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Me reencontré con mi crush en la boda de una amiga en común

Era una boda elegante en un hotel de lujo en las afueras de la ciudad, el tipo de evento donde todo el mundo se pone sus mejores trajes y finge que la vida es perfecta. Yo soy Javier, tengo 28 años, y había venido solo porque la novia era una amiga en común de la universidad.

No esperaba ver a nadie especial, hasta que lo vi a él: Diego, mi compañero de cuarto en la facultad. Hacía cinco años que no nos veíamos, pero ahí estaba, alto, con esa mandíbula marcada y el cabello negro un poco más largo, luciendo un traje ajustado que acentuaba sus hombros anchos. En la uni, habíamos sido inseparables, compartiendo cervezas, estudios de madrugada y… tensiones no resueltas. Siempre hubo algo entre nosotros, miradas que duraban demasiado, roces accidentales que nos dejaban con el corazón acelerado, pero nunca lo admitimos. Él era el hetero curioso, yo el gay asumido pero discreto.

Nos encontramos en la barra durante la recepción. “¡Javi! ¿Qué carajos? ¿Sigues vivo?” Me abrazó fuerte, su colonia invadiendo mis sentidos, y sentí cómo mi cuerpo respondía de inmediato. Charlamos sobre la vida: él había roto con su novia hace unos meses, yo seguía soltero y enfocado en el trabajo.

El alcohol fluía, y con cada copa, las bromas se volvían más personales. “Recuerdas esas noches en el dormitorio, cuando nos quedábamos despiertos hablando de todo?”, dijo él, su mano en mi hombro. “Sí, y cómo te quejabas de que ronco, pero en realidad eras tú el que se movía tanto en la cama.” Reímos, pero sus ojos se clavaron en los míos, y supe que estaba pensando lo mismo que yo.

La fiesta se animó con baile, pero nosotros nos escabullimos a un balcón para fumar un cigarro. El aire fresco de la noche nos envolvió, y de pronto, Diego se acercó más. “Sabes, Javi, siempre me pregunté qué habría pasado si… ya sabes.” No esperé más. Lo besé, mis labios contra los suyos, suaves al principio, pero él respondió con hambre, su lengua explorando mi boca como si hubiera estado esperando años. Sus manos me agarraron la cintura, atrayéndome contra su cuerpo duro. Sentí su erección presionando contra mi muslo, y gemí en su boca. “Vamos a mi habitación,” murmuró, y no dudé.

Subimos en el ascensor, besándonos como adolescentes, sus manos bajo mi camisa, pellizcando mis pezones. Llegamos a su suite, y apenas cerramos la puerta, nos desvestimos con urgencia. Diego me empujó contra la pared, quitándome la camisa y besando mi cuello, bajando por mi pecho hasta arrodillarse. Me bajó los pantalones y los boxers de un tirón, liberando mi polla dura, ya goteando precum. La miró con deseo y la lamió despacio, desde la base hasta la punta, saboreándome. “Joder, Diego, sí…”

Gemí cuando la metió en su boca, chupando con fuerza, su lengua girando alrededor de la cabeza sensible. Usaba sus manos para acariciar mis bolas, apretándolas suavemente, mientras me follaba la boca con ritmo. No era su primera vez con un hombre; se notaba en cómo tragaba profundo, hasta que sentí su garganta contra mí.

No quería correrme aún. Lo levanté y lo empujé a la cama. Le quité el traje, revelando su cuerpo atlético, cubierto de vello oscuro en el pecho y el abdomen. Su polla era gruesa, unos 19 centímetros, venosa y curvada hacia arriba. Me arrodillé entre sus piernas y la devoré, chupando con avidez, mi saliva lubricándola toda. Diego gemía, agarrando las sábanas: “Mierda, Javi, eres increíble… más profundo.” Lo complací, tragándomela hasta el fondo, mientras mis dedos exploraban su culo. Lo encontré virgen ahí, apretado, pero lo masajeé con saliva, preparando el terreno.

Quería probarlo todo. Lo volteé boca abajo en la cama, separando sus nalgas firmes. Bajé mi cara y lamí su ano, rimminglo con la lengua plana, girando alrededor del agujero rosado. Diego se arqueó, gimiendo fuerte: “¡Oh, Dios! Nunca… joder, sí, no pares.” Metí la lengua adentro, follándolo con ella, mientras masturbaba su polla desde abajo. Sabía a limpio, a hombre, y me volvía loco. Él empujaba contra mi boca, pidiendo más. Saqué un condón y lubricante de mi bolsillo (siempre preparado para bodas impredecibles) y me preparé.

Primero, me senté en la cama y lo invité a montarme. Diego se posicionó sobre mí, bajando despacio sobre mi polla lubricada. Gritó al principio, el dolor mezclándose con placer, pero pronto empezó a moverse, cabalgándome con fuerza. Sus músculos se contraían alrededor de mí, apretándome como un vicio. “Estás tan apretado, Diego… fóllate en mí.” Él aceleró, sus manos en mi pecho, pellizcándome mientras subía y bajaba. Cambiamos: lo puse de lado, entrándolo de nuevo, follándolo con embestidas profundas, mi mano masturbándolo al ritmo.

Ahora era mi turno. “Fóllame tú,” le dije, poniéndome en cuatro. Diego no dudó. Se puso el condón, lubricó su polla y entró en mí despacio, estirándome con su grosor. Dolía deliciosamente, pero pronto el placer dominó. Me follaba con fuerza, sus caderas chocando contra mi culo, sus bolas golpeando las mías. “Joder, Javi, tu culo es perfecto… tan caliente.” Aceleró, agarrándome las caderas, hasta que sentí su cuerpo tensarse. Se corrió con un rugido, llenando el condón dentro de mí, temblando.

No terminamos ahí. Nos besamos, recuperándonos, y luego hicimos un 69 en la cama deshecha. Chupábamos mutuamente, lamiendo los restos de sudor y precum, hasta que nos corrimos casi al mismo tiempo: yo en su boca, él en la mía, tragando todo con gemidos ahogados.

Nos quedamos acostados, jadeando, riendo de la locura. “Deberíamos haberlo hecho en la uni,” dijo él, besándome la frente. Asentí, sabiendo que esto revivía todo, pero no importaba. La boda seguía abajo, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio final feliz esa noche.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.