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Me topé en Grindr a mi vecino de enfrente

¡Qué onda! Tengo 18 años y desde que tengo uso de razón siempre fui muy despierto sexualmente. Supe clarísimo mi orientación desde los 13 o 14: me gustan los hombres, punto. Me describo sin pedos: soy delgado, moreno de piel canela que brilla bonito bajo el sol, cara de niño lindo con labios gruesos y ojos grandes que siempre me han dicho que parecen de muñeco. Tengo el culo redondo, parado y jugoso (mis nalgas rebotan cuando camino rápido), cintura estrecha y abdomen marcado porque hago calistenia todos los días. La verdad, siempre me ha gustado mi cuerpo y sé que llamo la atención.

Hace unas semanas se mudó el tipo de la casa de enfrente y desde el primer día que lo vi cargando cajas mi culo palpitó como loco. La neta me encantó de inmediato. Es un wey de como 38-40 años, alto (fácil metro noventa), barbón con barba negra espesa y bien cuidada, cuerpo mamado de gimnasio (pecho ancho, brazos venosos, abdominales que se marcan hasta con playera), y peludo como oso: pecho, brazos, piernas y una happy trail que baja hasta el ombligo. Solo verlo sudando con la camiseta pegada ya me ponía la verga dura en los boxers.

Esa misma noche, sin pensarlo dos veces, abrí Grindr. Quería ver qué pedo había en el barrio. De repente me apareció un perfil que nunca había visto, a literalmente 0 metros. La foto de torso era inconfundible: ese pecho peludo y esos brazos. Me temblaron las manos. Me pregunté “¿será él?” y sin pensarlo le mandé un simple “Hola 🔥”. Contestó en menos de 30 segundos. Me mandó tres fotos seguidas: primero su cara (ojos negros intensos y sonrisa de macho), luego su torso completo… y por último la verga. ¡Nmms! Una verga gruesa, morena oscura, venuda, con el glande grande y brillante, semi-dura y ya medía como 20 cm fácil. Pesada, con huevos grandes y peludos colgando. Me escribió: “¿Qué show? ¿Te arma o solo miras?”

Le contesté rápido: “Tengo lugar? 😈”
Él: “Sí, vente ya. Te espero.”
Y me mandó la ubicación… era exactamente la casa de enfrente. Se me aceleró el corazón. Me metí rapidísimo a la regadera, me hice un lavado profundo (no quería sorpresas), me puse un short deportivo sin boxers, una playerita blanca y crucé la calle casi corriendo.

Le escribí: “Ya llegué 😏”
Él: “Abre la puerta, está sin llave. Sube al segundo piso, te espero en la cama.”

Entré temblando de excitación. La casa olía a hombre: colonia cara, cigarro y sudor limpio. Subí las escaleras y ahí estaba. Recostado en la cama king size, sin playera, solo con un boxer negro ajustado que apenas contenía el bulto. Ese paquete se marcaba brutal: la verga gruesa descansando de lado, la cabeza casi asomando por la pierna del boxer. Se veía aún más grande en persona.

Se levantó despacio, como un depredador, y me miró de arriba abajo.
—¿Quieres verga, puta? —me dijo con voz ronca y grave.
—Sí, papi… dame toda —respondí sin pensarlo, ya con la verga dura empujando el short.

No esperó ni un segundo. Me agarró del pelo con fuerza (pero sin lastimarme), me hincó frente a él y sacó su verga del boxer de un tirón. Me la restregó por toda la cara: mejillas, labios, nariz… olía a hombre, a limpio pero con ese toque almizclado que me volvió loco. Luego me abrió la boca y me la metió hasta el fondo. ¡Joder! Era más gruesa de lo que parecía en las fotos. Me ahogué de inmediato, los ojos se me llenaron de lágrimas, la baba empezó a escurrir por las comisuras, pero no me importó. Me encantó sentirme usado. Cada vez que me ahogaba él se agachaba, me daba un beso profundo con lengua y me decía “buen puto, traga más”.

Después de varios minutos de garganta profunda me cargó como si yo no pesara nada, me tiró en la cama boca arriba y me quitó la playera de un tirón. Vio mi abdomen marcado y soltó un gruñido de aprobación:
—Estás riquísimo, cabrón… mira ese cuerpo.

Empezó a besarme el pecho, me chupó los pezones uno por uno, los mordisqueó, los pellizcó fuerte mientras yo gemía como perra. Bajó por mi abdomen, me quitó el short y se metió mi verga entera en la boca sin aviso. Me comió rico, profundo, con saliva por todos lados. Luego me dio la vuelta, me abrió las nalgas y me comió el culo como si estuviera hambriento: lengua adentro, dedos, todo.

—Ahora sí, prepárate —me dijo.

Se puso encima, me abrió las piernas y me metió la verga cruda, despacio pero sin parar. Dolía rico. Me folló en misionero mirándome a los ojos, luego me puso en cuatro y me dio más duro, agarrándome del pelo. Me corrió adentro la primera vez, sin condón (los dos estábamos limpios y lo confirmamos antes).

Pero eso fue solo el principio.

La segunda vez me sentó encima de él y me hizo rebotar en su verga mientras me masturbaba. La tercera me folló contra la pared del cuarto, cargándome como muñeco. Y la cuarta… la cuarta fue la más salvaje: me puso de lado, me levantó una pierna y me dio tan profundo que sentí que me llegaba al estómago. Cada vez que se venía me llenaba más, y entre cogida y cogida me hacía limpiar su verga con la boca.

Al final de la noche estaba destruido, lleno de semen por dentro y por fuera, con los labios hinchados y el culo palpitando. Él me abrazó, me besó en la frente y me dijo:
—Esto apenas empieza, putito. Mañana te quiero aquí otra vez.

Y sí… desde esa noche hemos cogido casi todos los días. El vecino de enfrente ya no es solo el vecino… es mi papi, mi verga favorita y mi secreto mejor guardado. Y cada vez que cruzo la calle siento que el culo me palpita otra vez solo de saber lo que me espera arriba. 🔥

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.