Salía de una ruptura bastante traumática que me absorbió toda la energía, cuando decidí pedir los 42 días que me quedaban de vacaciones acumuladas del año anterior para desaparecer a cualquier lugar que me permitiese desconectar completamente de mi vida anterior y recomenzar una nueva.

Ni me lo pensé, había estado varias veces en la ciudad de Panamá y mantenía buenos contactos aún por allá por lo que sin dudarlo me fui dos días después de salir de vacaciones.

Ramiro Costa me recibió en el aeropuerto de Tocumen, estaba al día de toda mi odisea con la disolución de mi estado en pareja y su abrazo de acogida lo agradecí en forma de lágrimas. Era la primera vez que alguien me abrazaba intentando decirme “aquí estoy para lo que necesites” y realmente se sentía bien.

Ramiro era un periodista, especializado en cultura, que trabajaba para la mayor agencia de noticias de Panamá, todos sus artículos me llegaban al mail por lo que estaba puesto totalmente al día de la cultura de la ciudad.

Su blog cultural de la ciudad es uno de los más leídos en todo el país y mediante él nos pusimos en contacto hace varios años para una colaboración sobre una exposición de artistas panameños que mi empresa se encargó de producir. Hicimos buenas “migas” y siempre mantuvimos el contacto, cada vez que me escapa a su ciudad siempre me dejaba su casa para hospedarme.

– Kike necesitas estar unos días sólo y limpiándote esa mala energía que te inunda, vete dos o tres días al Archipiélago de San Blas sólo. Es un paraíso solitario que te va a venir muy bien. Asentí la recomendación sinceramente pues había oído mucho hablar del sitio y seguro me vendría genial perderme.

– Descansa toda la tarde en casa mientras yo trabajo y en la noche te recojo para llevarte con unos amigos a cenar, y tomamos unas copas que tienes que alegrar esa cara.

En la noche Ramiro apareció con un billete de avión y una reserva de hotel para que fuese a pasar cuatro días en las islas residencia de los indios Kuna.

– Sales a las seis de la mañana, por lo que esta noche una copita rápida que te espabiles y a dormir, en la madrugada te llevo al aeropuerto de Albrook que desde allí salen las avionetas para San Blas, ¡te va a encantar!.

Sobrevolando la inmensa selva del Darién y después de unos 50 minutos de incómodo vuelo ya se distinguían el conjunto de islas en un mar tan azul que parecía postal. Nos dirigíamos hacía una de ellas y me parecía imposible que pudiésemos aterrizar en una pista tan pequeña, pero con una maniobra magistral el piloto dejó la avioneta justo al filo del final de la isla.

Una barca a motor de madera del hotel nos recogió a los cinco pasajeros que íbamos a la misma isla, la mayoría de pasajeros eran turistas que nos distribuimos por las diferentes islas, por eso estaba el embarcadero lleno de barcazas con los nombres de los hoteles bien visibles en sus cascos.

No pude más que sonreír al ver mi hotel justo en la orilla de la playa, una fila de 20 cabañas hechas con caña de gadua recorrían todo el margen con un pequeño porche que casi entraba en el mar y donde residía una hamaca que invitaba nada más llegar.

– A las 9 en punto sale la barca para hacer el recorrido por las islas. Estén preparados en el embarcadero los que quieran hacer la excursión. La señora ataviada con los típicos ropajes de los indígenas nos avisó después de darnos la llave de nuestras cabañas a cada uno de nosotros. 

No tuve fuerzas para nada, recién llegado a mi chozuela de suelo de arena de playa que relajaba mucho los pies, dejé mi pequeña mochila y colocándome un bañador pasado de moda me tiré en plancha en la hamaca para un sueño delicioso durante mas de cuatro horas. No pensaba ir el primer día al recorrido de las islas, tenía 3 días todavía y preferí descansar y aclimatarme al lugar.

Durante el almuerzo fue cuando apareció Berto, era el nombre que usaba en castellano pues el nombre en idioma Kuna fui incapaz de retenerlo, un oriundo trabajador del hotel que entraba de turno sustituyendo a nuestro anterior manejador de la barca. Desde servir la comida, lavar la ropa, hasta pasear en barca a los residentes del hotel, hacía de todo con una energía propia de quien entra a trabajar recién.

Sus 1.60 de estatura y su robusto cuerpo se movían ágilmente por las cinco mesas llenas de clientes deseosos de degustar la rica fritura de pescado que la señora había preparado, llegó a mi mesa donde estaba yo solo y su mirada se cruzó con la mía dejando ver unos ojos avellana intensos que atraían. Una pequeña sonrisa de agradecimiento le entregué cuando con total familiaridad apoyó su mano sobre mi hombro para preguntarme si había venido solo.

– Sí, estoy de relajación unos días en este paraíso.Contesté sin dar mucha importancia a la conversación.

– Cualquier cosa que necesite me avisa, me llamo Berto y voy a ser su guía durante su estancia, estoy toda esta semana trabajando.

