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Negocié mi calificación dándole verga al profe

Me llamo Alejandro, tengo 21 años y estudio en la Universidad de Guadalajara. Soy alto, mido como 1.85 metros, con un cuerpo atlético y velludo: pecho peludo, piernas fuertes cubiertas de vello oscuro, y hasta la espalda tiene algo de pelo que me hace sentir más macho. Tengo piel blanca, barba espesa y bien recortada que me da un aire de tipo rudo, y soy completamente heterosexual. O eso creía hasta que la vida me puso en esta situación jodida.

Juego en el equipo representativo de fútbol americano de la uni y es mi puta pasión. Los entrenamientos intensos, los tackles en el campo, el sudor y la adrenalina de ganar un partido bajo las luces del estadio – eso es lo que me mantiene vivo. Si repruebo una materia, me sacan del equipo por las reglas académicas estrictas. No hay excepciones. Y justo eso me estaba pasando con Historia de México, la clase del profesor Ramírez.

El profe Ramírez tiene 34 años, es moreno de piel oscura, cabello negro corto y liso, un poco más bajo que yo, como 1.75, con un cuerpo regular: no es un atleta, pero se mantiene en forma, con algo de panza suave y brazos normales. Usa lentes que le dan un look intelectual, y siempre lleva camisas que se pegan un poco a su torso. Al inicio del semestre, no le di bola; era solo un maestro más con exámenes cabrones que nos ponía a leer textos interminables sobre la Revolución y el Porfiriato. Pero yo iba de mal en peor. Entre los entrenamientos diarios, las fiestas con el equipo y las salidas con chicas, no tenía tiempo para estudiar. Le pedí tutorías, trabajos extras, lo que sea, pero nada funcionaba. Un día, me quedé después de clase en su oficina para suplicarle una vez más.

“Profesor, no puedo reprobar. Si dejo la materia, me echan del equipo. El fútbol americano es todo para mí, es mi boleto para una beca y para no cagarla en la vida”, le dije, sentado en esa oficina chiquita llena de libros polvorientos y posters de Guadalajara antigua. Era verano, el calor estaba brutal, y el ventilador de techo apenas movía el aire caliente.

Él me miró por encima de sus lentes, con una sonrisa sutil, escaneándome de pies a cabeza como si midiera mi potencial. “Alejandro, eres un estudiante… interesante. Fuerte, dedicado al deporte. Pero en mi clase, necesitas más que músculos. ¿Qué estás dispuesto a ofrecer para pasar?”

Al principio, pensé que hablaba de un proyecto o algo académico. Pero su tono cambió, se volvió más bajo, confidencial. “Ven a mi departamento esta noche. Discutimos en privado. Si me convences de que lo mereces, ajusto tu calificación.”

Se me heló la sangre. Había oído chismes sobre él en el campus: que era gay, que le gustaban los alumnos jóvenes y atléticos. Yo soy hetero al cien, joder. Tengo citas con chicas de la facultad, me encanta el coqueteo femenino. Pero el equipo… no podía perderlo. Era mi identidad, mi escape de la mierda cotidiana. Tragué en seco y asentí. “De acuerdo, profe. ¿A qué hora?”

Llegué esa noche a su depa en la colonia Americana, un edificio viejo pero coqueto con balcones que daban a las calles empedradas de Guadalajara. El ruido de los coches en la avenida Vallarta se filtraba por las ventanas. Me abrió en shorts y una camiseta holgada, con una cerveza fría en la mano, descalzo y relajado. “Pasa, Alejandro. Siéntete en casa.”

Intenté mantener la calma, pero mis palmas sudaban. Nos sentamos en el sofá de su sala minimalista, con arte abstracto en las paredes y una tele plana mostrando un documental histórico de fondo. Me ofreció una cerveza, y la acepté para aflojar los nervios. Charlamos un rato sobre la clase, el equipo, los próximos partidos contra los Tecos o quien sea. Pero pronto, él se acercó más, su rodilla rozando la mía. “Sabes por qué te invité, ¿verdad? No hay rodeos.”

Asentí, sintiendo el pulso acelerado. “Sí, profe. Haré lo necesario para no reprobar.”

Se rio bajito y puso su mano en mi muslo, subiendo despacio por el vello de mi pierna. “Eres un hombre impresionante, Alejandro. Alto, velludo, con esa barba que te hace ver dominante.” Se inclinó y besó mi cuello, rozando mi barba con sus labios. Olía a jabón fresco y a un toque de sudor. Intenté responder, pero era extraño. Nunca había tocado a un hombre así. Le quité la camiseta, exponiendo su torso moreno y suave, con algo de vello en el pecho pero nada como el mío.

