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Gritos en la pared: Juan me clavó su verga después de escuchar cómo me follaban extraños

Me llamo Luis, tengo 35 años y vivo en el departamento 1 de un edificio viejo y ruidoso en el centro de CDMX, en la colonia Roma, donde las paredes son tan delgadas que parecen de cartón. Soy gay declarado, soltero por elección, y me encanta el sexo casual: cada fin de semana invito a tipos de apps como Grindr o Scruff para que me penetren hasta dejarme temblando.

No soy discreto; me gusta gemir fuerte, gritar que me rompan el culo, sentir cómo el colchón choca contra la pared compartida. Es mi departamento, mi placer, y si los vecinos oyen, que se jodan o se exciten.

Al lado, en el 2, vive Juan con su novia Ana. Lo he visto desde que se mudaron hace unos meses: 28 años, moreno claro, cuerpo atlético de quien va al gym pero no obsesionado, pelo corto negro, ojos oscuros y una sonrisa que te hace imaginar cosas. Es hetero al cien, o eso pensé al principio. Oigo cuando coge con Ana: gemidos suaves de ella, él gruñendo bajo, el ritmo constante pero no salvaje. Nada comparado con mis noches, donde los tipos me clavan vergas gruesas y yo grito como puta en calor.

Todo empezó un martes cualquiera. Salía a tirar la basura cuando me topé con Juan en el pasillo. El aire olía a humedad y a mole picante de la vecina de arriba, que siempre cocina a todo volumen. Él traía su mochila del trabajo, camisa arrugada y pantalón de oficina, sudado por el metro pero oliendo a colonia fresca mezclado con el sudor limpio de un día sentado en un cubículo. Me miró de arriba abajo, mis jeans ajustados marcando el culo, y soltó con una sonrisa pícara: “Oye, Luis, anoche se oía como si te estuvieran dando bien duro. ¿Todo bien por allá? Parecía que te lo estabas pasando chingón”.

Me quedé congelado un segundo, la polla latiéndome en los pantalones. No era queja, era curiosidad, morbo. “Ah, ¿sí? Pues sí, carnal, me encanta que me rompan. Si te molesta, avísame y bajo el volumen… o si quieres unirte, también”. Reí, pero él solo sonrió más, negando con la cabeza. “Nah, solo digo. Buenas noches”. Se fue, pero ese comentario me encendió.

Esa noche, invité a un tipo: un moreno de 30 con verga de 18 cm, gruesa y venosa. Lo hice a propósito: gemí más fuerte que nunca, grité “¡Clávamela toda, cabrón! ¡Rómpeme el culo!”, golpeé la pared con cada embestida. Sentía a Juan al otro lado, imaginándolo escuchando, quizás tocándose mientras Ana dormía. El olor a sudor y lubricante llenaba mi cuarto, el chapoteo húmedo de su verga entrando y saliendo, y me vine pensando en mi vecino hetero.

Los encuentros en el pasillo se volvieron habituales. Otro día: “Anoche otra vez, ¿eh? Parecías estar en el cielo”. Yo respondía juguetón: “Sí, me encanta una buena verga. ¿Y tú con Ana? Los oigo también, pero suenan más tranquilitos”. Él se reía nervioso, pero notaba cómo me miraba el culo. “Somos discretos, no como tú”. Eso me motivaba más. Exageraba: invitaba tipos más ruidosos, gemía nombres inventados, gritaba “¡Más profundo, pinche macho!”, asegurándome de que la pared vibrara. Sabía que Juan escuchaba; a veces oía silencio total del otro lado, como si estuviera pegado a la pared.

Hasta que llegó el día. Era viernes. Invité a un extraño de la app: un chavo de 25, delgado pero con verga de 20 cm, curva y dura. Me folló como loco en la cama, yo a cuatro patas, gritando “¡Sí, papi, dame más! ¡Lléname el culo con tu leche!”.

Él se vino dentro, chorros calientes que sentí palpitar, goteando por mis muslos cuando salió. Me dejó exhausto, el culo adolorido y abierto, el cuarto oliendo a semen fresco y sudor. El tipo se vistió rápido y se fue. Yo me quedé en la cama, desnudo, recomponiéndome, limpiándome el semen que escurría con una toalla, cuando tocaron la puerta. Pensé que era el tipo que olvidó algo. Abrí envuelto en una sábana, el cuerpo todavía sudado y marcado por mordidas.

Era Juan. Traía shorts y camiseta, pelo revuelto, ojos oscuros y una erección evidente marcando los shorts. “Luis… no aguanto más. Lo que oí… joder”. Entró sin esperar invitación, cerró la puerta y me empujó contra la pared compartida —la misma que nos separaba—. “Te he oído cada pinche noche, gimiendo como puta.