– Gracias Berto, me llamo Kike y ahora que lo dice me gustaría dar un paseo por la isla esta tarde para conocer.

– Claro que sí, a las 6 les espero aquí para quien quiera conocer la isla. Dijo vociferando a todos los comensales.

El islote tenía poco territorio y en menos de una hora ya estaba todo recorrido cuando empezaron a desaparecer los asistentes hasta quedarnos sólo una pareja de italianos que iban de luna de miel, Berto y yo.

Nuestro guía nos llevó a un rincón de la playa donde atendía dentro de una cabaña un adorable señor rechoncho muy moreno y con los mismos rasgos maorís que Berto mostraba.

– Prepáreles algo bueno de esas mezclas tan ricas que usted sabe hacer. Nuestro guía aduló al mesero que correspondió con una sonrisa cómplice.

Una mezcla de diferentes licores de fruta muy subida de alcohol nos sirvió de apertura para una conversación con la pareja italiana que apenas hablaban castellano pero se hacían perfectamente de entender. Al terminar la primera copa ya notaba la subida del trago a mi cabeza y la conversación, el lugar y la compañía se tornó en muy agradable animándome a repetir el trago.

– Se sube mucho a la cabeza Kike, llevará usted cuidado. Berto me avisó con una sonrisa de oreja a oreja.

– Mañana tengo todo el día para dormir, no hay problema. Contesté seguro de mis palabras.

– ¿No va a ir mañana a ver las islas pequeñas para bañarse? Preguntó extrañado mi acompañante.

– Si me levanto sí. Aunque tampoco soy mucho de playa y arena, si me quedo durmiendo no pasa nada.

La pareja de italianos se levantó entre arrumacos para irse a su cabaña que estaba a unos quince minutos dejándonos solos a Berto y a mi con el mesero que limpiaba obsesivamente la arena que no paraba de caer en la barra y las botellas.

– Éstos si que lo van a pasar bien ahora. Dijo Berto con una sonora carcajada e intentando comenzar una conversación al respecto.

– ¿Si no lo hacen ahora cuando lo van a hacer?Correspondí a su comentario sin ningún interés.

La mano de Berto se apoyaba en mi rodilla sin intención aparente pero a mi me despertó el apetito que por tanto tiempo estaba dormido y no podía dejar de mirar su obsceno paquete que sobresalía con la luz de las antorchas que iluminaban el trocito de playa donde residía el bar-cabaña.

El alcohol empezó a pasar factura y decidí que ya era hora de marcharme, me estaba calentando mirar el tremendo bulto de mi acompañante y lo último que quería era liarme con nadie por ahora, aún tenía ese estúpido pensamiento de creer que estaría haciendo algo malo coqueteando con alguien, mi necia forma de pensar me impedía tener sexo con cualquiera para pasar un buen rato, siempre tenía que sentir algo para entregarme al placer.

Un pensamiento tan retrasado por mi educación, demasiada influida por el conservadurismo a pesar de ser homosexual totalmente convencido, lo que produjo un autentico cisma en mi familia excesivamente entregada a la retrógrada religión.

– Te acompaño al hotel. Con el trago te puedes desorientar.

– Sí, mejor. Porque esto se ha subido a la cabeza muy rápido. Dije con mis manos apoyadas en mis mejillas.

Su pequeña estatura sólo alcanzaba a cogerme por la cintura para dirigir mis pasos, que aunque no eran de borracho si se asemejaban mucho.

– ¿Has sufrido mucho últimamente verdad? Me preguntó a medio camino.

– ¿Tanto se me nota? Sí, estoy en una época de recuperación sentimental. He venido a pasar un tiempo sólo y a reflexionar. Abrí mi corazón al ver la real preocupación que mostraba.

– Ten paciencia, el tiempo pone cada cosa en su sitio y tapa las heridas, que aunque siempre estarán ahí se aprende a vivir con ellas.

– Gracias Berto, lo sé. Eso es lo que estoy esperando; que pase el tiempo.

– Mañana ven a la excursión de las islas, te va a venir muy bien, son unas vistas espectaculares que te van a hacer olvidar por un rato, salimos a las 9 y si quieres te llevo a unas islas a las que nadie se suele llevar, son las mas bonitas pero están mas alejadas y nunca hay nadie.Su invitación sonaba apetitosa y acepté con gusto.

Me levanté dispuesto a dejar de lado mi amargura que se notaba demasiado y a aprovechar las oportunidades que se me presentaban, sobre todo a de una vez por todas aprender a tener sexo esporádico sin sentimientos por el medio. Era hora de empezar a vivir como realmente pensaba pero no practicaba.

– ¿Mejor esta mañana? Berto con su amabilidad natural se preocupó por mi estado.

– Hoy sí, ya me he levantado hoy con otro ánimo.

