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El taxista peludo que me reventó mis adentros

Me llamo Javier, tengo 25 años. Esa noche salía de un bar, borracho pero no tanto como para no notar lo cachondo que andaba después de ver a un par de carnales besuqueándose en la esquina. No tenía lana para Uber, así que paré un taxi viejo, de esos con olor a cigarro rancio y asientos pegajosos de vinil.

El taxista era de unos 35 años, moreno, con camisa desabotonada dejando ver un pecho peludo, brazos gruesos marcados por venas, y una cara de macho alfa con bigote espeso. Olía a sudor del día entero manejando, mezclado con colonia barata y un toque a cerveza tibia que se filtraba desde su aliento.

Subí atrás, le di la dirección de mi depa. En el retrovisor, noté cómo me echaba ojo: “Noche larga, ¿eh, carnal? Se te ve caliente”. Reí nervioso, pero mi verga ya latía contra el jean. “Sí, wey, pero no encontré con quién desahogarme”. Él sonrió torcido, acelerando por una avenida oscura: “Pinche, yo igual. Mi morra en casa con los chavos, pero no me da ni madres desde hace semanas. Tengo los huevos a reventar de leche acumulada”. El corazón me latió fuerte; era hetero casado, pero el morbo me ganó. “Neta? Pues si quieres, yo te ayudo a vaciarlos. Discreto, aquí en el carro”.

Paró en un callejón olvidado atrás de un Oxxo, luces apagadas, solo el zumbido de un poste de luz. Se pasó al asiento trasero, su cuerpo pesado aplastándome contra la puerta. “Chúpamela, pinche puto. Limpia mi verga sucia del día”. Me abrió el cierre del pantalón mugroso, sacando una verga gruesa y oscura, de unos 18 cm, venosa como raíces torcidas, cabeza morada hinchada y goteando precum espeso.

Olía fuerte: sudor rancio concentrado en el prepucio, un poco de orina seca del último meado en la carretera, y ese almizcle macho que me mareó de calentura. Me agaché, lamí la cabeza: salada, amarga por el sudor acumulado, chupando despacio al principio, rodeando con la lengua las venas palpitantes. “Chúpala toda, maricón. Siente cómo sabe mi verga de taxista casado”. Subí y bajé el ritmo, saliva goteando por su eje, mis manos masajeando sus bolas pesadas y peludas, oliendo a culo sucio y testosterona reprimida. Me folló la boca fuerte, agarrándome el pelo, empujando hasta el fondo: “Traga, pinche tragador, chúpame como mi morra nunca lo hace”.

No aguantó mucho; me levantó jadeando: “Ahora te rompo el culo, wey. Tengo demasiada leche pa’ solo chupadas”. Me bajó los jeans de un tirón, mi verga saltando libre, pero él me dio la vuelta contra el asiento, culo en pompa. Escupió en mi raja —saliva espesa y caliente resbalando por mi agujero lampiño— y untó con sus dedos gruesos y callosos del volante. “Abre bien, pinche puto. Voy a clavarte mi verga casada hasta los huevos”. Empujó de golpe, el dolor cegador como si me partiera en dos, su grosor estirándome brutalmente.

Grité “¡Puta madre, rómpeme!”, empujando hacia atrás para que entrara todo. Sus bolas peludas chocaron contra las mías con un plaf húmedo y sucio, y empezó a follarme como bestia: embestidas salvajes, cada una golpeando mi próstata y sacándome gemidos rotos, su panza firme chocando contra mi espalda con sonidos pegajosos de sudor. “Toma mi verga de hetero, puto. Mi morra no me da esto, pero tu culo sí, ¿verdad? Pinche tragón de leche casada”. El carro se mecía con cada clavada, el vinil pegajoso bajo mis rodillas, el olor a sexo crudo, sudor rancio y precum llenando el espacio cerrado, mezclado con el humo de cigarro impregnado en los asientos.

Me folló así quince minutos, mis manos arañando el respaldo, dejando marcas en el vinil. Cambiamos: me sentó en su regazo, facing him, su verga clavada profundo mientras rebotaba. Masturbaba mi verga con su mano áspera, tirando fuerte: “Grita, pinche maricón. Que se oiga cómo te rompo en mi taxi”. Grité: “¡Más duro, cabrón casado! ¡Lléname con tu leche acumulada!”.

Aceleró desde abajo, agarrándome las nalgas con fuerza, mordiéndome el cuello hasta dejar marcas rojas, sus dientes raspando mi piel sudada. “Me vengo adentro, pinche puto… ¡toma toda mi leche reprimida, la que mi morra no quiere!”. Se clavó hasta el fondo, sus bolas contrayéndose contra mí, y eyaculó con fuerza: chorros calientes, espesos y abundantes, uno tras otro, palpitando dentro de mí, llenándome el culo hasta rebosar, goteando por mi raja y manchando sus muslos morenos y peludos.

Me vine al sentirlo palpitar, chorros calientes salpicando su pecho sudado y el mío, espeso y blanco contrastando con su piel morena. Se quedó dentro un rato largo, respirando pesado contra mi cuello, su verga ablandándose poco a poco pero todavía ocupando espacio, taponeando su propia leche dentro de mí como corcho. “Puta, Javier, qué buen culo. Mi morra ni idea, pero neta, tu hoyo es mejor que su coño seco”. Salió despacio, un chorro de semen cayendo en el asiento, manchando el vinil con nuestra mezcla viscosa.

Me dejó en mi depa gratis, el culo adolorido y lleno, y me mandó su número: “Llámame cuando quieras taxi… y verga”. Desde entonces, lo llamo cada semana. Mi taxista hetero favorito, vaciándose en mí mientras su familia duerme.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.