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Fui a dar a la cárcel y ahí le di las nalgas a un oficial

Me llamo Marcos, tengo 26 años ahora, pero cuando entré a esa pinche cárcel en Torreón, tenía 25 y estaba cagado del miedo. Me metieron por un jale de drogas que salió mal: vendía mota en las calles de Gómez Palacio, pero un pinche soplón me delató y me cayeron los judiciales. Un año entero en esa mierda de reclusorio, donde el aire apesta a sudor rancio, meados viejos y humo de cigarro barato. Las celdas son jaulas de animales, con literas oxidadas y colchones delgados como papel, llenos de chinches que te pican los huevos toda la noche. Al principio, me hice el fuerte: tatuajes en los brazos, mirada de “no me chingues”, pero adentro era un morrito virgen en culo, aunque ya había chupado vergas en la calle por unos pesos.

El oficial que me rompió se llamaba Ramírez, un cabrón de unos 40 años, moreno quemado por el sol coahuilense, cuerpo fornido de gimnasio carcelario, brazos gruesos con venas marcadas, bigote espeso y ojos negros como pozos. Traía siempre el uniforme ajustado, marcando un bulto impresionante en el pantalón caqui, y olía a colonia barata mezclada con sudor macho y autoridad. Era el jefe de turno en mi módulo, un hijo de puta que mandaba con gritos y porrazos, pero a veces te miraba como si quisiera comerte el culo. Yo lo notaba: cuando pasaba revista, sus ojos se clavaban en mi trasero, y una vez me cacheteó “por accidente” al revisarme.

La primera vez fue una noche de mierda, como la tercera semana adentro. Estaba solo en mi celda —mi compañero de litera estaba en el hospital por una pelea— , tratando de dormir en el colchón sucio, el calor pegajoso haciendo que sudara hasta los cojones. Oí el ruido de llaves: la puerta se abrió con un chirrido metálico que me heló la sangre. Era Ramírez, linterna en mano, iluminando mi cara. “Levántate, pinche puto. Revisión sorpresa”. Me paré rápido, en calzones blancos ajustados que marcaban mi verga semi-dura por el miedo y la adrenalina. Él cerró la puerta detrás, el clic de la cerradura sonando como sentencia.

Me empujó contra la pared fría y oxidada, su cuerpo pegado al mío. Olía fuerte: sudor del día, colonia rancia y un toque a verga excitada. “Te he visto, Marcos. Andas moviendo el culo como puta en la cárcel. ¿Quieres que te proteja? Pues dame algo a cambio”. Me bajó los calzones de un tirón, mi verga saltando libre, dura por el morbo enfermo. Él se abrió el cierre del uniforme, sacando una verga gruesa, morena, venosa, de unos 19 cm, con cabeza gorda y bolas peludas colgando pesadas. Olía a hombre sin lavar del turno: sudor salado, un poco de orina seca y almizcle macho que me puso más cabrón.

“Chúpamela primero, pinche maricón”, gruñó, agarrándome el pelo corto y empujándome de rodillas al piso frío y sucio, lleno de polvo y colillas. Lamí la cabeza: salada, amarga por el sudor acumulado, el prepucio retrayéndose para dejar salir más olor. Chupé despacio, rodeando con la lengua, tragándome la mitad mientras él empujaba mis caderas. “Más profundo, puta. Limpia mi verga de oficial”. Subí y bajé, saliva goteando por su eje venoso, sus bolas peludas rozando mi barbilla, oliendo a culo sucio y sudor. Me folló la boca fuerte, agarrándome el cráneo, gruñendo “Buena puta carcelaria, traga esa verga de ley”.

No aguantó mucho. Me levantó, me dio la vuelta y me puso contra la pared. Escupió en mi culo virgen, su saliva espesa resbalando por mi raja lampiña. “Abre las nalgas, pinche reo. Voy a romperte el culo por primera vez”. Empujó de golpe, sin lubricante más que su escupitajo. El dolor fue como si me clavaran un fierro caliente: grité “¡Puta madre, duele!”, pero él tapó mi boca con su mano callosa, oliendo a tabaco y metal. Entró todo, sus bolas chocando contra las mías con plaf húmedo. Empezó a follarme como bestia: embestidas salvajes, cada una sacándome gemidos ahogados, su panza firme golpeando mi espalda, sudor chorreándonos a los dos. “Te gusta, ¿verdad? Pinche puto de cárcel, sintiendo la verga de tu oficial”. El chapoteo era obsceno, mi culo apretando su grosor, sintiendo las venas palpitar dentro, el olor a sexo crudo y cárcel llenando la celda.

Me folló así diez minutos, mis manos arañando la pared oxidada, dejando marcas en el metal. Cambiamos: me tiró a la litera de abajo, el colchón delgado crujiendo bajo nuestro peso. Me puso boca arriba, piernas abiertas como puta. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi próstata con cada clavada. Masturbaba mi verga con su mano áspera, tirando fuerte. “Grita bajo, pinche maricón, o te meto en el hoyo”. Pero yo gemía: “¡Sí, oficial! ¡Rómpeme más!”. Aceleró, sus bolas pesadas plaf contra mi culo, el sudor goteando de su pecho peludo a mi abdomen. “Me vengo adentro, pinche reo. Toma mi leche de ley”. Se clavó hasta el fondo y eyaculó chorros calientes, espesos, abundantes, llenándome el culo hasta rebosar, goteando por mis muslos al colchón sucio.

Se quedó dentro un rato, respirando pesado, su verga ablandándose. Salió con un sonido húmedo, semen chorreando. Se subió el cierre, me miró con sonrisa torcida. “Buen culo, Marcos. Mañana te protejo… pero vuelves a ser mi puta”. Se fue, dejando la celda cerrada.

Yo me quedé ahí, el culo ardiendo y lleno de su leche caliente que escurría, oliendo a semen de oficial y cárcel. Me vine tocándome, chorros salpicando mi pecho, pensando en que ese año en Torreón iba a ser largo… pero con Ramírez rompiéndome, no tan malo.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.