Me pones cabrón”. Me besó con fuerza, su boca sabiendo a cerveza fría, su barba de tres días raspando mi cara. Bajó la sábana de un tirón, dejándome desnudo. Su mano agarró mi culo, dedos gruesos metiéndose en mi raja todavía lubricada y abierta por el extraño. “Estás lleno de leche ajena, ¿eh? Pinche puto”.

“Sí, pero quiero la tuya”, gemí, sintiendo su verga dura presionando contra mi abdomen. Lo besé de vuelta, mordiendo su labio, oliendo su sudor fresco mezclado con el jabón de su ducha reciente. Me dio la vuelta, cara contra la pared. Bajó sus shorts: su verga saltó libre, unos 19 cm, gruesa en la base, venosa, cabeza rosada y goteando precum. Olía a hombre limpio pero excitado, contrastando con mi culo sucio de semen ajeno. Escupió en su mano, untó su saliva en mi agujero ya abierto. “Vas a gritar para mí ahora, Luis. Como la puta que eres”.

Empujó despacio al principio, sintiendo cómo mi culo cedía fácil por el follón anterior. Entró centímetro a centímetro, gruñendo “Puta madre, qué caliente y resbaloso estás con esa leche dentro”. Cuando estuvo todo adentro, me llenó por completo, su pubis peludo rozando mis nalgas. Empezó a bombear fuerte, cada embestida chocando sus bolas contra las mías con un plaf húmedo.

El lubricante viejo, el semen del extraño y su saliva chapoteaban, haciendo el sonido más sucio y viscoso, como si me estuviera follando en un charco de fluidos. “Grita, pinche puto. Que Ana oiga cómo te rompo”. Grité: “¡Sí, Juan! ¡Clávamela toda! ¡Rómpeme el culo como a tu novia no puedes!”. Él aceleró, agarrándome las caderas con fuerza, sus dedos clavándose en mi piel hasta dejar marcas rojas. Su abdomen atlético chocaba contra mi espalda, sudor perlando su pecho que sentía pegado a mí, su aliento caliente en mi nuca oliendo a deseo crudo.

Me folló así contra la pared unos minutos, mi verga frotándose contra el yeso frío con cada empujón, dejando rastros de precum en la pintura descascarada. Luego me llevó a la cama, me tiró boca arriba, levantó mis piernas sobre sus hombros. Mi culo abierto y goteando semen mezclado lo excitó más: “Mira cómo chorreas, puto. Voy a agregar el mío”. Entró de nuevo, profundo y brutal, golpeando mi próstata con cada embestida. Sentía su verga venosa rozando mis paredes internas, hinchándose con cada movimiento, el prepucio retrayéndose y exponiendo la cabeza caliente.

Masturbaba mi verga con una mano áspera, tirando fuerte, mientras con la otra pellizcaba mis pezones hasta hacerlos doler deliciosamente. “Me has vuelto loco con tus gemidos, Luis. Cada noche oyéndote ser follado por extraños… ahora te follo yo, y lo hago mejor”. Gemí más fuerte, exagerando como siempre: “¡Más duro, hetero cabrón! ¡Lléname con tu leche caliente! ¡Hazme tu puta!”. Aceleró el ritmo, sus bolas pesadas chocando contra mi culo con sonidos húmedos y rítmicos, el colchón crujiendo bajo nosotros, el olor a sexo intensificándose: sudor salado, semen fresco y viejo, lubricante mentolado.

Su cara se contraía de placer, sudor goteando de su frente a mi pecho. “Siente cómo palpita mi verga dentro de ti, pinche maricón. Voy a llenarte hasta que reboses”. Cambió el ángulo, clavándose más profundo, golpeando spots que me hicieron ver estrellas. Mi verga latía en su mano, y no aguanté: me vine fuerte, chorros calientes salpicando mi abdomen, su pecho y hasta su cara, espeso y blanco contrastando con su piel morena. Eso lo empujó al límite: “¡Me vengo… ah, puta madre!”. Se clavó hasta el fondo, sus bolas contrayéndose contra mí, y eyaculó chorros calientes, espesos y abundantes, uno tras otro, palpitando dentro de mí, mezclándose con el semen del extraño en un charco caliente y viscoso que sentí rebosar y gotear por mi raja.

Se quedó dentro un rato largo, respirando pesado sobre mí, su verga ablandándose poco a poco pero todavía ocupando espacio, taponeando la mezcla de leches. “Joder, Luis… esto no se queda aquí”. Salió despacio, un chorro de semen cayendo en las sábanas con un sonido húmedo. Se vistió rápido, miró atrás con una sonrisa sucia. “Mañana oigo a ver si invitas a otro… o si me esperas a mí solo”. Se fue, dejando la puerta entreabierta.

Yo me quedé en la cama, el culo lleno y adolorido, oliendo a sexo de dos hombres, sonriendo. Ahora la pared compartida sería nuestro secreto. Y sí, lo invitaría de nuevo. Solo a él.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.