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Para quitarle el frío, llevé a mi casa al migrante venezolano

Era una tarde gélida en Ciudad Juárez, de esas que te calan hasta los huesos con el viento del desierto helado azotando las calles. Yo, Joaquín, un oficinista de 32 años con una vida rutinaria entre papeles y reuniones interminables, iba manejando de regreso a casa después de un día agotador. El termómetro del coche marcaba apenas unos grados sobre cero, y el tráfico era un caos como siempre.

Me detuve en un semáforo rojo en el boulevard principal, y fue entonces cuando lo vi: un chico joven, venezolano por su acento cuando se acercó, temblando bajo una chamarra raída y unos jeans sucios. No podía tener más de 19 años, con esa cara de niño perdido, piel morena y ojos oscuros que suplicaban ayuda. Se aproximó a mi ventana, golpeando suavemente el vidrio con los nudillos entumecidos.

“Por favor, señor, una monedita para comer. Estoy tratando de llegar a Estados Unidos, pero el frío me está matando”, dijo con voz entrecortada, su aliento formando nubes en el aire.

Lo miré de arriba abajo. Era delgado, pero se notaba que había caminado mucho; sus zapatos estaban desgastados, y su cuerpo se encogía para conservar el calor. Algo en mí se encendió, no por piedad, sino por ese morbo que a veces me asalta en momentos inesperados. El chico era atractivo, con facciones angulosas y una vulnerabilidad que me excitaba. Bajé la ventana un poco más. “Sube al coche, chico. Te invito a mi casa a comer algo caliente. No puedes estar así en la calle con este frío”.

Él dudó, mirándome con desconfianza, pero el hambre y el frío ganaron. “Gracias, señor. Me llamo Andrés”, murmuró mientras se subía al asiento del pasajero, frotándose las manos para entrar en calor.

Llegamos a mi departamento en las afueras, un lugar modesto pero cálido, con calefacción que ronroneaba como un gato satisfecho. Preparé un plato rápido de sopa caliente y unos tacos que tenía en el refrigerador. Andrés devoró todo con avidez, contándome entre bocados su historia: había huido de Venezuela hacía meses, cruzando fronteras a pie, durmiendo en la calle, soñando con el sueño americano. “Solo quiero pasar la frontera, pero con este clima, no sé si lo logre”, dijo, y sus ojos se humedecieron un poco.

Mientras comía, no podía dejar de observarlo. Su cuerpo joven, marcado por la adversidad, me intrigaba. “Oye, Andrés, pareces congelado todavía. ¿Por qué no te das un baño caliente? Tengo toallas limpias y jabón. Te sentirás mejor”, le sugerí, guiado por ese impulso morboso que ya bullía en mí.

Él aceptó con gratitud, y lo llevé al baño. Cerró la puerta, pero yo, incapaz de resistirme, esperé unos minutos y entreabrí la puerta sigilosamente para espiarlo. El vapor empañaba el espejo, pero lo vi: se quitaba la ropa con movimientos torpes, revelando un cuerpo esbelto, marcado por el hambre pero aún fuerte. Y entonces, cuando se giró hacia la ducha, lo noté: su verga era larga, colgando pesada entre sus piernas, incluso flácida. Era impresionante, gruesa en la base y con una curva sutil que me hizo salivar. Mi corazón latió más fuerte; el morbo me invadió por completo. Cerré la puerta con cuidado y esperé en la sala, mi mente ya tejiendo planes.

Cuando salió, envuelto en una toalla, con el pelo húmedo y la piel oliendo a mi jabón, se veía renovado. “Gracias, señor. Me siento como nuevo. Ahora me voy, no quiero abusar”.

“¿Irte? Afuera está nevando casi. Quédate a dormir aquí, Andrés. Tengo un sofá cama, y mañana puedes seguir tu camino. No hay problema”, le dije, sentándome a su lado en el sofá.

Él se tensó, mirándome con sospecha. “No sé… ¿Por qué hace esto? Nadie da nada gratis”.

Sonreí, acercándome un poco. “Tienes razón. Digamos que… a cambio, podríamos pasar un buen rato. Tú y yo. Yo sería el pasivo, tú solo disfrutas. Mira, eres joven, guapo, y yo… bueno, me excitas. Solo sexo, nada más. Para mitigar el frío”.

Andrés se apartó bruscamente, su rostro enrojeciendo. “No, señor. Yo no soy así. No soy gay, solo estoy de paso. Gracias por la comida y el baño, pero me voy”. Se levantó, buscando su ropa sucia.

Lo detuve con una mano en su brazo, suave pero firme. “Piénsalo, chico. Afuera te congelarás. Aquí tienes calor, comida, y solo es una noche. Nadie lo sabrá. Mira lo que tienes ahí abajo… es impresionante. Solo déjame ayudarte a relajarte”.

Él negó con la cabeza, pero noté cómo su mirada vacilaba. El frío afuera era real, y su situación desesperada. Después de un minuto de silencio tenso, suspiró. “Está bien… pero solo eso. Nada de besos, nada raro. Y me voy mañana temprano”.

