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Y mi novia pensaba que era 100% heterosexual

Les voy a contar cómo empezó todo, cómo descubrí que me gustaban los hombres. Tenía veinte años y, hasta ese momento, estaba convencido de que era cien por ciento heterosexual. Tenía novia formal, me encantaban las mujeres y no había noche que no saliera con alguna. Mis amigos me envidiaban abiertamente: decían que tenía “mano” con las chicas, que siempre conseguía la más guapa de la fiesta. A mí me encantaba ese rol de macho alfa, el que presumía de conquistas y se reía cuando alguien insinuaba otra cosa.

Todo cambió cuando me mudé a otra ciudad por trabajo. Compartíamos una casa grande y vieja cuatro compañeros de la empresa. La vida era tranquila: cervezas después del turno, partidos de fútbol en la tele y bromas de hombres. Hasta que llegó el quinto: Cruz.

Cruz era alto, moreno, de hombros anchos y brazos marcados por el gimnasio. Tenía veintiocho años, una sonrisa pícara y una voz grave que parecía retumbar en el pecho. Desde el primer día se integró rápido. Le encantaba jugar a las cartas y, como en la casa no había mesa grande, improvisamos en el suelo. Había una alfombra enorme en la sala, de esas peludas y suaves. Nos tirábamos boca abajo, en short o directamente en bóxer porque el calor era infernal. El ventilador de techo apenas movía el aire espeso.

Al principio todo era inocente: risas, golpes en la espalda, alguna palmada juguetona en el culo cuando alguien perdía una mano. Pero pronto las bromas subieron de tono. Alguien se subía encima de otro “para celebrarlo”, restregaba la entrepierna contra las nalgas y se reía. Nadie decía nada. Solo se quitaban, se carcajeaban y seguían jugando. Era “cosa de hombres”, decían.

Una tarde de sábado el juego se puso interesante. Empezamos a las cuatro y, sin darnos cuenta, ya era de noche. La luz del cuarto era tenue, solo una lámpara de pie y el reflejo azul de la tele apagada. El ambiente estaba cargado de sudor, cerveza y testosterona. Yo iba en un bóxer negro ajustado. Cruz, a mi lado, llevaba uno gris claro que marcaba todo.

En una jugada, Cruz se subió encima de mí. Sentí su peso cálido, sus muslos fuertes apretando los míos. Empezó a restregarse despacio, como si fuera parte de la broma. Su verga, todavía blanda, se acomodaba entre mis nalgas. Los demás se reían. Yo también me reí… al principio. Pero entonces sentí que su miembro empezaba a endurecerse. Creció, se puso grueso, caliente. La tela del bóxer era tan fina que notaba cada vena, cada latido.

Cruz jadeaba bajito contra mi nuca. Movía las caderas en círculos lentos, buscando. Yo me movía un poco, fingiendo que intentaba quitármelo de encima, pero en realidad estaba disfrutando esa presión desconocida. Mi propio pene empezó a hincharse dentro del bóxer. El corazón me latía tan fuerte que pensé que los demás lo oirían.

De pronto, sin que nadie lo viera, Cruz metió la mano entre nosotros y bajó mi bóxer hasta la mitad de los muslos. Sentí el aire caliente en la piel desnuda. Luego bajó el suyo. Su verga gorda, pesada y ya completamente dura, cayó sobre mis nalgas. La cabeza ancha y brillante de líquido preseminal se deslizó por la raja de mi culo. Era suave, caliente, resbaladiza. Nunca había sentido nada igual. Un escalofrío me recorrió la espalda.

Cruz empujó con más fuerza. La punta gruesa buscaba mi entrada, resbalaba, volvía a presionar. Yo temblaba. Un gemido involuntario se me escapó cuando sentí que la cabeza se hundía apenas un centímetro. El ardor fue inmediato, pero también un placer extraño, profundo. Me sacudí con fuerza. Cruz se levantó de golpe, se subió el bóxer y se fue al baño sin decir nada. Los demás seguían riendo y repartiendo cartas. Nadie se dio cuenta.

