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Entre militares descurbí el placer

Hola, mi nombre es Roberto, y vivo en La Habana, Cuba, donde el sol quema la piel durante el día y las noches se llenan de un calor húmedo que te envuelve como una manta pegajosa. Hace unos años, justo después de cumplir los dieciocho, culminé mi Servicio Militar Obligatorio, y tengo que confesar que, a pesar de los rigores, fue una de las experiencias más placenteras y cargadas de morbo que he vivido en mi vida. Recuerdo el día en que nos recogieron en un camión viejo y polvoriento, un grupo de jóvenes inexpertos como yo, rumbo a un campamento remoto en las montañas de la Sierra Maestra.

El viaje fue eterno, con el motor rugiendo y el olor a diesel mezclándose con el sudor nervioso de todos nosotros, sentados hombro con hombro en bancos de madera astillada. Al llegar, el aire fresco de la sierra nos golpeó, pero también el rigor de los oficiales gritando órdenes, obligándonos a formar filas bajo un sol implacable que nos hacía sudar ríos por la espalda.

Las primeras semanas fueron un infierno para adaptarse. Nos levantaban al amanecer con el toque de diana, un silbato estridente que perforaba los oídos, y nos ponían a correr por senderos embarrados, hacer flexiones hasta que los brazos temblaban, y limpiar el campamento con escobas raídas. El uniforme verde oliva se pegaba a la piel como una segunda capa, y el cansancio nos dejaba exhaustos al final del día, cayendo en las literas duras como piedras. Pero poco a poco, todo se volvió más fácil, casi rutinario.

Formamos camaradería, risas compartidas en las pausas, y un lazo invisible que unía a esos sesenta y cinco soldados, todos jóvenes, fuertes, con cuerpos tonificados por el trabajo forzado. Aquí en Cuba, no decimos “polla” o “verga”; lo llamamos “pinga”, y vaya si vi muchas durante esos meses. En las duchas comunales, al atardecer, el agua fría caía en chorros débiles de las regaderas oxidadas, y allí estábamos todos, desnudos, lavándonos el sudor del día. Pingas de todos los tamaños y formas colgaban pesadas entre muslos musculosos: unas largas y delgadas como serpientes dormidas, otras gruesas y venosas, con prepucio que se retraía bajo el jabón espumoso.

El vapor llenaba el aire, mezclado con el olor a jabón barato y a masculinidad cruda, y yo no podía evitar mirar de reojo, sintiendo un cosquilleo en el vientre mientras el agua resbalaba por mis propios pectorales y bajaba hacia mi entrepierna, endureciéndome sutilmente ante tanta carne expuesta.

En el campo, cosechando café, era aún más intenso. Nos mandaban a las plantaciones bajo un sol abrasador, con machetes en mano, cortando racimos maduros que olían a tierra fértil y fruta dulce. El sudor nos empapaba las camisas, que terminábamos quitándonos, dejando torsos bronceados y relucientes al aire libre. Allí, en medio de las filas de cafetales, algunos se apartaban para orinar, y yo captaba vistazos de pingas liberadas, chorros dorados salpicando las hojas, o incluso erecciones espontáneas por el roce constante del trabajo físico. Era un paraíso prohibido, un festín visual que me dejaba con la boca seca y el pulso acelerado, imaginando toques robados en la espesura.

Pero la noche que todo cambió fue inolvidable, un clímax de morbo que aún me eriza la piel al recordarlo. Dormía tranquilamente en mi litera inferior, envuelto en una sábana delgada que apenas cubría mi cuerpo desnudo por el calor sofocante de la barraca. El ronquido colectivo de los soldados llenaba el aire, un coro irregular mezclado con el zumbido de mosquitos y el lejano aullido de perros salvajes.

De repente, en la oscuridad absoluta, sentí algo caliente y firme presionando entre mis nalgas, separándolas con una insistencia suave pero decidida. Mi corazón dio un vuelco, pero el sueño me tenía atontado, confundiéndome entre realidad y fantasía. Luego vino la saliva: un chorro cálido y viscoso que se derramó directamente en mi entrada, resbalando por la raja y lubricando todo con un tacto pegajoso que me hizo jadear en silencio.

El desconocido —porque nunca vi su rostro— escupió más, y sentí sus dedos callosos untándola, abriéndome con círculos lentos y profundos, introduciendo uno, luego dos, estirándome con una presión que dolía y excitaba al mismo tiempo. Mi cuerpo traicionero respondió, mi propia pinga endureciéndose contra el colchón áspero, goteando precúm en la tela raída.

No era mi primera vez; había experimentado con un amigo del barrio antes del servicio, en encuentros furtivos bajo las estrellas de La Habana, donde nos explorábamos con manos temblorosas y embestidas torpes. Pero esto era diferente: no me gustaba que me obligaran, que me tomaran sin consentimiento, aunque el morbo de lo desconocido me encendía como una llama.

