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La noche que me compré un repartidor de comida chacal

Me llamo José, tengo 35 años y vivo en Guadalajara, en un departamento modesto pero cómodo en el centro de la ciudad. Soy gay desde que tengo memoria, y aunque he tenido mis relaciones estables, últimamente me he inclinado por aventuras casuales, especialmente con tipos que no son del ambiente.

Me excita la idea de seducir a un hetero, de pagar por ese placer prohibido que ellos solo dan por necesidad. Ese día, un martes cualquiera, pedí comida por una app: tacos al pastor con todo, porque el hambre me había atacado después de un día largo en la oficina. No esperaba nada especial, solo saciar el estómago.

Cuando sonó el timbre, abrí la puerta y ahí estaba él. Un chavo moreno, delgado pero con un abdomen marcado que se notaba bajo la camiseta ajustada de la plataforma de entregas. Tendría unos 22 años, calculé, con piel oscura y suave, lampiño por completo salvo por lo que imaginaba en su entrepierna. Su cara era angulosa, con ojos negros profundos y una sonrisa nerviosa que me puso cachondo al instante. Olía levemente a gasolina de moto, a sudor fresco del calor de la tarde y a una colonia barata de limón que se le pegaba al cuello. “Buenas noches, señor. Su pedido”, dijo, extendiendo la bolsa con voz grave pero tímida. Le pagué en efectivo, pero mientras lo hacía, no pude evitar mirarlo de arriba abajo. Su pantalón ajustado marcaba unas piernas firmes, y su torso se veía tonificado, como si pasara horas en la moto repartiendo sin un gramo de grasa extra.

“Gracias, carnal”, le dije, rozando su mano adrede al tomar la bolsa. Su piel estaba caliente, ligeramente húmeda por el sudor. Él se sonrojó un poco, pero no se apartó. Ahí fue cuando se me ocurrió. Saqué mi cartera de nuevo y le extendí un billete de 100 pesos extra. “Oye, ¿y si te doy mi número? Si algún día necesitas lana extra, avísame. Puedo pagarte bien por… compañía”. Lo dije directo, mirándolo a los ojos. Él parpadeó, confundido, pero tomó el billete y mi número garabateado en un papel. “Eh… está bien, señor. Gracias”. Se fue en su moto, y yo cerré la puerta con el corazón latiendo fuerte, el aroma de su colonia todavía flotando en el aire. Comí mis tacos pensando en él, imaginando cómo sería tocar esa piel morena, suave, sin un solo vello en el pecho o las piernas.

Esa misma noche, alrededor de las 11, mi teléfono vibró. Un mensaje de un número desconocido: “Hola, soy el repartidor de los tacos. Me llamo Alex. Necesito dinero para mi hijo, la mamá no ayuda mucho. ¿Cuánto ofreces?”. Mi polla se endureció al leerlo. Era hetero, como supuse, con un hijo que mantener. Le respondí rápido: “1200 por una hora. Ven a mi depa ahora. Te mando la ubicación”. No tardó en contestar: “Ok, voy en camino. Pero soy hetero, eh? Solo por la lana”.

Llegó media hora después, oliendo más fuerte a sudor fresco, a moto caliente y a esa misma colonia de limón que ahora se mezclaba con el olor masculino de su piel después de pedalear por la ciudad. Lo hice pasar, cerré la puerta y le ofrecí una cerveza fría. El vidrio sudaba en su mano mientras se sentaba en el sofá, nervioso, evitando mirarme directo. “Tengo un hijo de 2 años, la neta. Necesito pa’ pañales y leche”, murmuró, su voz ronca y baja. Yo asentí, entendiendo. Era delgado, pero fuerte; su abdomen marcado se veía bajo la camiseta que se levantó un poco al sentarse, dejando ver una línea de vello muy fino que desaparecía hacia abajo. “Tranquilo, Alex. Solo relájate. Yo pago, tú disfrutas… o al menos finge”. Le di los 1200 en efectivo por adelantado, billetes crujientes que él contó rápido y guardó en el bolsillo trasero. Se bebió la cerveza de un trago, el líquido frío goteando un poco por su barbilla lampiña.

