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Mi vida necesitaba algo de diversión: casado contrata a morrito

Me llamo Martín, tengo 48 años, y mi vida es un puto bostezo interminable. Casado con Ana desde hace 20 años, tres hijos que ya son adolescentes y me ven como un mueble viejo en la sala. Trabajo en una oficina de contabilidad en Monterrey, contando números que no me importan una mierda, y los fines de semana los paso viendo fútbol en la tele o cortando el césped.

Soy un don nadie: velludo como un oso, con una panza que cuelga un poco por las cervezas, pelo grisáceo en el pecho y la espalda, y una verga promedio que apenas ve acción una vez al mes, cuando Ana me deja meterla en misionero con la luz apagada. Tímido hasta la médula, nunca digo lo que pienso, solo asiento y sigo adelante. Pero ese fin de semana, todo cambió.

La familia se fue de vacaciones a la playa en Puerto Vallarta. Ana insistió en que me quedara porque “necesitaba descansar del estrés del trabajo”. Ja, estrés. Lo que necesitaba era algo que me sacara de esta rutina asfixiante.

Solo en la casa, con el silencio pesando como una losa, me dio por curiosear. Siempre había sentido esa cosquilla en el estómago cuando veía a hombres guapos en la calle, pero nunca lo admití. Bajé Grindr en mi teléfono, temblando como un idiota, creando un perfil anónimo: “Curioso casado, discreto”. No puse foto, solo una descripción vaga. Empecé a scrollear, el corazón latiéndome fuerte, vergas y culos desfilando en la pantalla. Me excité solo de ver, mi mano bajando a mi paquete, frotándome por encima del pantalón.

Entonces lo vi: un perfil que decía “Dinero para pasear a mi novia”. La foto era de un chavo joven, blanco como la leche, con pecho velludo y marcado, abdominales definidos que brillaban con sudor de gym, y una sonrisa pícara.

21 años, alto, con barba incipiente y ojos verdes que prometían problemas. Su bio: “Busco sugar daddy generoso para ingresos extras. Discreto, hot y listo para complacer”. Mi verga se endureció al instante. ¿Sugar daddy? Yo, un pinche contador aburrido, ¿pagando por un chavo así? Pero la idea me encendió. Le mandé mensaje: “Hola, me interesa tu perfil. Soy nuevo en esto”. Respondió rápido: “Hey, papi. ¿Qué buscas? Soy versátil, pero me encanta complacer a maduros como tú. $2000 por una hora, todo incluido”.

Tragué saliva, mis dedos temblando. “Suena bien. Estoy solo en casa. ¿Puedes venir?”. “Claro, dame dirección. Traigo condones y lubricante. ¿Eres pasivo o activo?”. No supe qué decir. “Lo que quieras, soy tímido”. “Jaja, me encanta romper timidez. Llego en 30 min”.

Media hora después, el timbre sonó. Abrí la puerta con el estómago revuelto, sudando como cerdo. Ahí estaba él: Diego, se presentó. Más guapo en persona, con jeans ajustados que marcaban un bulto impresionante, camiseta blanca pegada a su cuerpo marcado, vello asomando por el cuello.

Olía a colonia fresca y gym. “Hola, Martín. ¿Listo para divertirnos?”, dijo con una sonrisa ladeada, entrando sin invitación. Cerré la puerta, mi voz saliendo como un susurro: “Sí… pero soy nuevo, no sé bien qué hacer”. Él se rio, poniéndome una mano en el hombro. “Tranquilo, papi. Yo te guío. Primero, el dinero”. Saqué los billetes de mi cartera, temblando, y se los di. Los guardó en el bolsillo y me miró de arriba abajo. “No estás mal para tu edad. Velludo, me gusta. Vamos a tu cuarto”.

Subimos las escaleras, mi corazón a mil. En la habitación matrimonial, donde duermo con Ana, Diego se quitó la camiseta sin ceremonias, revelando ese pecho blanco y velludo, pezones rosados duros por el aire acondicionado, abdominales como tabla de chocolate. “Desnúdate, papi. Quiero verte todo peludo y listo para mí”, ordenó con voz ronca. Me quité la camisa avergonzado, mi panza blanda y velluda expuesta, luego los pantalones. Mi verga ya estaba semi-dura, apuntando hacia él. “Mmm, mira esa verga de papi casado. Se ve que necesita atención. Ven aquí, voy a hacerte cosas que tu esposa nunca te ha hecho”, dijo, acercándome con un tirón. Besándome con fuerza, su lengua invadiendo mi boca, sabor a menta y juventud.

