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Leche podrida de vagabundo en mi culo: cómo un mugroso me hizo su puta sin preguntar

Me llamo Daniel, tengo 23 años y vivo en un pinche cuchitril de mierda en las afueras de Torreón, donde los trenes de carga pasan tan cerca que te despiertan con el estruendo de fierro contra fierro y el olor a diesel quemado se te mete hasta los huevos. El departamento apesta a humedad podrida, a fritanga rancia de la taquería de abajo que se filtra por las grietas, a mi propio sudor acumulado y a la colonia barata de vainilla que ya no tapa ni madres.

Esa noche llegué hecho mierda del jale, pasadas las once y media. El aire estaba caliente como culo de diablo, pegajoso, con olor a asfalto recalentado, basura fermentada, meados de borracho y escape de tráiler. Caminaba por la calle oscura cuando lo vi tirado como perro en la banqueta, recargado contra un poste de luz que zumbaba y parpadeaba como si estuviera a punto de cagarse.

Un vato de unos 50 años, moreno carbonizado por el pinche sol del norte, pelo negro largo y grasiento pegado al cuello como estropajo sucio, barba espesa llena de mugre, migajas y canas amarillentas. Camiseta de tirantes rota y amarilla de sudor viejo que dejaba ver un pecho ancho cubierto de vello negro rizado y empapado, panza ligeramente abultada pero dura como piedra debajo del pelo. El pantalón de mezclilla estaba negro de mugre, manchas de grasa, tierra, semen seco y quién sabe qué chingados más, y las botas de trabajo tenían los cordones rotos y la suela despegada dejando ver calcetines negros de mugre.

Olía desde cinco metros como cloaca abierta: sudor rancio de semanas sin jabón, cerveza barata agria y fermentada, humo de fogata, orina seca pegada a la verga, mierda seca en el culo, queso podrido entre el prepucio y un almizcle brutal de macho en celo que te hacía doler la verga de pura calentura. Me paré en seco. La polla se me paró al instante, latiendo tan fuerte que dolía contra el cierre del jean.

“¿Tienes un pinche cigarro, morrito puto?”, gruñó con voz ronca y rota, como si le raspaba la garganta cada palabra. Su aliento llegó hasta mí como patada: tabaco negro quemado, cerveza podrida, dientes sucios y podridos, y un olor ácido a vómito viejo y hambre.

“No fumo, pero… ¿quieres agua, pinche mugroso? Vivo aquí enfrente”, le dije, la voz me salió temblorosa de pura calentura enferma. Él se levantó lento, imponente, 1.85 de puro cuerpo curtido y sucio, brazos gruesos con venas como cables, manos enormes con uñas negras de mugre, callos como lija y dedos oliendo a nicotina, gasolina y pito sin lavar. Caminó detrás de mí, sus botas pesadas aplastando grava, el olor siguiéndome como una nube tóxica que me ponía más caliente.

Subimos las escaleras. El pasillo apestaba a meados viejos, pintura descascarada y ratas muertas. Abrí la puerta con la llave temblando. Adentro, la luz fluorescente de la cocina parpadeaba como puta barata, el ventilador de techo giraba lento moviendo aire caliente y viciado lleno de polvo y mi olor a pajeada solitaria. Cerré con llave, el clic sonó como un disparo en la cabeza. “Siéntate, pinche vago de mierda”, le dije, señalando el sillón viejo que olía a polvo, sudor mío, semen seco y noches enteras oliendo mis calzones usados. Se dejó caer como costal de papas, piernas abiertas de par en par. El bulto en su pantalón mugroso era brutal: grueso, pesado, marcando la tela como si la verga quisiera reventarla y salirse a follar sola.

Fui a la cocina. El grifo escupió agua fría con sabor a hierro oxidado y cañería podrida. Llené un vaso grande, el vidrio sudó al instante como culo mojado. Se lo llevé. Bebió de un trago animal, el agua le chorreó por la barba espesa y mugrosa, gotas gruesas cayendo sobre su pecho peludo, dejando surcos brillantes y viscosos en el vello negro empapado. Se limpió la boca con el dorso de la mano, dejando un rastro pegajoso de saliva amarillenta y agua sucia.

“Gracias, mijo puto. Hace un calor de la chingada que te cagas”, dijo, su voz vibrando en mis huevos.

Lo miré fijo. Mis jeans ajustados marcaban mi verga dura como fierro, la playera sin mangas dejaba ver mis axilas depiladas y el sudor corriéndome por los costados. “¿Cómo te llamas, pinche asqueroso?”.

“Me dicen El Chino. ¿Y tú, pinche tragador de vergas?”.

