracho. Tragué todo lo que pude, pero se me escapó un poco por las comisuras. Seguí chupando suave hasta que dejó de palpitar, limpiándolo con la lengua.

Me quedé ahí arrodillado un rato, su verga todavía semi-dura en mi boca, su mano aún en mi cabello. Papá respiraba profundo otra vez, dormido como un tronco, sin idea de lo que acababa de pasar.

Me levanté con las rodillas adoloridas y la verga goteando en mis boxers. Subí a mi habitación, me encerré y me masturbé pensando en su sabor, en cómo gemía dormido, en cómo algún día —quizás— se despertaría y me pediría que lo hiciera otra vez.

Pero esa noche… esa noche fue solo mía.




















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