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Dormí a Alfonso con un somnífero y me puse su verga en mi culo

Me llamo Elías, tengo 32 años y vivo en un departamento pequeño pero discreto en el centro de la ciudad. El aire siempre huele un poco a humedad y a café viejo porque la cafetera nunca se limpia del todo. Esa noche, el bar estaba cargado de humo de cigarrillos electrónicos, música electrónica baja y el olor dulzón a cerveza derramada. Lo vi a Alfonso sentado en una esquina, solo, con una botella de cerveza tibia entre las manos.

Tenía 21 años, piel blanca como porcelana recién salida del horno, casi luminosa bajo las luces neón. Su camiseta negra ajustada marcaba unos hombros anchos de gimnasio, brazos con venas sutiles que se veían cuando flexionaba sin querer, y un pecho firme que subía y bajaba con cada respiración. El abdomen se adivinaba plano y definido bajo la tela, y cuando se inclinó para tomar el teléfono, la camiseta se levantó un poco dejando ver una línea de vello rubio muy fino que bajaba hacia el ombligo.

Me acerqué con una sonrisa casual, le invité una cerveza fría —el vidrio sudaba y goteaba sobre la mesa pegajosa— y empezamos a platicar. Su voz era grave pero suave, con un acento norteño ligero. Olía a desodorante fresco de menta mezclado con el sudor limpio de alguien que se acaba de duchar antes de salir. Me contó que estudiaba ingeniería, que iba al gym tres veces por semana para “sentirse fuerte”, y que esa noche solo quería desconectar. Cuando le puse la mano en el hombro, sentí la tela tibia y la dureza del músculo debajo. No se apartó. “Oye, ¿quieres venir a mi depa? Tengo chelas frías y podemos seguir platicando tranquilos”, le dije, mirándolo fijo a los ojos claros. Dudó un segundo, el labio inferior temblándole un poco, pero asintió. “Va, pero nomás un rato”.

Llegamos a mi lugar cerca de la medianoche. El departamento estaba en penumbra, solo la lámpara de mesa amarillenta y el zumbido del ventilador de techo moviendo el aire caliente. Olía a mi colonia de madera y a la cena que había dejado en el fregadero: ajo y cebolla fritos. Lo invité a sentarse en el sofá viejo, cuya tela áspera crujió bajo su peso. Le ofrecí una cerveza, pero él negó con la cabeza. “Mejor agua, estoy un poco mareado ya”. Fui a la cocina, llené un vaso grande con agua del grifo —fría, con ese sabor metálico típico de la tubería vieja— y disolví dos pastillas de somnífero fuerte que guardaba en un frasco detrás de las tazas. El polvo se disolvió rápido, dejando solo un leve remolino blanco que desapareció al agitar. Le llevé el vaso y me senté pegado a él, mi muslo rozando el suyo. El calor de su pierna atravesaba la tela del pantalón.

Empecé directo, mi voz baja y ronca: “Mira, Alfonso, eres guapo y me gustas mucho. Te ofrezco 2000 pesos si me dejas cogerte aquí y ahora”. Se atragantó con el primer sorbo, tosió fuerte —el agua salpicó un poco en su camiseta— y me miró con los ojos abiertos como platos, las pupilas dilatadas por la sorpresa. “¡¿Qué?! No, carnal, soy hetero. Solo vine por la plática, no por eso. Gracias, pero no”. Intentó levantarse, pero ya había bebido la mitad. Le insistí: “3000 entonces. Solo una vez, nadie se entera”. Negó con la cabeza, las mejillas encendidas de rojo intenso, el sudor empezando a perlar su frente blanca. “No, de verdad. Me voy”. Bostezó profundo, los párpados le pesaron de golpe. Se frotó los ojos con el dorso de la mano. “Me siento raro… muy cansado de repente”. “Relájate, toma más agua”, le dije, empujando el vaso hacia sus labios.

Bebió el resto casi sin pensar, el líquido frío resbalando por su barbilla y goteando en su pecho. En menos de cinco minutos, su cabeza cayó hacia atrás contra el respaldo, la boca entreabierta, respirando lento y pesado. El pecho subía y bajaba con ritmo profundo, el abdomen marcado contrayéndose ligeramente con cada inhalación.

Ahí estaba, completamente vulnerable. Me acerqué despacio, el corazón latiéndome en los oídos. Le quité la camiseta con cuidado: la tela se pegaba un poco a su piel por el sudor fino, y al levantarla salió un olor cálido a su cuerpo —jabón de avena, sudor limpio y un toque natural de piel joven—. Su torso blanco brillaba bajo la luz tenue, lampiño salvo por esa línea fina de vello rubio que bajaba del ombligo hasta perderse en el pantalón. Los pezones rosados se erizaron con el aire fresco.

Pasé los dedos por su pecho: suave como seda tibia, los músculos firmes pero relajados por el sueño. Bajé los pantalones y los boxers de un tirón lento. El olor se intensificó: almizcle masculino suave, un poco salado, mezclado con el aroma fresco de su jabón. Su verga descansaba flácida contra el muslo blanco, unos 15 cm en reposo, gruesa, circuncidada, con la cabeza rosada y un pubis con vello corto y rubio que contrastaba con la piel pálida. Las bolas colgaban pesadas, suaves y ligeramente arrugadas.