La barca ya estaba casi repleta de viajeros sentados proporcionalmente para equilibrarla y tuve que sentarme justo enfrente de Berto en una de los bidones de gasoil que llevaba de repuesto. El panorama era alentador, mis vistas eran su imponente paquete apretado en un bañador rosado descolorido tipo boxer que dejaba asomar por un lado una pequeña muestra de vello muy morboso.

Su sonrisa al ver mi situación le agradó y el paseo fue discurriendo entre las maravillosas vistas del mar y su bulto moviéndose descontroladamente mientras manejaba el motor de la barcaza en lo alto del cajón donde iba sentado.

Isla Perro, Isla Pelícano, Isla Chichime… en cada una iba dejando pasajeros hasta que quedamos los dos solos en el bote para dirigirnos a una de las islas mas lejanas donde el día anterior me prometió llevar.

– Ya pareces mas contento que ayer, tienes que disfrutar del sitio donde estas, ¿las vistas son impresionantes verdad?. La sonrisa de Berto, mientras sus piernas se abrían para dejarme ver en todo su esplendor ese jugoso paquete, se hacía irresistible.

– Ni que lo digas, me gustan una barbaridad. Obviamente me refería a las dos vistas, la del mar con las idílicas islas y a su persona.

Mientras continuábamos el paseo hasta la nueva isla su mano desocupada del motor tocaba sus huevos despreocupadamente con las yemas de los dedos de una forma provocadora mientras me miraba para invitarme a disfrutarlos y no pude aguantar mas, mis manos fueron directas a palpar con suavidad ese dulce paquete que no paraba de llamarme.

Mi boca encima de su bañador fue besando cada centímetro para regocijo de mi guía que con su mano apretaba mi cabeza hacia su entrepierna empezando a despertar un sabroso pene que deseaba tanto como yo disfrutar.

– Haz lo que quieras conmigo. Berto me invitó a no reprimirme.

Mis labios recorrían sus muslos con sabor a mar hasta llegar a las ingles tan suavemente que los escalofríos de mi entusiasta compañero le hacían gemir forzadamente, sin descuidar el motor de la lancha retiró un poco el bañador mostrando su glande  que fue directo hacia mis labios.

– ¡Diossssssssssssssssss! Cómo me gusta tu lengua.

Ese pene enormemente gordo cabía en mi boca como si estuviese hecho para ella y lo disfruté lentamente, parecía que era el último que me iba a comer.

– ¡Ya llegamos! Dejo la barca y nos metemos al agua.Berto me avisó pues yo estaba totalmente absorto en mi labor.

Nada mas dejó la barca bien varada se quitó el bañador y la camiseta apurándome para hacer lo mismo y entrar al agua con él. La pasión se desató en el mismo momento que nuestras lenguas se juntaron y mis manos con las suyas apretaban ansiosamente mis nalgas. Sus dedos empezaban a urgar en mi trasero a lo que mis brazos respondieron instintivamente sobre su ancho cuello para abrazarle y montarme sobre el. 

Salimos del agua después de apagar la ansiedad inicial para dirigirme boca abajo sobre la arena ofreciendo mi trasero a Berto. Con sus manos rodeando mi cintura apretaba mi ano contra su boca en una lucha donde su lengua acaba ganadora una y otra vez con unas revoluciones de movimiento que me impedían abrir los ojos por el placer.

Encima de mí, Berto se divertía frotando su miembro lentamente entre mis nalgas parando una y otra vez en la entrada, apretando suavemente pidiendo un permiso que ya tenía desde hace un buen rato. Empiné el trasero en cuanto noté que su miembro se disponía a no parar en el camino que había comenzado para notar como entraba hasta golpear con sus testículos mis nalgas. Berto se echó sobre mí y con sólo movimientos de cadera fue culeandome suavemente mientras su boca se fundía con mi nuca. Su respiración sobre mi cuello se aceleraba a la misma vez que apremiaba el ritmo de las embestidas hasta que no pudo más y disfruté su líquido inundándome.

– No salgas, sigue follándome que estoy a punto de terminar. Le rogué. 

Obediente, Berto continuó en cuanto se recuperó para hacerme ver las estrellas mientras mi semen anegaba la arena justo debajo de mí.

Increíblemente no tuve ningún sentimiento de culpa durante nuestra charla mientras nos recuperábamos del trajín anterior, no quise preguntarle nada sobre su vida, no quería interesarme por el y cometer el mismo error de siempre. Sólo eran unas vacaciones de cuatro días y no las iba a joder por mi tonta manía de no ser realista enamorándome del primer idiota que me gustaba físicamente. Quizás estaba empezando a aprender a vivir la vida tal como quería.

Las visitas frecuentes de Berto a mi cabaña durante las noches que me quedaban hicieron de mi estancia en San Blas una verdadera cura que funcionó, pues al llegar a Panamá Ramiro con su sonrisa eterna exclamó: “dejé a un cadáver amargado hace cuatro días y me llega una persona viva”.

– Ya te contaré Ramiro, pero gracias por mandarme allá. Ha sido una liberación.

Publicado en: Gay

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