Asentí, excitado. Lo llevé a mi habitación, donde la cama era grande y las sábanas calentitas. Se quitó la toalla, revelando esa verga larga que ya empezaba a endurecerse por el nerviosismo o la excitación involuntaria. Me arrodillé frente a él, tomándola en mis manos. Era pesada, venosa, midiendo fácilmente 20 centímetros erecta. La lamí despacio, saboreando su piel limpia, mientras Andrés cerraba los ojos y gemía bajito, resistiéndose aún. “No me beses”, murmuró cuando intenté subir a su boca. Respeté eso, enfocándome en chuparla, metiéndomela profunda en la garganta hasta que jadeaba.

Lo empujé a la cama, me quité la ropa y me unté lubricante. Me monté encima de él, guiando su verga hacia mi entrada. Entró despacio, estirándome con esa longitud que me llenaba por completo. Andrés gruñó, sus manos en mis caderas, pero sin iniciativa, como si solo lo dejara pasar. Empecé a moverme, cabalgándolo, sintiendo cómo rozaba mi próstata con cada embestida. Él se resistía a participar activamente, pero su cuerpo traicionaba: sus caderas se movían instintivamente, follándome más fuerte. “Esto… no está mal”, murmuró entre dientes, su voz entrecortada, como si estuviera convenciéndose a sí mismo. “Solo por el calor, ¿verdad?”

Pero quería más, quería que se descontrolara. Saqué del cajón una botellita de poppers que guardo para estos momentos. “Prueba esto, Andrés. Solo inhala, te relaja y hace todo más intenso”.

Él dudó, mirándola con desconfianza. “No sé… ¿Qué es?”.

“Es inofensivo, solo para el placer”. Le acerqué la botella a la nariz, y después de un segundo, inhaló profundamente. Sus ojos se vidriaron, su cuerpo se tensó y luego se soltó como un resorte. “Mierda… qué es esto”, jadeó, y de repente, me agarró por la cintura, volteándome sobre la cama.

Ahora era él quien mandaba. Me penetró con fuerza, su verga larga embistiendo sin piedad, golpeando profundo mientras yo gemía descontrolado. “Sí, así, fóllame”, le supliqué. Andrés, perdido en el rush de los poppers, olvidó sus reservas. Me besó entonces, su boca devorando la mía con hambre, su lengua invadiendo mientras sus caderas chocaban contra mi culo. “Joder, Joaquín, tu culo es apretado… me gusta cómo aprietas”, gruñó contra mis labios, su confianza creciendo con cada thrust. Inhalamos más, y el descontrol fue total: me folló en misionero primero, mis piernas sobre sus hombros, permitiéndole entrar aún más profundo. “Mira cómo entra toda, ¿te gusta?”, dijo, su voz ronca, ahora con un toque juguetón que no había antes.

Luego me puso en cuatro, agarrándome del pelo con una mano mientras con la otra azotaba mi nalga. “Sí, muévete contra mí… así, como una perra en calor”, jadeó, y noté cómo su resistencia se evaporaba; sus embestidas eran rítmicas, disfrutando, no solo tolerando. Cambiamos a de lado, él detrás de mí, su brazo alrededor de mi pecho mientras mordisqueaba mi oreja. “No pensé que se sentiría tan bien… tu cuerpo es caliente, me estás volviendo loco”, confesó entre gemidos, su verga palpitar dentro de mí, frotando cada rincón. Al final, me montó él a mí, sentándose en mi regazo invertido, controlando el ritmo con sus muslos fuertes. “Córrete para mí, Joaquín… quiero sentirte apretar alrededor de mi verga”, ordenó, su voz ya sin dudas, llena de lujuria.

Climaxamos juntos, él eyaculando profundo en mí con un rugido, “¡Toma todo, joder!”, mientras yo me corría en las sábanas, mi cuerpo temblando. Colapsamos exhaustos, pero en lugar de apartarse, Andrés se quedó encima de mí un momento, respirando agitado. “Eso fue… intenso. No sé, pero me gustó más de lo que pensé”, murmuró, con una sonrisa tímida que me derritió.

Se quedó a dormir, como habíamos acordado. Nos acurrucamos bajo las sábanas, su cuerpo cálido contra el mío, durmiendo abrazados, su brazo sobre mi cintura como si fuéramos amantes de siempre. El frío de Juárez quedaba lejos, olvidado en ese calor compartido.

Por la mañana, me desperté con el sol filtrándose por la ventana. Andrés aún dormía, su verga semidura contra mi muslo, recordándome la noche. Preparé desayuno: huevos, café caliente y pan tostado. Almorzamos juntos en la cocina, charlando de su viaje, de Venezuela, de sueños rotos y nuevos comienzos. Él parecía relajado, incluso bromeó sobre el poppers: “Esa mierda es peligrosa, me hizo hacer cosas que no planeaba… pero no me arrepiento”. Se fue después, con una mochila prestada y algo de dinero que le di, prometiendo no volver.

Pero esa promesa no duró. Al día siguiente en la noche, alguien llamó a la puerta de mi departamento. Abrí, y allí estaba Andrés, con una sonrisa pícara, acompañado de otro chico venezolano, parecido a él: joven, moreno, delgado y con esa misma mirada de vulnerabilidad. “Hola, Joaquín. Este es mi amigo Miguel. También está pasando frío… ¿nos dejas entrar para mitigar el frío otra vez?”

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.