Empecé despacio. Me senté a su lado y puse mi mano en su rodilla. La tela del pantalón estaba tibia, áspera por el uso. Él se tensó, pero no se movió. “Quítate la camiseta”, le dije, y obedeció. Al quitársela, el olor de su axila me llegó de golpe: sudor limpio, salado, mezclado con esa colonia que ya se había evaporado casi por completo. Su torso era perfecto: moreno, lampiño, con pectorales definidos y un six-pack que se contraía con cada respiración acelerada. Pasé mis dedos por su pecho; la piel era suave como seda caliente, sin rastro de vello, solo el latido fuerte de su corazón bajo mis yemas. Bajé la mano a su abdomen, trazando las líneas marcadas de sus músculos, sintiendo cómo se contraían bajo mi toque. Él cerró los ojos, respirando hondo, el aliento cálido rozándome la cara. “Está bien, carnal. Solo hazlo”, murmuró, voz temblorosa.

Le desabroché el pantalón y lo bajé junto con los boxers. El olor se intensificó: almizcle masculino, sudor acumulado del día, un toque salado y terroso que salía directo de su entrepierna. Ahí estaba: su polla flácida al principio, pero empezando a endurecerse. Era enorme, unos 23 cm cuando se paró por completo, gruesa como mi muñeca en la base, venosa, pesada, con la cabeza oscura y brillante. Lo que me volvió loco fue su pubis: mucho vello largo, negro y rizado, denso como un bosque espeso, contrastando brutalmente con el resto de su cuerpo lampiño. Enredé mis dedos en ese pelo áspero y largo, tirando suavemente; olía intensamente a hombre, a sexo crudo. Él gimió, sorprendido. “No me depilo ahí, carnal. A mi ex le gustaba así”.

Me arrodillé frente a él. Su polla ya estaba semierecta, caliente en mi mano; apenas podía rodearla con los dedos. Lamí la punta: salado, ligeramente amargo por el precum que salía en gotas gruesas y pegajosas. El sabor se mezclaba con el aroma fuerte de su vello púbico que rozaba mi nariz cada vez que bajaba. Chupé despacio al principio, rodeando la cabeza con mi lengua, sintiendo las venas palpitar bajo la piel tersa. Luego bajé, tragándome lo que podía —apenas la mitad—, la garganta estirándose por su grosor. Los vellos largos me hacían cosquillas en los labios y la nariz, ásperos y húmedos por mi saliva. Era salvaje, primitivo. Él jadeó, poniendo una mano en mi cabeza, dedos callosos enredándose en mi pelo. “Ay, pinche… eso se siente bien”. Chupé más fuerte, subiendo y bajando, la saliva goteando por su verga y empapando ese vello espeso. Él empujaba sus caderas, follando mi boca con movimientos cada vez más profundos, el sabor salado inundándome la boca.

Lo saqué un momento para lamer sus bolas: suaves, lampiñas, calientes y ligeramente arrugadas. Las chupé una por una, sintiendo cómo se contraían en mi boca mientras mi mano masturbaba su verga, tirando del vello largo con cada pasada. El olor de su entrepierna me llenaba los pulmones: sudor, piel, macho puro.

Después de unos minutos, lo llevé al cuarto. Se quitó todo, quedando desnudo. El aire fresco del ventilador le erizaba la piel morena. Lo empujé a la cama boca arriba. Saqué lubricante: el olor fresco y químico se mezcló con el suyo. “Voy a chuparte el culo primero”. Él dudó, pero abrió las piernas. Su culo era lampiño, suave, con un agujero rosado que se contraía al tocarlo. Lamí alrededor: sabor salado de sudor, piel tibia y limpia. Metí la lengua despacio, sintiendo cómo se abría, caliente y apretado. Él gimió fuerte: “¡Puta madre, eso… eso es raro pero rico!”. El sabor era sutil, casi dulce por dentro. Lamí más profundo, follándolo con la lengua mientras mi mano masturbaba su verga de 23 cm, tirando del vello púbico. Su abdomen marcado ondulaba, sudor perlando su piel morena.