Me quedé boca abajo un rato largo, con el corazón desbocado y el culo palpitando. Todavía sentía el calor de su verga, el rastro húmedo que había dejado.

Esa misma noche, cuando los demás ya dormían, Cruz se acercó a mi cama. Se sentó en el borde y susurró: —¿Te gustó la verga, eh? No contesté. Me ardía la cara de vergüenza. Solo bajé la mirada y me mordí el labio. Él sonrió. —No le voy a decir a nadie, tranquilo. Esto queda entre nosotros.

Al día siguiente era domingo. Cruz me invitó a visitar a su novia. Llegamos a su casa y, apenas entramos, ella y su hermana se fueron de compras. “Volvemos en tres horas”, dijeron. Nos dejaron solos.

Cruz cerró la puerta y me miró fijamente. —¿Quieres ver lo que sentiste anoche?

No contesté, pero tampoco me moví. Él se bajó el pantalón y el bóxer de un solo movimiento. Su verga saltó libre: gruesa, venosa, con la cabeza grande y morada, ya medio dura. Se acercó hasta que casi me rozaba la cara. Tomó mi mano y la puso encima. Estaba caliente, palpitante. Empecé a moverla despacio, sintiendo cómo se ponía completamente dura bajo mis dedos. Era pesada, suave, perfecta.

—Chúpamela —me pidió con voz ronca.

Me temblaban las manos. Me arrodillé. Al principio solo besé la punta. Sabía a piel limpia y un poco salada. Abrí la boca y la metí. Al principio sentí asco, pero luego… luego me gustó. El sabor, la textura, cómo se hinchaba dentro de mi boca. Cruz gemía y me acariciaba el pelo. Me enseñó a mover la lengua, a chupar la cabeza, a bajarla hasta la garganta. Aprendí rápido. Me encantaba.

Después de un rato largo me levantó, me quitó el pantalón y el bóxer. Me dio una nalgada fuerte que resonó en la sala. —Ahora voy a terminar lo que empecé anoche.

Me puso de cuatro patas sobre el sofá. Me besó la espalda, el cuello, me mordió suavemente las nalgas. Escupió en su mano y me mojó el culo. Sentí sus dedos abriéndome con cuidado. Luego colocó la cabeza de su verga en mi entrada.

—Tranquilo… eres primerizo, ¿verdad? —Sí —susurré. —Entonces yo voy a ser el primero. Te voy a romper ese culito rico.

Empujó. La cabeza gruesa entró de golpe. Grité. El dolor fue intenso, ardiente, pero Cruz me tenía bien sujeto de las caderas. No me dejó moverme. Esperó unos segundos. Luego otro empujón. Más ardor. Sentía que me llenaba por completo, que me abría de una manera que nunca imaginé. El último empujón metió todo. Me quedé sin aire. Tenía lágrimas en los ojos, pero también una excitación brutal.

Cuando empezó a moverse, el dolor se transformó. Cada embestida enviaba ondas de placer que me recorrían el cuerpo. Me sentía lleno, usado, deseado. Cruz jadeaba: —Tienes un culo tan rico… Ya te rompí, cabrón. Desde ahora eres mi puta, mi nena.

Yo gemía sin control: —Sí… soy tu nena… rómpeme el culo… es tuyo…

Me follaba con ritmo largo y profundo. El sonido de sus huevos golpeando mis nalgas llenaba la sala. De pronto se tensó, me apretó fuerte contra él y metió toda la verga hasta el fondo. Sentí cómo palpitaba dentro de mí y luego chorros calientes de semen inundándome. Uno, dos, tres… Me llenó por completo. Nunca había sentido nada tan intenso.

Se quedó dentro de mí un rato largo, respirando agitado. Cuando salió, sentí su semen correr por mis muslos. Me di la vuelta y lo miré. Sonreía satisfecho.

Esa tarde entendí que ya no era el mismo. Y que, definitivamente, me encantaba la verga.






















Lo sentí muy rico y cuando sacó su verga tenis Mancha roja es la sangre donde me desquinto. Así empezó mi gusto por los hombre que ricos son… los amo… en otra ocasión les cuento. Que hicieron los otros compañeros al enterarse de mi gusto gay….

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.