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El hetero que seduje por Whats

Me llamo Ricardo, tengo 30 años y vivo en Mérida, Yucatán. Soy gay sin pelos en la lengua, y me encanta cazar heteros curiosos por apps y WhatsApp, sobre todo esos casados reprimidos. Un día me topé con Bryan en un grupo local de ventas: un morrito de 24 años, casado con una tal Karla y una hija de 2 años; trabajaba en la Bodega Aurrerá de por mi casa. Era moreno, delgado pero con brazos marcados, pelo corto negro y una cara de niño inocente.

Empecé inocente, mandéndole un mensaje por un anuncio suyo de un teléfono viejo: “Oye, carnal, ¿todavía tienes el cel? Soy Ricardo”. Él respondió rápido: “Sí, wey, 1500 pesos, está chido”. Pero vi potencial en esa foto con su uniforme de la tienda, sonriendo con ojos oscuros.

Cambié el tono: “Chido, pero antes dime, ¿trabajas en Aurrerá? Te ves bien en esa foto, carnal. ¿No te cansas de estar todo el día parado?”. Bryan mordió: “Jaja, sí, en la de Montejo. Mucho calor aquí, me suda todo. ¿Y tú qué?”. Yo escalé: “Yo soy diseñador gráfico”. “Ah chido” respondió.

Seguí hablando con el de cosas equis, primero era yo el que rascaba por sus respuestas pero luego se fue ablandando. Estuvimos así una semana hablando de cosas equis, hasta que un día vi que cambió su foto de perfil donde se notaba más de cuerpo entero y use eso de excusa: “oye chida tu foto… neta, no te conocía de ese cuerpo” y él se chiveó “nombre cual cuerpo… algo bien no más”. Yo insistí un poco más “no, pa’ es que con ese cuerpo de que cargas cajas, apuesto que tienes fuerza pa’ dar y prestar. ¿Tu morra aprovecha eso?”.

Bryan se soltó un poco: “Pff, mi vieja está siempre con la niña, ni tiempo pa’ nada. Pero bueno, así es la vida casada”. Yo insistí: “chale, eso es cruel. Debes tener una ganas acumuladas, wey. Yo si fuera tu morra, te daría lo tuyo todos los días”. Él se rió: “Jaja, no mames, carnal. Sí, a veces me dan ganas, pero ella dice que no hay tiempo”. Yo: “Uh que la verga, eso no se hace. Pero bueno, entonces a pura mano?”. Ahí se abrió más: “Neta, wey, me dice que no, que no me gaste o una mierda así… que guarde pa’ cuando ella quiera. Pero cogemos como una vez al mes, y yo aquí con los huevos llenos jajaja. Dlv”.

Me puse cachondo leyendo eso, la verga endureciéndose en los calzones. “No mames flaco, eso ya es tortura. Tienes 24, estás en tu prime. Si yo fuera tú, buscaría desahogo. ¿Nunca has pensado en probar con un vato? Discreto, así sin dramas y que no te eche de cabeza”. Él tardó, no más veía el “escribiendo” que aparecía y desaparecía. Me tuvo en ascuas.

Luego de un rato se soltó: “No mames, soy hetero… yo no le hago a eso. Aunque… neta, a veces pienso en eso. La curiosidad mata, ¿no? Tú eres gay, ¿verdad?”. Yo: “Sí, wey, y te digo, chupar o que te chupen es lo de menos. Pero si tienes tanta leche, imagínate vaciándote en un culo apretado”. Bryan: “Puta, no digas eso, me estás poniendo caliente aquí en la tienda. ya está medio parada”.

La confianza creció como espuma Yo: “a ver Mándame una foto de tu bulto, wey, pa’ ver cuánta leche tienes ahí”. Bryan: “Jaja, pinche loco. Espera… y me mandó una foto de su pantalón marcado, un bulto grueso visible”. Yo: “Mierda, Bryan, eso se ve grande. Apuesto que tu vieja no sabe lo que se pierde. ¿Cuánto te mide?”. Bryan: “jajaja nombre no se… nunca me la he medido. Como 17 yo creo wey, pero gruesa. Pero no la uso, así pa que”. Yo: “no la usas porque no quieres. No más está de que vengas a mi depa después del jale. Te vienes y yo discreto. Nadie se entera, y sales relajado pa’ tu casa”.

Bryan aceptó. Llegó esa tarde, sudado del turno, oliendo a sudor fresco y perfume, con el uniforme de Aurrerá todavía puesto, la camisa arrugada y pegada al pecho moreno. Entró nervioso, mirando alrededor como si Karla pudiera aparecer de repente, pero con los ojos brillantes de calentura reprimida. “Neta, Ricardo, no sé qué chingados hago aquí, pero tengo los huevos que me van a explotar”. Lo senté en el sofá, le di una cerveza fría para romper el hielo. El aire del ventilador movía el calor pegajoso, pero ya se sentía la tensión sexual en el cuarto.

Empecé despacio: me acerqué, le besé el cuello raspando su piel morena y sudada, saboreando el salado de su sudor del día en la tienda. Él se tensó al principio, como buen hetero casado, pero no se quitó; al contrario, un gemido bajo escapó de su garganta. “Relájate, wey. Déjame chuparte esa verga, pa’ que sueltes presión”. Le desabroché el pantalón de uniforme, bajándolo junto con los boxers blancos. Su verga saltó libre: 17 cm de puro grosor, venosa como raíces, cabeza hinchada y goteando precum espeso y transparente, bolas pesadas y peludas colgando bajas, oliendo a hombre reprimido, a sudor concentrado en la entrepierna después de un turno largo cargando cajas.

