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Así fue mi primera vez con mi amigo de la universidad

Oye, me llamo Diego, tengo 18 años y estoy en primer semestre de la uni aquí en Monterrey. Soy un chavo normal, alto como 1.80, moreno con pelo corto y algo de barba incipiente, juego basquet en el equipo de la facultad pero nada pro. Mi compañero de salón se llama Marco, también 18, un poco más bajo que yo, como 1.75, blanco con ojos verdes y pelo negro liso que le cae en la cara.

Es flaco pero tonificado porque hace gym, y siempre anda con camisetas ajustadas que marcan sus brazos. Somos cuates desde el primer día de clases, nos sentamos juntos en mate y en historia, nos pasamos apuntes y bromeamos sobre las chavas de la clase. Pero la verdad, yo siempre sentí algo raro con él, como una vibra diferente. Nunca había estado con un chavo, soy virgen en todo, solo besos con chicas en fiestas, pero Marco me ponía nervioso, me sudaban las manos cuando me tocaba el hombro o me mandaba memes guarros por WhatsApp.

Todo empezó una noche de jueves, después de un examen cabrón que nos dejó fritos. Estábamos en la biblioteca de la uni estudiando hasta tarde, solos porque todos se habían ido. El lugar estaba vacío, solo la luz fluorescente y el olor a libros viejos. Marco y yo nos quedamos revisando respuestas, sentados uno al lado del otro en una mesa grande. Él se estiró y me dijo: “Puta, Diego, estoy reventado, pero me caes chido, ¿vamos a mi depa a seguir platicando? Tengo cervezas y Netflix.” Yo dudé un segundo, pero dije que sí, total, vivo en un dormitorio lejos y no quería caminar solo.

Llegamos a su depa, un lugar chiquito en el centro de Monterrey, cerca de la Macroplaza, con vistas a las luces de la ciudad. Era desordenado, posters de bandas en las paredes, una cama king en la sala porque no tenía habitación separada, y un sofá viejo. Sacó dos cervezas frías de la refri y nos sentamos en el sofá. Pusimos una peli de acción, pero ninguno la veía de verdad. Empezamos a platicar de todo: de las chavas que nos gustaban, de fiestas pasadas, y de repente Marco me dice: “Oye, wey, ¿has pensado en probar con un chavo? Tipo, solo por curiosidad.” Me quedé helado, mi corazón latiendo fuerte. Yo negué con la cabeza, pero mentí, porque sí lo había pensado, sobre todo con él. “Nah, soy hetero, pero… no sé, ¿tú?” Él se rio nervioso y dijo: “Yo tampoco, pero a veces miro porno gay y se me para. ¿Quieres ver uno rapidito?”

Joder, el ambiente se puso tenso. Asentí, rojo como tomate, y sacó su laptop. Puso un video de dos chavos jóvenes follando, uno activo y el otro pasivo, gimiendo y sudando. Nos quedamos viendo en silencio, bebiendo cerveza. Sentí mi verga endureciéndose en los pantalones, y vi que a Marco le pasaba lo mismo, un bulto en sus jeans. “Puta, está cabrón”, murmuró él, y sin pensarlo, puso su mano en mi muslo. No lo quité, al contrario, me acerqué más. Nos miramos y nos besamos, torpe al principio, sus labios suaves contra los míos, su lengua entrando en mi boca. Olía a cerveza y a su colonia fresca. Mis manos fueron a su pecho, sintiendo sus pezones duros bajo la camiseta.

Nos quitamos la ropa rápido, como si tuviéramos prisa. Yo me saqué la camiseta, mostrando mi pecho moreno con algo de vello en el centro, y él hizo lo mismo, su piel blanca y lisa, sin pelo casi. Bajamos los pantalones, quedándonos en boxers. Mi verga estaba dura como piedra, como 17 cm, gruesa y con venas, la cabeza roja y húmeda. La de él era un poco más larga, como 18 cm, delgada y curva, con la base rasurada. “Wey, eres grande”, dijo él, tocándome el bulto por encima de la tela. Yo le agarré la suya, sintiéndola palpitar. Nos besamos más fuerte, mordiéndonos los labios, mientras nos jalábamos las vergas mutuamente.