“Daniel”.

Silencio pesado. Solo el zumbido del ventilador y el tren lejano rugiendo como bestia. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi entrepierna hinchada y mojada de precum. “¿Por qué chingados me trajiste aquí, Daniel? No me vengas con mamadas de caridad, pinche puto caliente”.

Tragué saliva, la garganta seca como papel de lija. “Porque me pones bien cabrón, pinche mugroso. Me excitas como la mierda. Quiero que me rompas el culo con esa verga sucia y apestosa que traes”.

Se rió bajo, un sonido gutural y podrido que me puso la piel chinita y la verga goteando. Se levantó despacio, el sillón crujió como si se quejara de dolor. Se acercó. El olor me golpeó como puñetazo en la cara: sudor rancio concentrado en sus axilas peludas y grasientas, cerveza agria y podrida en su aliento, tierra seca y mierda en su ropa, orina vieja y esmegma pegado a la verga, mierda seca en el culo y un almizcle brutal de testosterona cruda que me mareó de pura calentura enferma. Me agarró de la nuca con esa mano áspera, dedos gruesos oliendo a nicotina, mugre, gasolina y pito sin lavar de semanas.

Me jaló y me besó con violencia de animal: su barba raspaba como alambre de púas oxidado, pinchando mi cara hasta dejarla en carne viva y roja, su lengua invadió mi boca como si quisiera arrancarme la garganta, sabía a tabaco quemado, cerveza podrida, dientes sucios y podridos, vómito viejo y un sabor metálico a sangre, hambre y mierda. Me empujó contra la pared, el yeso frío y descascarado contra mi espalda. Su cuerpo pesado y sudoroso me aplastó, su panza peluda y grasienta presionando mi abdomen, su verga ya dura como fierro clavándose contra mi vientre a través de la tela mugrosa y apestosa.

“No te voy a preguntar si estás seguro, porque ya sé que quieres que te parta el culo en dos, pinche puta mugrosa”, gruñó contra mi oído, su aliento caliente, fétido y podrido en mi oreja.

Me bajó los jeans de un jalón salvaje, la tela rasgándose con ruido seco y violento. Mi verga saltó libre, dura, goteando precum espeso que cayó al piso con un plaf húmedo y pegajoso. Él se abrió el cierre del pantalón sucio con dedos torpes y mugrosos. Sacó una verga monstruosa y asquerosa: gruesa, oscura, venosa, sin cortar. El prepucio grueso y sucio se retiró solo, revelando una cabeza morada e hinchada cubierta de esmegma blanco-amarillento, brillante de humedad rancia y orina seca. Olía a muerte y vicio: sudor acumulado de semanas, orina seca pegada al glande, queso podrido y esmegma entre el prepucio, mierda seca en las bolas peludas y colgantes, y un olor a macho sin lavar que te hacía doler la verga de pura calentura enferma. Mediría 21 cm de puro grosor brutal y sucio, las bolas pesadas cubiertas de vello negro empapado y sudor. Me dio la vuelta de un empujón brutal, cara contra la pared. Escupió en su mano —un sonido grosero, húmedo y espeso— y untó su saliva amarillenta y viscosa en mi culo. Escupió otra vez directo en mi agujero, el líquido caliente, espeso y apestoso resbalando por mi raja. Empujó sin aviso, sin piedad, sin lubricante más que su propia mugre.

Entró de un solo golpe seco y violento. El dolor fue cegador, como si me rajaran con un tubo oxidado y sucio. Grité fuerte, la voz quebrada y rota, lágrimas saliendo de los ojos, pero debajo del ardor había un placer tan enfermo, tan puto, tan animal que me hizo arquear la espalda y empujar hacia atrás como perra en celo. Me llenó hasta las bolas en una embestida brutal, sus testículos peludos, sudorosos y apestosos chocando contra mis nalgas con un plaf húmedo, sucio y obsceno. Empezó a follarme como bestia rabiosa: sin ritmo, sin cuidado, cada empujón sacándome el aire de los pulmones, su panza peluda y grasienta golpeando mi espalda baja con sonidos húmedos y pegajosos, su aliento ronco y fétido en mi nuca oliendo a cerveza podrida, vómito y hambre.

El sonido era puro vicio y mierda: piel sudorosa y sucia chocando con chapoteos viscosos, mis gemidos ahogados y rotos como puta barata, sus gruñidos graves y animales como perro sarnoso, el golpeteo constante de sus bolas pesadas y mugrosas contra mí, el olor a sexo crudo, mierda, semen rancio y sudor podrido llenando el cuarto hasta marearme.