No aguanté más. Me desnudé. Me puse lubricante: frío al principio, luego cálido al frotarlo. “Voy a cogerte, Alex. Relájate”. Empujé despacio. Su agujero se resistía, caliente y estrecho. Entré centímetro a centímetro, sintiendo cada anillo de músculo ceder. Cuando estuve todo adentro, el calor me envolvió como un guante ardiente. Él gritó: “¡Ay, duele, carnal! Pero… sigue”. Empecé a bombear despacio, el sonido húmedo de lubricante y piel chocando llenando la habitación. Su interior me apretaba con fuerza, palpitante. Su polla se endureció de nuevo, balanceándose pesada con cada embestida. Lo follé más fuerte, mis manos en su abdomen marcado, sintiendo los músculos contraerse bajo mis palmas sudadas. “¡Más duro, José!”, gemía.

Lo puse en cuatro. Su espalda lampiña brillaba de sudor. Entré de nuevo, profundo. Mis bolas chocaban contra las suyas con un sonido seco y rítmico. Agarré su vello púbico desde atrás, tirando fuerte; el pelo áspero entre mis dedos. Él se masturbaba, gimiendo. “Me voy a venir… ahhh!”. Su culo se contrajo violentamente, ordeñándome, y eyaculó chorros calientes y espesos que salpicaron las sábanas con olor salado y almizclado.

Salí, me quité el condón y me vine en su espalda: semen caliente chorreando por su piel morena, bajando por la columna hasta su culo abierto y rojo.

Jadeamos. Pensé que se iría, pero se quedó. Giró la cabeza: “Oye, José… ¿y si ahora me toca a mí?”. Lo miré incrédulo. “¿Qué?”. “Me pagaste por una hora, ¿no? Pero… la neta, me gustó. Quiero probar cogerte a ti. ¿Cuánto más me das?”. Mi polla latió de nuevo. “Otros 800… pero con ganas”. Sonrió pícara.

Me puse boca abajo. Sentí sus manos callosas abrirme las nalgas, el aliento caliente en mi piel. Untó lubricante: frío, resbaloso. Metió un dedo, luego dos, torpe pero curioso. “Así se siente, ¿verdad?”. Luego la punta de su verga: enorme, caliente, presionando. Empujó despacio. El estiramiento fue intenso, ardiente, casi doloroso al principio. Entró hasta la mitad y se detuvo, jadeando. “Puta madre, estás apretado…”. Siguió, centímetro a centímetro, hasta que sus bolas pesadas tocaron las mías. El vello largo rozaba mis nalgas lampiñas, áspero y húmedo.

Empezó a moverse: lento, profundo, el sonido de piel contra piel, el olor de sudor y sexo llenando el cuarto. Aceleró, agarrándome las caderas con fuerza. Su abdomen marcado chocaba contra mi espalda, sudor mezclándose. “¡Ah, mierda, esto se siente increíble!”, gruñía. Mordió mi hombro, dientes en mi piel. Cambió ángulo, golpeando mi próstata: electricidad pura. Me masturbé, sintiendo cada embestida profunda. “Me vengo otra vez…”. Eyaculé fuerte, semen caliente salpicando. Él gruñó, se clavó hasta el fondo y se vino dentro del condón, palpitando, chorros calientes que sentí dentro de mí.

Se quedó dentro un rato, respirando contra mi nuca, sudor goteando de su pecho a mi espalda. Salió despacio. “La neta… no pensé que me iba a gustar tanto”, murmuró, riendo nervioso. Le di los 800. Se vistió, me dio un apretón en el hombro. “Gracias, carnal. Si necesitas otra ronda… ya sabes dónde encontrarme. Por mi hijo, y… porque estuvo chingón”.

Se fue. Yo me quedé en la cama, el culo adolorido y lleno de su calor residual, el olor de su vello púbico, su sudor y su semen todavía pegado a mi piel. Tal vez lo llame de nuevo. O tal vez él me escriba primero.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.