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Mis prácticas en el asilo

Una noche, después de que Jimena terminara su ronda con Samuel, dejándolo una vez más agitado y con esa mirada de deseo reprimido que me clavaba como una daga caliente, no pude resistir más. El asilo estaba envuelto en un silencio opresivo, roto solo por el tic-tac distante de un reloj y el ocasional gemido de viento contra las ventanas empañadas.

El turno nocturno me había dejado exhausto, pero esa fatiga se mezclaba con una excitación que me ardía en las venas, un fuego que subía desde mi entrepierna y se extendía por todo mi cuerpo robusto, haciendo que mis nalgas gruesas se contrajeran involuntariamente bajo el uniforme ceñido. Mi piel morena picaba con anticipación, y el sudor perlaba mi frente mientras caminaba por el pasillo oscuro hacia su habitación, el suelo frío bajo mis zapatos de goma chirriando ligeramente con cada paso sigiloso.

Entré sin llamar, cerrando la puerta con un clic suave que resonó como un secreto compartido. Samuel estaba recostado en su cama, la sábana apenas cubriendo su torso velludo, iluminado por la luz tenue de la lámpara de noche que proyectaba sombras danzantes sobre sus músculos aún definidos. Sus ojos se iluminaron al verme, esa sonrisa pícara curvando sus labios arrugados, y noté inmediatamente la tienda que se formaba bajo la tela, su pene de más de veinte centímetros endureciéndose visiblemente, grueso y venoso, con esa piel negra y tersa que tanto me había tentado durante los baños. “Sabía que vendrías, muchacho”, murmuró con voz ronca, cargada de lujuria acumulada, extendiendo una mano temblorosa pero firme hacia mí.

Me acerqué, el corazón latiéndome en los oídos como un tambor de guerra, y me senté al borde de la cama, sintiendo el colchón hundirse bajo mi peso. El olor de su colonia amaderada se mezclaba con el aroma musgoso de su excitación, invadiendo mis fosas nasales y haciendo que mi propia verga se hinchara dolorosamente contra la tela de mis pantalones. “No puedo más, Samuel”, confesé en un susurro ahogado, mi voz entrecortada por el deseo. Mis manos, acostumbradas a curar y cuidar, ahora temblaban mientras levantaba la sábana, revelando su miembro erecto en toda su gloria: imponente, curvado ligeramente hacia arriba, el glande hinchado y rosado goteando precúm cristalino que brillaba como una promesa prohibida.

Lo tomé en mi palma, sintiendo su calor pulsante, las venas latiendo contra mi piel como ríos de fuego. Era grueso, apenas cabía en mi mano, y empecé a moverla arriba y abajo con lentitud deliberada, disfrutando del gemido gutural que escapó de su garganta, un sonido primitivo que me erizó la piel de la nuca. “Así, chico… más fuerte”, jadeó, sus caderas intentando empujar pese a la limitación de la silla de ruedas durante el día, pero ahora en la cama, su cuerpo respondía con una vitalidad sorprendente. Aceleré el ritmo, mi pulgar rozando el glande sensible, esparciendo el precúm por toda la longitud, haciendo que se volviera resbaladizo y caliente. Mi otra mano se deslizó por su pecho, pellizcando sus pezones endurecidos, sintiendo cómo se arqueaba bajo mi toque, su respiración convirtiéndose en jadeos irregulares.

No pude contenerme más. Me incliné, mi boca ansiosa envolviendo la cabeza de su pene, saboreando el salado dulzor de su esencia, mi lengua girando en círculos lentos mientras lo succionaba profundo, hasta que sentí el roce de su pubis contra mis labios. Él enredó sus dedos en mi cabello corto, tirando con fuerza, guiándome en un ritmo rudo que me hacía salivar y gemir alrededor de su grosor. “Joder, qué boca tan caliente”, gruñó, sus palabras entrecortadas por el placer, mientras yo lo devoraba con avidez, mi garganta relajándose para tomarlo más adentro, el sabor intenso invadiendo mis sentidos y haciendo que mi propia excitación goteara dentro de mis boxers.

Pero quería más, necesitaba sentirlo dentro de mí. Me levanté, quitándome el uniforme con manos febriles, revelando mi cuerpo apiñonado, mis nalgas gruesas y redondas temblando de anticipación. Samuel me miró con ojos hambrientos, sus manos extendiéndose para agarrarlas, amasándolas con fuerza, sus dedos hundiéndose en la carne firme y separándolas con un gruñido de aprobación. “Qué culo tan perfecto”, murmuró, escupiendo en su palma y deslizando un dedo entre mis glúteos, probando mi entrada apretada, haciendo que me arqueara y gimiera, un calor líquido expandiéndose por mi vientre.

Me posicioné sobre él, a horcajadas en la cama, guiando su pene gordo hacia mi ano, sintiendo la presión inicial, el estiramiento delicioso que me hizo morder mi labio hasta saborear sangre. Bajé lentamente, centímetro a centímetro, hasta que lo tuve todo dentro, llenándome por completo, su grosor pulsando contra mis paredes internas, enviando ondas de placer que me nublaban la vista. Empecé a moverme, arriba y abajo, mis nalgas chocando contra sus muslos con un sonido húmedo y rítmico, mis manos apoyadas en su pecho para equilibrarme mientras cabalgaba con furia creciente. Él empujaba hacia arriba lo mejor que podía, sus gruñidos mezclándose con mis gemidos, el sudor resbalando por mi espalda y goteando sobre su piel.

El clímax se acercaba como una tormenta inevitable. Aceleré, mi propia verga rebotando dura y roja contra mi abdomen, goteando precúm en cada embestida. Samuel me agarró las caderas con fuerza, clavando sus uñas, y con un rugido profundo, se corrió dentro de mí, su semen caliente y espeso inundándome en chorros potentes, el calor extendiéndose por mi interior como lava. Eso me empujó al borde: me masturbé frenéticamente, y segundos después, exploté sobre su pecho, mi semen blanco y cremoso salpicando su vello y piel, mientras ondas de éxtasis me sacudían el cuerpo entero, dejándome temblando y jadeante.

Nos quedamos así, unidos en el aftermath, el aire cargado con el olor a sexo y sudor, nuestros pechos subiendo y bajando en sincronía. “Esto es solo el comienzo, muchacho”, susurró Samuel con una sonrisa satisfecha, y yo supe que había cruzado la línea, sumergiéndome en un mar de morbo que nos consumiría noche tras noche en ese asilo olvidado.





















Un día temprano que entraba luz a su habitación se sentía fresco el estaba en la cama le tenía que leer y nosé se veía erecto mientras leía y casi duplicando que se la chupara levanté la sábana se veía gorda saludable así que se la chupe más de dos horas la verdad no las sentí se me fue muy rápido el tiempo me dio las gracias pero dijo te hace falta más clases por qué. No sabes chuparla 

Para los demás días duraba menos pero ya no se la dejaba tan babosa. Y no lo mordia si ya entraba toda en mi garganta. Ya era su becerro 
Y aún morbosesba a las enfermeras no se q tenía pero en ese aspecto parecía un joven morboso y casi siempre que lo revisaba estaba duro 
Hasta que un miércoles que no hay muchas visitas de familiares y le tocabaño entre a su habitación y traía tanga sela enseñe me mostró su verga use mucho lubricante y me senté con mucho movimiento con muchas repeticiones hasta que sentí que su leche fue expulsada dentro de mi. Fui por tres años su cuidador hasta q se fue de este mundo

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.