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En la alberca me cogí a mi primo

Me presento: soy Francisco, y actualmente tengo 27 años, pero esta historia ocurrió cuando apenas contaba con 22. En esa época, era un joven trigueño de piel morena y cálida, alto como para destacar en cualquier multitud –midiendo alrededor de 1.85 metros–, con un cuerpo musculoso forjado por horas en el gimnasio, donde levantaba pesas con dedicación para esculpir mis brazos, pecho y abdomen. Además, contaba con una verga de unos 19 centímetros que siempre me hacía sentir confiado en mi masculinidad.

Mis padres habían organizado una gran reunión familiar en nuestra casa, un evento que reunía a parientes de todas partes para celebrar lazos que a veces se diluían con el tiempo y la distancia. Era una de esas tardes perfectas de verano, con el sol brillando intensamente sobre el jardín, el aroma a carne asada flotando en el aire y risas resonando por todas partes.

Debo aclarar algo importante: nunca había conocido en persona a mi primo paterno, ya que él vivía en Estados Unidos desde que éramos niños. Sus visitas a México eran raras, casi legendarias en las historias que contaban mis tíos, y yo solo lo había visto en fotos familiares descoloridas o en alguna videollamada ocasional. Por eso, esta reunión era especial; él era el invitado de honor, llegando directamente desde el aeropuerto con un acento ligeramente americanizado que lo hacía sonar exótico entre nosotros.

Cuando por fin apareció en la puerta, con su maleta a cuestas y una sonrisa tímida, me cautivó al instante. Era blanquito, con una piel pálida que contrastaba con el bronceado de la mayoría de la familia, delgado pero con un físico bien definido –de esos que se logran con rutinas de cardio y algo de CrossFit–, y un culo firme y redondeado que se notaba incluso bajo sus jeans ajustados. Supongo que tenía más o menos mi edad, quizás un par de años menos, con ojos claros que reflejaban una curiosidad juguetona y cabello corto, peinado con gel para darle un toque moderno.

Al verlo por primera vez, noté cómo sus ojos se detuvieron en mis pectorales –o “tetas”, como las llamaban en broma algunos amigos en el gimnasio–, expuestos bajo una camiseta ajustada que dejaba poco a la imaginación. Fue un momento electrizante, una mirada que duró solo unos segundos pero que sentí como un roce invisible, cargado de tensión sutil. Hicimos clic de inmediato, como si una conexión invisible nos uniera más allá de la sangre compartida.

Empezamos a platicar ligeramente al principio, sobre trivialidades: cómo era la vida en Estados Unidos, el tráfico caótico de la ciudad, o las diferencias en la comida –él extrañaba los tacos auténticos, y yo le conté anécdotas de mis viajes locales. La conversación fluyó con naturalidad, salpicada de risas y miradas que se prolongaban un poco más de lo necesario, creando una complicidad que nadie más parecía notar en medio del bullicio familiar.

Nuestra casa contaba con una piscina amplia y refrescante, rodeada de palmeras que proporcionaban algo de sombra y un toque tropical al patio trasero. Todos aprovechamos la oportunidad para bañarnos, sumergiéndonos en el agua cristalina para escapar del calor abrasador del día. El sol pegaba fuerte, haciendo que las gotas de agua brillaran como diamantes sobre nuestra piel, y el ambiente se llenó de chapoteos, gritos juguetones y el olor a protector solar mezclado con cloro.

Pasamos horas disfrutando: nadando competencias improvisadas, lanzando pelotas de playa y compartiendo anécdotas familiares alrededor del borde de la piscina. Mi primo y yo nos encontramos a menudo en el agua, rozándonos accidentalmente –o no tan accidentalmente– mientras jugábamos, lo que avivaba esa chispa inicial.

Ya entrada la noche, cuando el sol se hundió en el horizonte dejando un cielo estrellado y una brisa fresca, la reunión evolucionó hacia un tono más relajado y etílico. Todos comenzaron a tomar: cervezas heladas, tequila con limón y sal, y mezclas improvisadas que circulaban de mano en mano. La música sonaba de fondo, un playlist de cumbias y reggaetón que invitaba a mover el cuerpo, pero poco a poco, el cansancio del día se apoderó de los invitados. Uno a uno, se fueron retirando a las habitaciones de huéspedes o a sus hogares cercanos, dejando ecos de conversaciones apagadas y el tintineo de vasos vacíos.

La casa se sumió en un silencio cómplice, interrumpido solo por el croar de las ranas en el jardín y el lejano ladrido de un perro. Fue en ese momento de quietud cuando las cosas empezaron a tomar un rumbo inesperado, con mi primo y yo solos en la penumbra, compartiendo una última cerveza bajo las luces tenues de la piscina, donde el agua aún reflejaba la luna como un espejo plateado.