Me arrodillé frente a él en el sofá. Lamí la cabeza despacio: salada, amarga por el precum acumulado, el sabor de un hetero que no se ha vaciado en semanas. Rodeé con la lengua, sintiendo las venas palpitar bajo la piel tersa y caliente. Chupé despacio al principio, tragándome la mitad mientras él gemía “Puta madre, eso se siente chingón, mejor que con mi morra”. Subí y bajé el ritmo, saliva goteando por su eje grueso, mis manos masajeando sus bolas pesadas, sintiendo cómo se contraían llenas de leche. Él agarró mi pelo, empujándome: “Más profundo, perro. Chúpala toda, vacíame la verga”. Me folló la boca fuerte, su verga hinchándose más, golpeando el fondo de mi garganta con cada embestida, el olor a sudor macho invadiéndome la nariz, sus gemidos cada vez más roncos: “Sí, así, chúpame como Karla lo hace”.

No aguantó mucho en mi boca; se levantó de golpe, respirando agitado, la verga brillante de mi saliva y su precum. “Quiero romperte el culo, wey. Tengo demasiada leche pa’ solo chupadas”. Me empujó a la cama, me quitó la ropa rápido, dejándome desnudo y expuesto. Me puse a cuatro patas en el colchón, culo en pompa, sintiendo el aire caliente del ventilador en mi piel sudada. Bryan escupió en su mano —un sonido grosero y húmedo— y untó su saliva espesa en mi raja, metiendo un dedo grueso para abrirme un poco. “Abre bien, pinche maricón. Voy a vaciarme en tu culo apretado, ya que mi morra no me deja ni tocarme”.

Empujó de golpe, sin lubricante extra, solo su saliva y mi propia excitación. El dolor fue intenso al principio, su grosor estirándome como si me partiera, pero gemí “¡Sí, Bryan! ¡Clávamela toda! ¡Rómpeme el culo con tu verga casada!”. Entró profundo, centímetro a centímetro hasta que sus bolas peludas chocaron contra las mías con un plaf húmedo y sucio. Empezó a follarme como loco: embestidas salvajes y rítmicas, cada una golpeando mi próstata y sacándome gemidos ahogados, su abdomen moreno chocando contra mi espalda con sonidos pegajosos de sudor. “Toma mi verga de casado, puto. Mi morra no me da esto, pero tú sí, ¿verdad? Pinche culo tragón”. El chapoteo era obsceno, mi culo apretando su grosor venoso, sintiendo cómo palpitaba dentro de mí, el olor a sexo crudo y sudor macho llenando el cuarto

Cambiamos posición: me volteó boca arriba, levantó mis piernas sobre sus hombros marcados por el trabajo en la tienda. Entró de nuevo, profundo y brutal, golpeando spots que me hicieron ver estrellas. Su verga se hinchaba más con cada embestida, las venas rozando mis paredes internas, su sudor goteando de su pecho a mi abdomen, dejando rastros calientes y salados. Masturbaba mi verga con una mano áspera y callosa de cargar cajas, tirando fuerte mientras me follaba: “Grita, pinche puto. Que se oiga cómo te rompo, como no rompo a mi morra”. Grité: “¡Más duro, cabrón casado! ¡Lléname con tu leche acumulada! ¡Vacíate en mi culo como no lo haces en casa!”. Aceleró el ritmo, sus bolas pesadas plaf contra mi culo una y otra vez, agarrándome las nalgas con fuerza hasta dejar marcas rojas, mordiéndome los pezones y dejando saliva en mi pecho.

“Me vengo, pinche puto… ¡toma toda mi leche reprimida, la que mi morra no quiere!”. Se clavó hasta el fondo, sus bolas contrayéndose contra mí, y eyaculó con fuerza: chorros calientes, espesos y abundantes, uno tras otro, palpitando dentro de mí, llenándome el culo hasta rebosar, goteando por mi raja y manchando las sábanas con su semen blanco y viscoso. El calor se extendió profundo, sintiendo cada pulso como si me marcara. Me vine al mismo tiempo, chorros calientes salpicando mi abdomen, su pecho y hasta su cara morena, espeso y blanco contrastando con su piel sudada.

Se quedó dentro un rato largo, respirando pesado sobre mí, su verga ablandándose poco a poco pero todavía ocupando espacio, taponeando su propia leche dentro de mí. “Puta, Ricardo, necesitaba eso. Mi morra ni idea, pero neta, tu culo es mejor que su coño seco”. Salió despacio, un chorro de semen cayendo en la cama con sonido húmedo. Se vistió rápido, miró atrás con una sonrisa sucia: “Mañana después del turno? Tengo más leche pa’ ti, pinche puto”. Se fue, pero me mandó mensaje esa noche: “Ya estoy pensando en romperte otra vez. Mi verga se para sola recordando”. Y sí, se volvió rutina: mi hetero casado vaciándose en mí, mientras su morra cuida a la niña sin sospechar.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.