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Servicio especial en la moto taxi

Hola, soy Neto y tengo 33 años. Vivo en Oaxaca, una ciudad vibrante y llena de contrastes, donde el calor del sol se mezcla con la frescura de las noches y las tradiciones ancestrales conviven con la modernidad. Hace unos días, impulsado por la curiosidad y un poco de aburrimiento, decidí unirme a un grupo de WhatsApp dedicado a encuentros casuales en la zona. En ese chat, la gente comparte fotos de lo que ofrece o busca, sin rodeos ni pretensiones, creando un ambiente cargado de expectativa y anonimato.

Esa noche, después de unos tragos que me habían dejado en un estado de relajación etílica, revisé el grupo con más atención. Entre las imágenes que desfilaban, una captó mi mirada: era la foto de una verga morena, con prepucio, que destacaba por su forma y tonalidad. Sin pensarlo mucho, le di like, un gesto instintivo que no esperaba tuviera consecuencias inmediatas.

Poco después, me llegó un mensaje privado: “¿Te gusta?”. Respondí con un simple “sí”, y así comenzó una conversación rápida y directa. Resultó que estábamos cerca el uno del otro. Me propuso un encuentro, pero mencionó que cobraba 200 pesos. Me negué rotundamente; no estaba dispuesto a pagar por algo que podía ser mutuo. En cambio, le ofrecí comprarle una chela y ver qué pasaba. Aceptó sin dudarlo, y pronto me dijo que pasaría por mí en su mototaxi.

Cuando llegó, lo vi por primera vez: era un tipo moreno, llenito, con una barba incipiente que le daba un aire rudo y atractivo. Medía alrededor de 1.65 metros, y vestía de manera casual, como si acabara de salir de un día de trabajo agotador. Su presencia me pareció interesante; no era un modelo, pero tenía ese encanto natural que a veces resulta más tentador. Yo, por mi parte, no me considero mal parecido: tengo una complexión atlética, gracias a mis rutinas esporádicas en el gimnasio, y una sonrisa que suele abrir puertas. Creo que eso lo motivó a seguir adelante, porque noté una chispa de interés en su mirada cuando me subí al vehículo.

Nos dirigimos a un camino de terracería oscuro, alejado de las luces de la ciudad, donde el silencio solo se interrumpía por el ronroneo del motor y el crujir de las piedras bajo las ruedas. Se notaba que le urgía, porque ni siquiera paramos por las chelas que habíamos acordado. Apenas se estacionó, cerró las cortinas de la mototaxi para darnos algo de privacidad en ese espacio reducido y se pasó al asiento trasero conmigo.

En el momento en que se sentó a mi lado, intenté romper el hielo con un “cómo estás”, pero me percaté de que ya tenía su pene afuera, con el pantalón bajado hasta las rodillas. Pensé: “¡Qué agilidad!”. No había vuelta atrás; ya estaba allí, en esa situación cargada de adrenalina y deseo impulsivo.

Su pene ya estaba duro y pelado, midiendo unos 15 centímetros, con una forma que invitaba a explorarlo. Primero lo olfateé sutilmente, y el aroma me encendió por completo: era ese olor intenso y familiar, como cuando te masturbas dos veces seguidas, una mezcla de sudor y excitación que me hizo perder cualquier inhibición.

Comencé a mamarlo con dedicación, y con facilidad podía metérmelo todo en la boca, sintiendo su calor y su pulso acelerado. Él gemía suavemente, moviendo la cadera en un ritmo instintivo que me motivaba a continuar. Estuvimos así unos 15 minutos, perdidos en el momento, con el aire del mototaxi volviéndose más pesado por el calor de nuestros cuerpos.

Luego, bajé a chuparle las bolas, y noté que eso le gustaba aún más; sus gemidos se intensificaron, y su cuerpo se tensaba de placer. Mientras lo tocaba, sentí pelos en su perineo, lo que added un toque de rudeza natural que me excitó. Disimuladamente, lamí sus huevos y bajé un poco más, pasando la lengua por esa zona sensible. Él no dijo nada, solo se dejó llevar, respirando con dificultad. Poco después, subí de nuevo a su pene, y sin previo aviso, me lanzó sus mecos directamente en la boca.

El tipo me sumió todo su pene adentro, y yo tragué, influenciado por el pedo que llevaba encima. Reí para mis adentros, continuando con unas mamadas ligeras para prolongar el éxtasis, hasta que finalmente se subió el pantalón y volvió al asiento delantero. Yo también me acomodé, notando que había terminado en mis boxers de lo duro que me había puesto durante todo el encuentro; la excitación había sido mutua e intensa.

Me dejó justo donde me había recogido, en la puerta de mi casa, bajo la luz tenue de un farol callejero. Ni siquiera nos tomamos esa chela prometida; el momento había sido fugaz pero satisfactorio. Nos despedimos con una promesa vaga de repetir otro día, quizás con más tiempo y menos prisa. Entré a mi casa, aún con el pulso acelerado y el sabor persistente en la boca, mientras lo veía alejarse en su mototaxi por la calle empedrada. Fue una experiencia inesperada, de esas que te recuerdan que la vida en Oaxaca puede sorprenderte en las formas más inesperadas, mezclando lo cotidiano con lo prohibido.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.