Me arrodillé frente a él, el suelo frío contra mis rodillas. Empecé lamiendo la base de su polla: piel tibia, salada, con ese sabor sutil a hombre dormido. Rodeé la cabeza con la lengua, sintiendo la textura suave y el leve pulso debajo. Chupé despacio, metiéndomela entera en la boca húmeda y caliente. Poco a poco se hinchó contra mi lengua: las venas se marcaron, la cabeza se puso más roja y gruesa, creciendo hasta unos 20 cm, pesada y venosa.

El sabor cambió: más salado, con un hilo de precum amargo que goteaba en mi garganta. Usé mucha saliva, lubricando cada centímetro, subiendo y bajando con ruido húmedo. Mi nariz rozaba su pubis rubio, oliendo ese aroma concentrado de sexo y sueño. Mientras mamaba, mi mano acariciaba su abdomen: los músculos se contraían involuntariamente bajo mis dedos, la piel blanca perlada de sudor fino que sabía a sal cuando lamí una gota de su ombligo.

No aguanté más. Me desnudé rápido, mi polla dura goteando precum que caía al suelo con gotitas calientes. Saqué el lubricante del cajón: olor químico fresco y mentolado que se mezcló con el suyo. Me unté el culo generosamente —frío al principio, luego cálido y resbaloso—, y luego unté su verga erecta, cubriéndola de brillo viscoso. Me subí al sofá a horcajadas, el cuero crujiendo bajo nuestro peso combinado. Guié su polla hacia mi agujero: la cabeza gruesa presionó, caliente y dura. Bajé despacio, sintiendo el estiramiento ardiente, el anillo cediendo centímetro a centímetro. Cuando estuve sentado del todo, con sus 20 cm enterrados hasta las bolas, gemí fuerte: el calor me llenaba por completo, palpitante. Empecé a moverme despacio, subiendo y bajando, el sonido húmedo y chapoteante de lubricante y piel resonando en la habitación silenciosa. Su cuerpo blanco contrastaba con el mío, el sudor de ambos mezclándose, goteando por su abdomen marcado y dejando rastros brillantes.

Aceleré, rebotando en su regazo. Mi polla se frotaba contra su vientre plano, dejando hilos pegajosos de precum en su piel pálida. Agarré sus pezones rosados, pellizcándolos con fuerza; se endurecieron al instante. Su respiración se aceleró, un gemido bajo escapó de su garganta dormida. Cambié el ángulo para que su verga golpeara mi próstata con cada bajada: electricidad pura subiendo por mi columna. “Ah, Alfonso, qué rico te sientes”, murmuré, aunque no me oía. Lo cabalgué más duro, mis bolas chocando contra las suyas con un sonido seco y rítmico. Sentí cómo su polla se hinchaba más dentro de mí, palpitando. Me vine primero: chorros calientes salpicaron su pecho blanco, goteando por los surcos de sus abdominales, espeso y blanco contra su piel lechosa.

Seguí moviéndome, apretando mi culo alrededor de él. Su cuerpo se tensó de golpe —los músculos del abdomen se marcaron fuerte—, un gruñido ronco salió de su boca entreabierta, y eyaculó profundo dentro de mí: chorros calientes y espesos que sentí palpitar y llenarme, el calor extendiéndose por mi interior. Salí despacio, su semen goteando de mi culo y cayendo sobre sus muslos blancos. Lo limpié todo con una toalla húmeda —el olor a semen y lubricante impregnando el aire—, le volví a poner la ropa con cuidado y lo dejé dormir en el sofá, cubierto con una manta ligera.

A la mañana siguiente, el sol entraba fuerte por la ventana, calentando el cuarto y haciendo que el aire oliera a sudor seco y café recién hecho. Alfonso abrió los ojos despacio, parpadeando confundido. Se sentó, frotándose la sien con una mano. “¿Qué… qué pasó? Me quedé dormido, ¿verdad? Siento el cuerpo como si hubiera entrenado pesado… y un dolor raro abajo”. Miró su entrepierna, frunciendo el ceño, luego a mí que preparaba café en la cocina. “Sí, carnal, te quedaste jetón después del agua. Te dejé dormir aquí”. Tocó su pantalón como si sintiera humedad o algo extraño, olió discretamente su camiseta. “Me duele un poco… el culo y… no sé. ¿Hicimos algo? No recuerdo nada”. Negué con la cabeza, sonriendo inocente mientras le pasaba una taza humeante. “Nada, solo platicamos y te dormiste. Tal vez fue la cerveza del bar, o el cansancio”. Dudó, las mejillas pálidas enrojeciendo un poco otra vez, pero no insistió. Se levantó con movimientos torpes, se despidió rápido —“Gracias por dejarme quedar, carnal”— y salió, aún con esa expresión de confusión y un leve cojeo que intentaba disimular. Yo me quedé solo, el sabor de su piel todavía en mi lengua, el olor de su semen y su sudor pegado a las sábanas, sabiendo que había sido completamente mío mientras dormía.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.