Sus manos bajaron a mi culo, apretando mis nalgas velludas, sus dedos hundiéndose en la carne blanda, masajeando los glúteos con rudeza hasta que sentí un calor subiendo por mi espina. “Tienes un culo gordito y peludo, perfecto para mi verga. Me encanta follar culos de maduros como el tuyo, dejarlos chorreando de leche”. Gemí, mi timidez evaporándose en el calor. “Sí… fóllame si quieres, hazme tu puta”, murmuré, sorprendido de mis palabras, mi verga endureciéndose contra su muslo, frotándose contra la tela áspera de sus jeans.

Me empujó a la cama, arrodillándose entre mis piernas. Bajó mis boxers, liberando mi verga, que saltó dura, venosa, pre-semen goteando de la punta hinchada y rojiza. “Mira qué puta verga de papi. La voy a chupar hasta que me ruegues que te folle el culo virgen”, gruñó, metiéndosela en la boca sin aviso, succionando fuerte, su lengua girando alrededor de la cabeza sensible, tragándosela entera hasta que sus labios tocaron mis bolas peludas y pesadas, el vello rubio de su barba rozando mi pubis velludo. “¡Ay, Dios! Chúpala más, Diego, trágatela toda como una puta”, grité, mis manos en su cabeza, empujando, sintiendo el calor húmedo de su garganta contrayéndose alrededor de mi longitud, saliva caliente escurriendo por mis bolas y entre mis muslos.

Chupaba como un experto, saliva chorreando, gags húmedos que me volvían loco, su mano masajeando mis bolas, apretándolas suavemente mientras su otra mano recorría mi panza velluda, pellizcando el vello gris. “Sabe a hombre maduro, rico y salado. ¿Te gusta que te la mame un chavo joven, eh? Apuesto a que tu mujer no te la chupa así”, dijo sacándosela un momento, lamiendo mis bolas, metiendo una en su boca mientras me pajeaba con movimientos rápidos y firmes, su puño resbaloso subiendo y bajando por mi verga venosa. “No… nunca, sigue, no pares, quiero más de esa boca guarra tuya”, respondí, jadeando.

Metió un dedo en su saliva y lo presionó contra mi ano virgen, rodeado de vello oscuro y sudoroso. “Relájate, papi. Voy a meterte los dedos hasta que estés suelto para mi verga gruesa”. Entró despacio, doliendo al principio como un ardor punzante, pero el placer creció cuando rozó mi próstata, enviando ondas de electricidad por mi cuerpo, mi verga palpitando en respuesta. “¡Más! Méteme otro dedo, prepárame para que me rompas el culo”, pedí, mi voz ronca, sintiendo cómo me estiraba, el lubricante natural de su saliva facilitando la intrusión, sus dedos curvándose dentro de mí, masajeando las paredes internas calientes y apretadas.

Se levantó, quitándose los jeans. Su verga salió libre: gruesa, 20 cm fáciles, venosa con venas azules protuberantes, con vello rubio en la base, bolas colgando pesadas y depiladas, la cabeza bulbosa goteando pre-semen transparente. “Ahora tú, chúpamela, papi. Quiero ver cómo un casado tímido se traga mi verga joven y dura”. Me arrodillé torpemente, oliendo su aroma almizclado, a sudor y hombre joven, mezclado con el olor a gym de su piel blanca y velluda. Abrí la boca, metiéndomela, ahogándome al principio con el grosor que estiraba mis labios, el sabor salado inundando mi lengua. “Así, papi, trágatela. Usa la lengua, lame mis bolas peludas mientras me la chupas”.

Chupé como pude, saliva escurriendo por mi barbilla y goteando sobre mi pecho velludo, mis manos en su culo marcado, sintiendo los músculos firmes y redondos bajo mis palmas sudorosas, apretándolos mientras empujaba su verga más profundo en mi garganta. Él follaba mi boca, thrusts profundos: “¡Qué puta boca de casado! Te voy a llenar de leche, pero primero quiero que me ruegues que te folle”. Saqué su verga un segundo, jadeando: “Por favor, Diego, fóllame ya. Quiero sentir esa verga gruesa rompiéndome el culo, hazme gritar como una perra”.