Lo besé torpemente, explorando su boca con mi lengua, mientras mis manos bajaban sus shorts. Su verga estaba semi-dura, morena y de tamaño promedio, como 14 centímetros, con la cabeza expuesta. La toqué, la masajeé, pero la mía… nada. Estaba flácida, traicionándome. Pensé en chicas, en tetas y culos, pero el estrés me tenía bloqueado. Él notó y sonrió. “Tranquilo, chico. Pasa a veces con los heteros curiosos.”

Me sentí frustrado, pero él se levantó y sacó una pastillita azul de un cajón. “Toma esto. Es Viagra. Te pondrá listo en nada.”

Dudé un segundo, pero la tragué con la cerveza. No iba a fallar ahora. Esperamos besándonos, él chupando mi cuello, mordiendo mi barba, sus manos en mi pecho velludo, pellizcando mis pezones duros. Poco a poco, sentí el flujo: calor en la entrepierna, y mi verga se endureció rápido, creciendo a sus 18 centímetros gruesos, venosos, con la base peluda. Él la miró con hambre. “Impresionante. Ahora sí, mi futbolista dominante.”

Lo empujé al sofá y me arrodillé entre sus piernas. “Si quieres que pase, vas a dejarme hacer lo que quiera”, le dije, sintiendo un rush de poder. Le chupé la verga un rato para lubricarla, lamiendo la cabeza salada, succionando mientras mi barba rozaba sus bolas. Él gemía, agarrando mi cabello. Pero yo quería más control. Lo llevé a la habitación, una cama king con sábanas oscuras y una lámpara tenue que iluminaba todo con un glow cálido.

Lo tumbé boca arriba y me unté lubricante en la verga. “Relájate, profe. Voy a follarte como mereces.” Metí un dedo en su culo, moreno y apretado, masajeándolo para abrirlo. Él jadeaba, arqueando la espalda. Agregué otro dedo, sintiendo su próstata, y su verga se endureció más. “Estás listo para mí.”

Me posicioné, levantando sus piernas sobre mis hombros anchos. Empujé despacio, sintiendo la resistencia al principio. Dolió un poco para él, lo vi en su cara, pero gemía de placer. “¡Ah, Alejandro, eres enorme!”, dijo, mientras entraba todo. Empecé a bombear lento, sintiendo su calor apretado alrededor de mi verga gruesa. Nuestros cuerpos contrastaban: mi piel blanca y velluda contra su morena y suave, sudando en el bochorno de la noche tapatía.

Aceleré el ritmo, embistiendo fuerte, mis bolas peludas chocando contra su culo. Agarré su verga y la jalé al compás, mientras lo follaba profundo. “Te gusta, ¿eh? Mi verga hetero dentro de ti”, gruñí, tirando de su cabello. Cambiamos: lo puse a cuatro patas, admirando su espalda morena, y lo penetré desde atrás. Mis manos en sus caderas, clavando mis uñas, mientras empujaba con fuerza. Mi barba rozaba su nuca cuando me inclinaba a morderle el hombro.

El Viagra me tenía como una máquina: duro como roca, sin parar. Él gemía alto, pidiendo más. “Fóllame más fuerte, chico. ¡Pásame la materia con A!” Me reí y aceleré, sintiendo el clímax venir. Me corrí dentro de él, llenándolo con chorros calientes, gruñendo mientras mi cuerpo velludo se tensaba. Saqué la verga y me corrí un poco más en su espalda, marcándolo.

Él se masturbó rápido y se corrió en las sábanas, jadeando. Nos quedamos ahí, exhaustos. Me limpié y me vestí, sintiendo una mezcla de alivio y confusión. “Pasarás, Alejandro. Eres un dominante natural”, dijo con una sonrisa cansada.

Al día siguiente, en clase, vi mi calificación aprobada en el sistema. Seguí en el equipo, tackleando rivales en el campo, sintiendo el orgullo de mis compañeros. Nadie sabe lo que pasó esa noche en Guadalajara. Sigo siendo hetero, salgo con chicas, pero esa experiencia… me abrió los ojos a un lado nuevo. El profe Ramírez y yo nos cruzamos en los pasillos con un guiño discreto. Si vuelvo a necesitarlo, sé que puedo dominarlo de nuevo. La ciudad guarda sus morbos, y este es el mío.

error: ¡Hey! Jálatela, no te los lleves.