Intenté girarme, pero una mano fuerte me sujetó la cadera, inmovilizándome, mientras su pinga —gruesa, pulsante, con venas hinchadas que sentía latir contra mi piel— empujaba la entrada. La penetración fue lenta al principio, un estiramiento ardiente que me dejó sin aliento, como si me partieran en dos. Centímetro a centímetro, se hundió en mí, llenándome por completo con su calor invasor, el glande rozando puntos sensibles que me hicieron morder la almohada para no gritar.

Empezó a moverse, embestidas rítmicas y profundas, su pelvis chocando contra mis nalgas con un sonido húmedo y ahogado, su aliento caliente en mi nuca, oliendo a tabaco y sudor masculino. Cada thrust enviaba ondas de placer mezclado con incomodidad, mi próstata palpitando bajo la fricción, haciendo que mi verga goteara más, lubricando el colchón. Él aceleró, gruñendo bajito en mi oído, sus bolas peludas rozando mis muslos con cada embestida, hasta que sentí el pulso de su clímax: chorros calientes y espesos inundándome por dentro, un calor líquido que se derramaba en mí como una marca indeleble. Se retiró con un pop suave, dejando un vacío pegajoso, y desapareció en la oscuridad tan sigilosamente como había llegado.

Al otro día, el sol me despertó con su luz cegadora filtrándose por las rendijas de la barraca. Me sentía dolorido, con un ardor residual en el ano y un rastro pegajoso entre las nalgas que me recordaba todo. Curioso, casi obsesionado por saber quién había sido el susodicho entre esos sesenta y cinco soldados, empecé a observar con disimulo durante el desayuno.

Miraba sus rostros: el flaco de Santiago con su sonrisa ladina, el musculoso de Camagüey con ojos penetrantes, el moreno de Pinar del Río con manos grandes y callosas. Descartaba opciones: los que dormían lejos de mi litera, los que cojeaban por el entrenamiento, los que parecían demasiado tímidos para un acto tan audaz.

En las duchas esa mañana, escrutaba sus pingas con más atención, imaginando cuál podía haber sido la que me había invadido, comparando grosores y longitudes en mi mente pervertida. El morbo no terminaba; al contrario, se avivaba, convirtiendo el resto del servicio en un juego de sospechas y fantasías que me mantenían excitado día y noche. Nunca lo supe con certeza, pero esa incertidumbre solo añadió más placer a la memoria, un secreto eterno en las montañas cubanas.































La persona que era tenía una barba que me raspaba la espalda; la sentí esa noche. Así que, entre los que tenían barba había 12, y tenía que ser uno de ellos. Tenía dos o tres amigos de confianza y me mezclaba entre ellos, aunque no sabían de mis preferencias sexuales. Dentro del grupo de chicos con barba había uno de mis amigos, aunque lo descarté porque siempre presumía de su novia.

Esa misma noche quise improvisar; sabía que iría de nuevo por dulces el muchachito. Lo dejé entrar a mi cama y cuando me ensalibó todo aquello le dije que esperara y bajé para hacerle un oral. Estando abajo empecé a acariciar su ganso con suavidad; con la mano derecha se lo sostenía y con la izquierda empecé a acariciar su abdomen y pecho. Para mi sorpresa, le toqué un lunar que tenía debajo del pezón izquierdo (¡Bingo!). Ya tenía otra pista; me excitó tanto que le hice garganta profunda hasta sentir el chorro caliente salir por mis orificios nasales.

Al otro día, ya feliz por mi segunda prueba, esperé a que todos fueran a la ducha y me quedé disimulando y disfrutando el panorama claro está. Me quedé observando para ver quién era el del lunarcito debajo del pezón… no me lo van a creer : era mi amigo, el que tanto presumía de su novia.

Pero todo no quedó ahí. Cuando fuimos a la cosecha del café, esperé a que estuviera solo y lo enfrenté. Le dije: «Buena pinga que tienes, amigo», y se ofendió el muy HP. Me respondió si yo era marica y que no se ajuntaría más conmigo. Me dolió eso; realmente no pensé que esa iba a ser su reacción. Además comentó entre la tropa que yo era maricón y empezaron los sobrenombres.

Dejó de ir a mi cama durante tres semanas y luego una noche (sorpresa) entró alguien a mi cama de nuevo. Le dije bajito al oído: «¿No que yo era el marica?» Pero no era él; era otra persona más y como buen samaritano le di permiso de entrar a mi cuerpo. Cada noche llegaban chicos diferentes.

Después un día parecía que se comunicaban entre ellos; mi supuesto amigo, bien molesto en la cosecha del café, me tomó del brazo y me llevó a una cueva cercana. Me dijo que yo era un cualquiera que me cogía al primero que pasaba. Yo sin saber qué decir le respondí que no era mi culpa; si mi cuerpo hubiera sido solo de él durante los tres años de Servicio Militar, sino hubiera dejado regadas mis preferencias entre la tropa.

Me tomó por el cuello, me besó y dentro de esa misma cueva con olor a murciélagos me hizo suyo; hasta ahora llevamos 11 años juntos

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