Lo empujé al sofá y me arrodillé entre sus piernas. Nunca había chupado una verga, pero quería probar. Bajé sus boxers y la saqué, oliendo a hombre, a sudor limpio. Lamí la cabeza, salada y caliente, y me la metí en la boca. Chupé despacio, succionando, mi lengua rodeando la punta. Marco gemía: “Ah, Diego, qué rico, sigue.” Intenté meterla más profundo, pero me atraganté un poco, saliva chorreando por mi barbilla. Él me guiaba con las manos en mi pelo, empujando suave. Chupé sus bolas también, peludas y suaves, lamiéndolas mientras le jalaba la verga.

Luego cambiamos, él se arrodilló y me chupó a mí. Joder, fue increíble. Su boca caliente envolviendo mi verga, chupando fuerte, su lengua en mis venas. Gemí alto, agarrando el sofá. “Marco, no pares, me vas a hacer venir.” Pero paramos porque queríamos más. Fuimos a la cama, desnudos del todo. Él sacó lubricante de un cajón –dijo que lo tenía por si acaso– y condones. “Quiero que me folles primero”, me dijo, rojo de vergüenza. Yo asentí, excitado como nunca.

Lo puse boca arriba, levanté sus piernas blancas y delgadas. Unté lubricante en mi verga y en su culo apretado, rosado y virgen. Metí un dedo primero, sintiendo lo caliente y estrecho. Él gimió de dolor al principio: “Despacio, wey.” Agregué otro dedo, masajeando adentro, tocando algo que lo hizo arquear la espalda. “Ahí, sí.” Cuando estuvo listo, me puse el condón y empujé despacio. Entró la cabeza, y dolió para él, lo vi en su cara fruncida. “Relájate”, le dije, besándolo. Empujé más, hasta que entró todo. Empecé a moverme lento, follando su culo apretado, sintiendo cómo me apretaba.

Aceleré, embistiendo más fuerte, mis bolas chocando contra su culo. Sudábamos un chingo, el cuarto oliendo a sexo. Él se jalaba la verga mientras yo lo follaba, gimiendo: “Más duro, Diego, fóllame como puta.” Yo gruñí, agarrando sus caderas, clavando mis uñas en su piel blanca. Cambiamos posición: lo puse a cuatro patas, admirando su culo redondo. Lo penetré de nuevo, desde atrás, tirando de su pelo. Mi verga entraba y salía, lubricada y caliente. Le di nalgadas, dejando marcas rojas. “Te gusta mi verga, ¿eh?”, le dije guarro.

No aguanté mucho, sentí el orgasmo venir. “Me vengo, Marco!” Saqué la verga, me quité el condón y me corrí en su espalda, chorros calientes y espesos cubriéndolo. Él se volteó y se corrió en su estómago, gimiendo mi nombre.

Descansamos un rato, jadeando, pero no habíamos terminado. Ahora era mi turno. “Fóllame tú”, le dije, nervioso pero cachondo. Él sonrió y me preparó igual: lubricante en mi culo moreno y peludo. Metió dedos, y joder, al principio dolió como la chingada, pero luego tocó mi próstata y fue placer puro, mi verga se endureció de nuevo. Me puse a cuatro, y él entró despacio. Su verga delgada me llenaba, quemando al inicio pero luego rico. Me folló lento, luego rápido, sus manos en mi espalda velluda.

Gemí como perra: “Más profundo, wey.” Él embistió fuerte, agarrando mi barba incipiente desde atrás. Cambiamos a misionero, mirándonos a los ojos mientras me follaba. Su sudor goteaba en mi pecho. Se corrió dentro del condón, gruñendo, y yo me jalé hasta correrme otra vez, manchando nuestros estómagos.

Nos quedamos abrazados, sucios de semen y sudor, riéndonos de lo loco que fue. “Fue mi primera vez, wey”, le dije. “La mía también”, respondió él. Desde entonces, somos más que cuates, follamos cuando podemos, en su depa o en baños de la uni. Nadie sabe, pero es lo mejor que me ha pasado. Monterrey es grande, pero nuestro secreto es cabrón.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.