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El morbo le ganó a la culpa: el novio de mi mejor amiga

Era una noche de viernes en la ciudad, y mi mejor amiga, Ana, había invitado a un grupo pequeño a su departamento para una cena casual. Yo soy Alex, tengo 25 años, y siempre he sido el amigo gay confiable en su círculo. Su novio, Marco, es un tipo guapo de gym, moreno, con músculos definidos y una sonrisa que podría derretir hielo. Llevaban saliendo unos seis meses, pero esa noche, las cosas se pusieron tensas.

Todo empezó con una discusión tonta sobre planes para el fin de semana. Ana quería ir a un concierto romántico, pero Marco insistía en que prefería quedarse en casa viendo un partido con sus amigos. La cosa escaló rápido: ella lo acusó de ser egoísta, él de ser controladora. Gritaron, se dijeron cosas hirientes, y al final, Ana se encerró en su habitación llorando, gritando que no quería verlo más esa noche. Marco, furioso, se quedó en la sala conmigo y un par de amigos más, pero pronto todos se fueron, dejándonos solos a los dos.

Yo intenté calmarlo. “Tranquilo, bro, se le pasará. Ana es así, pero te quiere.” Marco se sirvió otro trago de tequila y se sentó a mi lado en el sofá, su rodilla rozando la mía accidentalmente. Olía a colonia fresca mezclada con sudor de la tensión. “No sé, Alex. A veces siento que no encajamos. Y tú… tú siempre estás ahí, escuchando.” Me miró de una forma rara, como si me viera por primera vez. Yo sentí un cosquilleo en el estómago; siempre había fantaseado con él en secreto, pero nunca lo admitiría.

El alcohol nos soltó la lengua. Hablamos de relaciones, de lo que nos gustaba en la cama. Marco confesó que Ana era un poco conservadora, que él quería experimentar más. “Como qué?”, le pregunté, mi voz bajando un tono. Él se acercó más, su mano en mi muslo. “No sé… cosas nuevas. Con alguien que entienda.” Nuestras miradas se cruzaron, y antes de que pudiera pensar, sus labios estaban sobre los míos. Besaba con hambre, su lengua invadiendo mi boca, áspera y dominante. Mis manos fueron directo a su pecho, sintiendo los músculos bajo la camisa.

Nos desvestimos rápido, como si tuviéramos miedo de que Ana saliera en cualquier momento. Marco me empujó contra el sofá, quitándome los pantalones. Mi polla ya estaba dura, palpitando contra mis boxers. Él se arrodilló, bajándolos de un tirón, y sin preámbulos, la tomó en su boca. Chupaba con fuerza, su lengua girando alrededor de la cabeza, succionando como si quisiera devorarme. Gemí, agarrando su cabello corto, empujando mis caderas hacia él. “Joder, Marco, sí… más profundo.” Él obedeció, tragándosela toda hasta que sentí su garganta apretándome.

No duré mucho en su boca; estaba demasiado excitado. Me corrí con un gruñido, llenándole la boca de semen caliente. Él lo tragó todo, mirándome con ojos lujuriosos mientras se limpiaba los labios. “Tu turno,” dijo, poniéndose de pie y bajándose los jeans. Su polla era gruesa, venosa, unos 18 centímetros de puro músculo latino. Me arrodillé y la lamí despacio, saboreando el precum salado. La metí en mi boca, chupando con ritmo, mis manos en sus bolas peludas. Marco gemía, follándome la boca con empujones suaves. “Eres mejor que ella en esto,” murmuró, lo que me encendió más.

Quería más. Lo empujé al sofá y me senté a horcajadas sobre él. Saqué un condón de mi cartera (siempre preparado) y se lo puse, lubricándolo con saliva. Me posicioné sobre su polla y bajé despacio, sintiendo cómo me abría. Dolía un poco al principio, pero el placer era intenso. Empecé a moverme arriba y abajo, cabalgándolo con fuerza. Sus manos en mis caderas, guiándome. “Joder, Alex, estás tan apretado… sí, así.” Golpeaba mi próstata con cada embestida, haciendo que mi polla se endureciera de nuevo.

Cambiamos de posición: me puso de espaldas en el sofá, levantándome las piernas. Entró de nuevo, follándome duro, sus bolas chocando contra mi culo. Sudábamos, el sofá crujía bajo nosotros. “Dime que te gusta,” gruñó. “Me encanta tu polla, Marco… fóllame más fuerte.” Aceleró, sus embestidas salvajes, hasta que sentí su cuerpo tensarse. Se corrió dentro del condón con un rugido, temblando sobre mí. Yo me masturbé rápido, corriéndome de nuevo sobre mi abdomen.

Nos quedamos ahí, jadeando, hasta que la realidad nos golpeó. Ana seguía en su habitación. Nos vestimos en silencio, y Marco me dio un beso rápido antes de decir: “Esto no pasó, ¿ok?” Asentí, pero en mi mente, ya planeaba la próxima vez. Salí del departamento con una sonrisa secreta, sabiendo que había cruzado una línea, pero joder, valió la pena.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.