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Toda la noche me cogió mi primito

Lo que les voy a contar sucedió hace apenas una semana, durante una visita a la casa de mi tía en Argentina. Hubo una gran fiesta familiar a la que asistió casi toda la parentela, con música retumbando, asado humeante y risas que llenaban el aire cálido de la noche. Al final, muchos se fueron, pero yo me quedé a dormir allí, ya que vivo lejos y el cansancio me vencía. Para ese entonces, había dos habitaciones disponibles: en una dormían mis tíos y mi primo menor, y en la otra, mi primo de 21 años y yo compartíamos una cama doble, con sábanas suaves pero arrugadas por el uso. Él es de complexión media, atlético con músculos definidos que se marcan bajo la piel bronceada, mientras que yo soy gordito, con curvas suaves y una piel que se sonroja fácilmente bajo el toque.

Cerca de las cinco de la mañana, me desperté por un ruido extraño —tal vez el viento contra la ventana o un crujido de la casa vieja—, y ya no pude volver a conciliar el sueño. Me quedé allí tumbado, con el corazón latiendo un poco más rápido por la oscuridad envolvente. Unos diez minutos después, me giré hacia mi primo, que se había dormido solo en boxers ajustados, revelando el contorno tentador de su bulto. Yo aún llevaba la ropa de la fiesta: una camisa desabotonada y pantalones holgados.

En ese momento, mis ojos se fijaron en su entrepierna; se veía algo duro, hinchado bajo la tela delgada, y una oleada de curiosidad morbosa me invadió. Extendí la mano con sigilo, rozando el bulto cálido, y metí los dedos dentro del boxer, envolviendo su verga semierguida. La sentí palpitar en mi palma, creciendo con cada caricia lenta y rítmica mientras lo masturbaba, el precúm resbaladizo lubricando mis movimientos y haciendo que mi propia excitación creciera en silencio.

Después de unos quince minutos de ese juego prohibido, sentí cómo mi primo, aún con los ojos cerrados pero claramente despierto, se bajó el boxer hasta las rodillas. Yo lo ayudé a sacárselo del todo, liberando su miembro imponente —de unos veinte centímetros de longitud, grueso y venoso, con una curva sutil que lo hacía aún más intimidante—.

Me incliné y empecé a chuparlo, mi boca envolviéndolo con calor húmedo, la lengua girando alrededor del glande hinchado mientras succionaba con avidez. Sentí sus dedos enredarse en mi pelo, tirando con fuerza para guiarme más profundo, un gemido ahogado escapando de su garganta. Unos minutos después, me agarró con decisión y me dio la vuelta, quedando encima de mí, su peso delicioso presionándome contra el colchón. Allí empezó a tallar su verga contra mi entrada, frotándola con insistencia hasta que, con un empujón firme, me penetró. Casi pegué un gemido ruidoso que habría despertado a toda la casa, pero él puso su mano en mi boca, silenciándome mientras me follaba con embestidas profundas y rítmicas, su sudor goteando sobre mi piel y el olor a masculinidad cruda invadiendo el aire.

Finalmente, con un gruñido gutural, se corrió dentro de mí, inundándome con chorros calientes y espesos que se derramaban en mi interior. Al final, me abrazó con fuerza, sus brazos envolviéndome en un capullo de calor agotado, y nos dormimos así, entrelazados, sin que él sacara su verga de mí en toda la noche —aún semidura, latiendo suavemente como un recordatorio vivo de nuestro secreto.

Al otro día, nos despertamos en la misma posición íntima, con su cuerpo pegado al mío y el sol filtrándose por las cortinas. Me miró con ojos intensos y susurró: “No le digas a nadie, ¿entendido?”. Ahí mismo, me besó con pasión, su lengua explorando mi boca en un beso profundo y posesivo. Justo cuando nos estábamos vistiendo, con movimientos apresurados, entró mi primo menor en la habitación, pero no sospechó nada; fingimos normalidad con una risa nerviosa.

Después de eso, no hablamos del tema, como si un pacto invisible nos uniera. Pero justo después de almorzar —un asado jugoso con chorizos y ensaladas frescas—, nos acostamos a dormir todos, como es costumbre en Argentina, donde la siesta es un ritual para escapar del calor del mediodía. Mis tíos roncaban en su habitación, mi primito menor estaba afuera con sus amigos, y solo quedé yo, acostado en la cama esperando a mi primo que estaba en el baño. Cuando llegó, nos pusimos a jugar videojuegos en nuestros celulares, compitiendo por una hora en rondas intensas que nos hacían reír y gritar de emoción.

Ganamos una ronda épica, y de la alegría, él me besó en los labios, un beso eléctrico que me dejó temblando. Después de tres rondas más, volvimos a ganar, pero esta vez se animó: se quitó el boxer y el pantalón, revelando su verga dura y lista, y se subió arriba de la cama y sobre mí. Me pasó la punta por los labios, rozando con un calor salado, y la metió en mi garganta. Yo se la mamé con avidez, succionando hasta que se corrió en mi boca —un sabor salado y adictivo, lo más rico que había probado, tragándome cada gota con deleite. Pensé que seguiríamos, pero un amigo lo llamó y no pudimos continuar.

Hasta la noche, cuando todo escaló de nuevo. Esa misma noche hubo una fiesta en una plaza cercana, con música vibrante y luces parpadeantes. Yo me volví a quedar a dormir en la casa de mi tía, y mi primo llegó algo borracho, con las mejillas sonrosadas y un brillo juguetón en los ojos. Ya todos acostados, el silencio roto solo por el zumbido de un ventilador lejano, yo estaba viendo TikToks en mi celular, recostado en boxers por el calor sofocante que pegaba la piel. Mi primo salió del baño y se acostó directamente desnudo a mi lado, su cuerpo fresco pero rápidamente calentándose. Yo seguí con los videos, pero él se pegó a mí desde atrás, apoyando toda su verga dura contra mis nalgas.

Me abrazó, sus manos subiendo por mi torso para tocar mis pezones, pellizcándolos hasta endurecerlos y hacerme jadear. Luego, me bajó el boxer y me folló así de costado, en posición de cucharita, su pecho contra mi espalda y embestidas profundas que duraron toda la noche, como por unas tres horas de placer ininterrumpido —lento al principio, acelerando hasta que el sudor nos unía y los gemidos se ahogaban en la almohada.

Al otro día, me desperté temprano con los primeros rayos del sol, y él aún me abrazaba, restregando su verga erecta contra mí en sueños, frotándola con movimientos involuntarios que me encendían. Lo acomodé con cuidado, girándome para mamársela despacio, envolviendo el glande con mi boca hasta que se corrió, y me tragué toda su leche cálida y espesa. Diez minutos después, se despertó con una sonrisa perezosa, me dio un abrazo apretado y un beso muy largo y apasionado, sellando nuestro secreto con lenguas entrelazadas en un baile lento y ardiente.




















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