No nos dimos cuenta pero por ahí de las 11 casi 12, yo seguía en la piscina al igual que mi primo, donde estuvimos hablando sobre qué había pasado en los años, como le había tocado su vida, como se llevaba con sus papás y cosas así. No se exactamente cómo fue que llegamos a un punto que hablamos sobre novias, ligues de una noche y la forma en la que cogiamos.

Ahí fue que yo le confesé que era bisexual, y que por tanto había tenido novias y novios durante los últimos años. Él me dijo que aún no había tenido novia formal y que le gustaba mucho las mujeres pero que últimamente le salían muchos reels de hombres se mi desnudos dando rutinas de gym y que eso le gustaba ver, claro que se amparaba en el tema de las rutinas de ejercicio.

Ahí fue que sospeche que era gay porque conforme la conversación avanzaba me veía de forma diferente, fijándose mucho para abajo del agua, como queriendo verme y me preguntó cómo había tenido todo ese cuerpo,

Yo-Quieres tocarlo? — pregunté
P-Ok

Se acercó a mí y Comenzó por las tetas, las sobaba queriéndolas chupar, luego siguió el abdomen, y por último la espalda, le dije

Yo-Si quieres conocer a mi amiguito puedes hacerlo, pero abajo del agua

El se agachó, me bajó el short y me comenzó a mamar o al menos lo intentaba sin tragar tanta agua. Noté que yo también estaba súper caliente y que esa posición no era la más cómoda para disfrutar por completo lo que mi primito me hacía así que nos fuimos a una parte donde había poco nivel de agua.

Me senté justamente en el primer escalón de la escalera de la alberca, que estaba en una esquina de la misma; adentro de la casa todo se veía en calma y yo tomé la precaución de bajar la intensidad de la luz de la alberca. Con esta precaución hecha me tiré en ese primer escalón y él se hinco tres escalones más abajo para quedar justo a la altura de mi verga que estaba erecta al mil.

La tengo rosita, lo presumo, y aunque tengo poco vello prefiero tenerlo súper recortado para que se me vea aunque más grande. Él la tomaba con la derecha y la veía, la olía y la chupaba bien rico, con un poco de ingenuidad pero se la lograba meter toda a su boca provocándose arcadas y en mi pequeños gemidos del placer de sentir su garganta abordando mi verga.

Yo-Ahh~ primito no te conocía tan bien ahhh~
P-Eso no es lo mejor que sé hacer, solo que necesito que me prometas que todo lo que haremos quedará entre nosotros.

Se giró e intentó meter mi verga, pero era grande y gruesa y con lo reseco del agua con cloro no iba a ser fácil así que le dije “súbete que te chupo el culo primero a ver si logro abrirtelo”. Él se puso rojo y me dijo que no se lo habían hecho antes.

Era su primera vez y yo sería ese primero así que me esmeré; le chupaba el culo con todo mi ser, dejando mucha saliva y tratando de meter cada vez más mi lengua; confieso que era muy rico, suave, blanquito y con pelitos muy delegaditos alrededor de su agujero. Poco a poco ese agujerito primerizo se iba abriendo con más facilidad.

De mi lado yo estaba con mi verga bien parada y cuando creí que ya estaba suficientemente dilatado, o al menos bien ensalivado, lo giré y le metí hasta la mitad de mi verga en un solo empujón. Obviamente él gritó así que rápido le tape la boca.

En eso se asomó mi tío al porche de atrás y rápidamente lo metí debajo del agua
T-Oye sobrino haz visto a mi hijo?
Yo-Bo se tio tal vez por el baño

Mi tio que seguía borracho siguió buscándolo. Yo lo saqué del agua y empecé a bombearlo como pude, porque sabía que teníamos poco tiempo y no quería quedarme así como estaba, por lo que luego de un par de minutos cogiendolo dije ya me vengo, lo agarré de las manos y le di cada vez más duro, y me vine en su culito.

Entonces me puse mi short y nos fuimos a mi cuarto; ya en lo privado de mi habitación, lo traté como mi putita, me limpió la verga nuevamente a mamadas lo que hizo que ésta se pusiera híper dura otra vez y volvimos a coger ahora ya en la comodidad de mi cama.

Le di de perrito, piernas al hombro, me cabalgó pero decidí venirme por segunda vez pidiéndole que se tirara boca abajo y acostado sobre él fue que llegué a mi clímax, volviéndole a dejar mi ahora poca leche dentro de él.































Mi primo se quedó a dormir esa noche y varios días más en los que aprovechábamos y cogiamos todo el día aprovechando que mis padres trabajaban y que teníamos la casa sola, si quieren más relatos sobre este suceso, pídanmelo…

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