“Te gusta, ¿verdad, pinche puta mugrosa de mierda? Te gusta que un vagabundo asqueroso y podrido te rompa el culo con su verga sucia llena de esmegma y mierda”, gruñó, mordiéndome el hombro con dientes amarillos, podridos y sucios. El mordisco sangró, el sabor metálico se mezcló con su saliva espesa y apestosa en mi piel.

“¡Sí, cabrón hijo de puta! ¡Rómpeme el culo! ¡Lléname con tu leche podrida y sucia hasta que me chorree por las patas como puta barata!”, grité, empujando hacia atrás con fuerza, sintiendo cómo su vello púbico áspero, grasiento y lleno de mugre raspaba mis nalgas lampiñas hasta dejarlas en carne viva y sangrante.

Me folló así veinticinco minutos contra la pared, mis manos arañando la pintura descascarada, dejando surcos blancos y sangre bajo las uñas. El sudor nos corría a chorros: el mío limpio y salado, el suyo denso, aceitoso, apestoso y amarillento, goteando por mi espalda y mezclándose en el piso con charquitos viscosos de sudor, precum y saliva. Sentí cómo su verga se hinchaba más dentro de mí, las venas gruesas y sucias palpitando contra mis paredes internas como si fueran a reventar. “Me voy a venir adentro, mijo puto. Te voy a llenar con mi semen sucio, espeso y apestoso hasta que te chorree por las patas y huelas a mi mierda todo el día”, avisó con voz entrecortada, ronca y podrida.

Se clavó hasta el fondo con un empujón que me levantó del piso, sus bolas contrayéndose contra mí como puños mugrosos, y eyaculó con fuerza brutal y animal: chorros espesos, calientes, abundantes, casi dolorosos de tan fuertes y sucios. Los sentí palpitar uno tras otro, llenándome el culo hasta rebosar, el calor extendiéndose profundo, goteando por mis muslos en hilos blancos, viscosos y apestosos que olían a cloro rancio, semen podrido y macho asqueroso. Se quedó dentro un rato largo, respirando como toro sarnoso contra mi nuca, su verga ablandándose poco a poco pero todavía ocupando espacio, taponeando su propia leche sucia dentro de mí como corcho podrido.

Cuando salió con un sonido húmedo, obsceno y chapoteante —como un corcho saliendo de una botella llena de mierda—, un chorro espeso de semen sucio se derramó por mis piernas, cayendo al piso con plafs pegajosos y apestosos. Me giró de un jalón violento, me miró con esa sonrisa torcida entre la barba mugrosa y llena de restos. Me besó otra vez, lento y posesivo, su lengua explorando mi boca con sabor a nosotros dos: sudor rancio, semen podrido, mierda seca, esmegma y vicio puro. “Buen culo tienes, Daniel. Aprietas como virgen pero tragas como la pinche puta más sucia del barrio. Si quieres que te vuelva a partir el culo y te deje oliendo a mi mierda y mi leche por días… ya sabes dónde estoy, en la misma banqueta, con la verga sucia esperando”.

Se subió el cierre con dificultad, el pantalón manchado ahora también de mi saliva y su propio semen que goteaba, tomó el vaso vacío —todavía con gotas de agua y ahora con un rastro viscoso de su saliva amarillenta y espesa— y se fue sin mirar atrás. La puerta se cerró con un golpe que hizo temblar el marco y caer polvo del techo.

Yo me quedé ahí, contra la pared, el culo ardiendo como si me hubieran metido un fierro caliente, adolorido, abierto y chorreando su semen sucio que seguía saliendo lento por mis muslos, goteando al piso con sonido pegajoso y apestoso. El olor de su cuerpo impregnado en mi piel como marca: sudor rancio, cerveza podrida, tierra, orina seca, mierda seca, esmegma y semen espeso y podrido. Me vine sin tocarme, solo apretando el culo y sintiendo cómo su leche sucia se removía dentro de mí, chorros calientes salpicando la pared frente a mí, mezclándose con la pintura descascarada, el sudor que goteaba de mi frente y los restos de su mugre que se me pegaban al cuerpo.

Desde esa noche, cada vez que paso por esa banqueta miro con desesperación de puta en abstinencia. Y si lo veo sentado ahí, con su olor a cloaca llegando antes que él, con esa verga mugrosa y apestosa marcando el pantalón sucio… me voy a arrodillar frente a él en plena calle si es necesario. Le voy a abrir la puerta de rodillas, con la boca abierta y el culo listo. Porque me rompió el culo y el alma. Y me encantó. Quiero que me rompa otra vez. Más duro. Más sucio. Más podrido. Más vulgar. Hasta que no quede nada de mí que no huela a él.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.