Me tumbó boca abajo, untando lubricante en mi culo, sus dedos esparciendo el gel frío y resbaloso por mi ano peludo y arrugado, metiendo dos dedos más para abrirme, el sonido chapoteante llenando la habitación. “Abre las piernas, don nadie. Voy a hacerte mi puta personal, dejar tu culo chorreando de mi semen caliente”. Posicionó su cabeza contra mi ano, empujando, el ardor inicial como fuego al estirarme, la cabeza gruesa popando dentro con un sonido húmedo, centímetro a centímetro invadiendo mi interior virgen, sintiendo cada vena rozando mis paredes sensibles. “¡Puta madre, qué apretado y peludo! Este culo de papi estaba hecho para mi verga”, gruñó él, entrando hasta que sus bolas chocaron contra las mías, su pubis velludo presionando contra mis nalgas sudorosas.

Empezó a bombear, lento al principio, cada thrust enviando ondas de placer y dolor por mi espina, su sudor goteando sobre mi espalda velluda, el olor a sexo y sudor impregnando el aire. Luego más duro, palmadas resonando como aplausos obscenos, su cuerpo marcado chocando contra mi panza blanda. “¡Fóllame más fuerte! Dame toda esa verga joven, haz que me corra sin tocarme”, rogué, mi verga frotándose contra las sábanas arrugadas, pre-semen manchando la tela.

Él aceleró, agarrando mi pelo gris con fuerza: “Toma, papi. Esto es lo que necesitabas, ¿verdad? Una verga joven rompiéndote el culo, convirtiéndote en una puta guarra. Dime lo mucho que te gusta”. “¡Me encanta! Fóllame más, Diego, lléname de tu leche, hazme tuyo”, respondí entre gemidos, el dolor convirtiéndose en éxtasis puro, mi próstata siendo golpeada con cada embestida, enviando chispas de placer a mis bolas apretadas.

Cambiamos: él abajo, yo montándolo. Su verga entraba profunda, golpeando mi próstata con precisión, el ángulo permitiendo que sintiera cada pulgada estirándome, mis nalgas rebotando contra sus muslos musculosos y velludos. “Móntame, Martín. Muéstrame lo guarro que eres, rebota en mi verga como una puta desesperada”. Reboté sobre él, mi panza temblando con cada movimiento, sus manos pellizcando mis pezones velludos y duros, tirando de ellos hasta que dolía deliciosamente, mi verga balanceándose y goteando sobre su abdomen marcado. “Sí, así, papi. Siente cómo te lleno. Pajéate mientras, quiero verte correrte sobre mi pecho peludo”. Se pajeaba mi verga mientras follaba, su puño resbaloso por el pre-semen, apretando la base y subiendo hasta la cabeza sensible. “Me vengo… ¡voy a salpicarte todo de mi semen maduro!”, jadeé.

Chorros de semen salpicaron su pecho velludo, caliente y espeso, pegajoso contra su piel blanca, algunos aterrizando en su barba incipiente. Él no paró: “Ahora yo, puta. Toma mi carga”. Me volteó, embistiendo salvaje, su verga hinchándose dentro de mí, pulsando contra mis paredes internas, rugiendo mientras se corría dentro, semen caliente y abundante llenándome en oleadas, rebosando por mis muslos y goteando por mis bolas peludas. “¡Sí, lléname! Quiero sentir tu leche guarra chorreando de mi culo”, grité, mi cuerpo temblando, el calor de su semen esparciéndose dentro de mí como fuego líquido.

Colapsamos, sudorosos, su cuerpo perfecto contra mi cuerpo regular, nuestros vellos pegados por el sudor y el semen, respiraciones entrecortadas mezclándose. “Buen polvo, papi. ¿Repetimos la próxima semana? Apuesto a que ya estás adicto a mi verga”. Asentí, exhausto, sabiendo que mi vida aburrida acababa de volverse adictiva. Por fin, algo mío, guarro y secreto.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.